En 1867 el periódico matancero Aurora del Yumurí reprodujo un artículo científico sobre la paloma viajera americana.
La paloma viajera americana, paloma migratoria, paloma de la Carolina o paloma pasajera (Ectopistes migratorius) es una especie de ave, del orden de las Columbiformes, extinta desde 1914. También se le llamó pichón viajero, como traducción libre de la palabra inglesa pigeon, que significa paloma. La primera ilustración que se publicó de esta especie apareció en el libro Natural History of Carolina, Florida and the Bahama Islands (1731-1743), de Mark Catesby. Se trató de un macho, al que denominó Palumbus migratorius.

La paloma viajera es el animal que ha sufrido el proceso de extinción más dramático de la historia moderna. A pesar de ser, por el número de ejemplares, el ave más abundante de América del Norte, pasó a ser una especie extinta en menos de un siglo.
Una vez un ave
Similar a las palomas que conocemos, la paloma viajera presentaba un marcado dimorfismo sexual. El macho era mayor, de color gris azulado en las partes superiores del cuerpo, rojizo en el pecho y blanco en el vientre. Sobre las alas tenía algunas motas negras y las plumas de los extremos de alas y cola también eran negras. La hembra era más pequeña y de colores más apagados. Las patas eran rojizas y desprovistas de plumas en ambos sexos.

Su alimento consistía en semillas, frutas y pequeños invertebrados. De hábitos gregarios y sociales en extremo, el dormitorio y la cría los realizaba en gigantescas bandadas de aves, siempre en búsqueda de comida, refugio y lugares de anidación. Se calcula que podría alcanzar una velocidad de vuelo de 100 km/h (62,1 mph).
La paloma viajera volaba por el Medio Oeste estadounidense, desde los Grandes Lagos hasta Texas y el norte de México, al oeste de las Rocosas. Llegaban a recorrer hasta 150 kilómetros en un día. Se cuenta que las bandadas eran tan grandes que oscurecían el cielo a su paso y el aleteo que producían sus integrantes generaba una brisa y un ruido apreciables.
En la zona de anidación las palomas viajeras realizaban el cortejo y apareamiento. El macho se encargaba de construir el nido, donde la hembra depositaba un único huevo. La incubación duraba trece días. La cría era alimentada por sus padres, entre quince y diecisiete días, con alimentos semidigeridos y regurgitados. El crecimiento era muy rápido, a las dos semanas ya emplumaban y en poco tiempo salían del nido y se unían a la bandada.

Según la descripción de un testigo en Ontario, en 1866, una bandada que observó tenía 1.5 kilómetros de anchura y 500 de longitud. Además, tardó 14 horas en pasar y, según sus cálculos, eran cerca de 3 500 000 000 de ejemplares. Una gigantesca colonia de cría se descubrió en Wisconsin en 1871, con 136 000 000 000 de aves anidando y unos 2 200 kilómetros cuadrados de extensión.
Los ornitólogos Alexander Wilson y John James Audubon dejaron testimonios sobre la majestuosidad de la paloma viajera. En 1810, Wilson observó una gigantesca nube de palomas viajeras, que consideró de dos kilómetros de ancho con 380 km de extensión, viajaba a 90 km por hora y la integraban no menos de 2 000 000 000 individuos. Tres años más tarde, Audubon admiró el mismo espectáculo mientras viajaba a Louisville, Kentucky. Asombrado ante el volumen de ejemplares, que llegó a oscurecer la luz del mediodía, calculó al menos 1 000 000 000 de palomas.
El drama
El drama de la paloma viajera consistió en que, a pesar de ser al ave más abundante de América del Norte, y posiblemente del mundo, se extinguió en un siglo. Fueron cazadas de forma masiva e intensiva para el consumo humano y animal de su grasa y su carne, así como para aprovechar las plumas. Fue, en su momento, la carne más barata que se vendía en los Estados Unidos. En Nueva York se pagaban dos centavos por un par de palomas en 1805. Pocos años después, un comerciante de la misma ciudad hacía gala de vender más de 18 000 palomas por día.

La expansión del ferrocarril y el establecimiento de colonos hacia el oeste, favoreció la caza intensiva, en lo que ayudó el elevado número de individuos de esta especie. Los métodos de caza eran mortalmente destructivos. Se usaban fusiles, redes y pedradas. Los árboles donde anidaban eran cortados o quemados desde abajo. Una vez cazadas, las palomas eran cocinadas, se recogía la grasa y se almacenaba como manteca para el invierno. La carne de las pechugas era ahumada y las plumas se utilizaban en la confección de colchones.
Según cálculos de la época, en Estados Unidos existieron entre 600 y 3000 cazadores profesionales especializados en palomas viajeras. Los récords de las matanzas son espeluznantes. Una familia de Nueva York, en 1822, cazó 4000 palomas en un solo día por sus plumas. En 1878 unos cazadores mataron 7 500 000 de palomas, 50 000 al día durante cinco meses, en un sitio de anidación localizado en Petoskey, Michigan. Era tan abundante y sistemática la cacería que en las décadas finales del siglo XIX el precio se desplomó.

