Las croquetas de Tata el «Rasquero»

Esas javitas de pan a precios descomunales que ahora venden en el barrio y nos sacan más de una reacción de disgusto, me hizo recordar un viejo pasaje de mi pueblo natal.

Ocurrió por los años 70-80 del pasado siglo, la época de las escuelas en el campo, en la que todos los años celebraban carnavales hasta en la más minúscula comunidad, veíamos el televisor a través de la ventana de algún vecino, y los jóvenes solían usar pantalones campana, zapatos plataforma y camisas Manhattan, casi todo made at home.

Ah, y las máquinas de alquiler cobraban apenas 60 centavos por el pasaje entre una localidad y otra, separadas a veces por más de 10 kilómetros.

-Si no tienes con qué pagar no importa-, solía decir el gordo Horta, un botero a quien lo caracterizaba la generosidad.

Fue por ese tiempo en el que a todos llamó la atención cómo los ómnibus se detenían frente al bar del poblado, un sitio con amplia oferta pero sin ningún atractivo visual. Hasta los más distraídos tuvieron curiosidad por saber el motivo real de aquella estancia inusual.

No tardaron en darse cuenta que la parada casi obligatoria obedecía a que los choferes de las guaguas que cubrirían la ruta La Habana-Pedro Betancourt eran fans a un producto expendido en el bar-cafetería, ubicado en las cuatro esquinas de Güira de Macurijes.

La breve permanencia en aquel lugar era nada menos que para degustar de las croquetas, tan solo por 20 centavos, un plato que llegó a ganar allí categoría de exquisito en una época en la cual el pan con croqueta era la más ordinaria de todas las ofertas gastronómicas.

El mérito de aquel menú ligero, sin el menor abolengo, era todo o casi todo del administrador del timbiriche, un hombre al que todos apodaban cariñosamente Tata el «Rasquero», de los tipos más populares que ha parido el descolorido pueblo, cuna del gran Arsenio del Rodríguez, el Ciego Maravilloso.

Con más creatividad que otra cosa, se las agenciaba para que tablilla del menú tuviera siempre una veintena de productos. Gracias a la variedad en la oferta gastronómica y el trato apropiado a los clientes, a su estilo bonachón, el bar era asiduamente visitado por personas que residían inclusive fuera de la comarca.

Pero nada llamaba tanto  como el pan con croqueta, que invariablemente incluía kétchup y mostaza. El plato terminó por hacerse famoso, y de cierta forma los choferes de aquellos ómnibus agrandaron la popularidad del producto, del cual se hablaba en toda la región y en muchos kilómetros a la redonda.

Hasta a la mismísima capital del país llegó su notoriedad, le escuché decir a Aurelio Alemán, el barbero de la localidad.

-Deme además ocho o diez más para llevar-, se escuchaba pedir a los consumidores sin una gota de timidez y en el colmo del encanto por el sabroso platillo.

Pienso a menudo en esa ya lejana realidad cuando oigo hablar del perfeccionamiento del comercio y la gastronomía, y sobre todo ante ese propósito de cuánto más hacer para generar cada vez más ingreso y cumplir la circulación mercantil.

Y en definitiva, creo que entre otras muchísimas limitaciones se ha perdido la mentalidad de comerciantes de la que hizo gala el viejo Tata, quien debía de acostarse cada noche pensando en qué hacer para vender más.

Quizás sin saberlo era consecuente con aquello de que «nos debemos al pueblo y la misión más importante es atenderlo sin que prime la mentalidad metálica», slogan actual tan llevado y traído como maltratado.

Y hablando de la protección al consumidor, ya lo del pan no tiene nombre. El incremento del precio es abusivo, arbitrario e inalcanzable para el bolsillo de muchas familias. Algunos dirán que el mal de los altos precios está generalizado.

Y es verdad, pero el pan es otra cosa. Sería bueno saber qué piensa de ello Tata el «Rasquero», el rey de las croquetas, aquel administrador ya en desuso a quien nunca le preocupó incrementar la ofertar en precios.

Control y calidad: variables sin solución en la venta del pan en Matanzas

 

 

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Un comentario

  1. Me sorprendió tu artículo mi coterraneo, mi abuelo sin lugar a dudas siempre fue un emprendedor, en cada lugar q trabajo siempre tiene el mismo carisma, me hacía anécdotas del bar, solo basta su voluntad para lograr tener una variedad de productos en ese famoso Bar, muchísimas gracias por ese artículo que me ha hecho acordarme mucho de mi abuelo !!

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