Alrededor de la década de 1850 se observaron los primeros indicios de la disminución acelerada del número de palomas viajeras en los Estados Unidos. Sin embargo, la falta de criterios científicos y el mercantilismo siguieron haciendo su funesta labor y el ritmo de las cacerías se mantuvo. Aun así, el número de palomas en 1871 se estimó en 136 000 000, lo que aún era considerable. En 1885 se avistaron los últimos y pequeños reductos de cría.
En 1896 se reportó la última cacería en una gran colonia de cría ubicada en Ohio, considerada la postrera que tuvo esta especie. Se mataron 250 000 ejemplares, todos adultos. Más de 100 000 pichones, huevos sin eclosionar y nidos quedaron abandonados. Para mayor ironía, el producto de la mega cacería no llegó a su destino, pues el tren que transportaba las palomas cazadas se descarriló y se perdió su valiosa carga.

Aunque se dictaron disposiciones para proteger la paloma viajera, fue inútil. El hecho de incubar un único huevo en cada periodo de cría fue determinante, pues la mortalidad de los adultos, causada por los humanos, fue superior al ritmo de cría. Por esta razón, las poblaciones no podían reproducirse a medida que se mataban más y más ejemplares. La tala de bosques y la extensión de las áreas de cultivo también ejerció su influencia negativa en el desenlace final.
Aunque se trató de propiciar la cría en cautividad, todos los intentos fracasaron. Quizás la estrecha dependencia entre la migración y la reproducción en esta especie, impidió su cría en zoológicos. Ya en 1890, increíblemente, no existían individuos suficientes para conseguir un proceso reproductor eficaz de la paloma viajera. Proteger a la paloma viajera era una tarea imposible en esa fecha.
Según recoge la historia, la última paloma viajera en estado salvaje fue cazada en Ohio, en marzo de 1900. No obstante, todavía hay discusiones sobre quién tuvo el triste mérito de observar por última vez esta especie en la naturaleza.
La historia de Marta

A inicios de la década de 1880, el profesor Charles Whitman, de la Universidad de Chicago, recibió un grupo de seis palomas viajeras. El hecho de descender todas de la misma pareja no auguraba mucho éxito en su reproducción. No obstante, algo se logró y en 1885 nació una hembra, a la que llamaron Marta, en homenaje a Martha Washington. El grupo de palomas viajeras se subdividió en 1902 y Marta, junto a otras, pasó al Zoológico de Cincinnati.
En 1907, Marta y otros dos machos eran las últimas palomas viajeras que aún vivían. Los machos murieron en 1909 y 1910, lo que convirtió a Marta en el único ejemplar vivo de su especie. Aunque se ofreció una recompensa para encontrarle pareja y poder mantener su linaje, nunca puso un huevo fértil. Marta murió en Cincinnati el 1 de septiembre de 1914, a los 29 años.

Tras su muerte, se congeló el cuerpo en un bloque de hielo de 140 kilos de peso y se envió al Instituto Smithsoniano. Allí se le sacaron fotos y se preparó su piel, se montó el ejemplar para exhibición y conservaron sus órganos internos. Hasta 1950, el Museo Nacional de Historia Natural exhibió a Marta en la sala de aves, junto a un ejemplar macho de paloma viajera cazado en Minnesota en 1873.

Entre 1956 y 1999 el cuerpo disecado de Marta integró la muestra Birds of the World. En 1966 se exhibió en la Conferencia del Jubileo de Oro sobre Conservación de la Sociedad Zoológica de San Diego, y en junio de 1974 estuvo presente en la inauguración del Memorial a la Paloma Migratoria en el Zoológico de Cincinnati. De junio de 2014 a septiembre de 2015, formó parte de la exposición “Una vez eran billones”, sobre aves extinguidas en América del Norte. Desde el 10 de marzo de 2017 y hasta el 8 de septiembre de 2024, integró la exposición Objects of Wonder.
La vida de Marta, que ejemplifica el drama de la paloma viajera, ha inspirado obras de arte. La canción “Martha (Last of the Passenger Pigeons)”, de John Herald, es un homenaje a ella y su especie. A su vez, el dramaturgo Hugh Prestwood escribió el drama “Martha”, en la que narra su desesperada búsqueda de pareja para evitar la extinción.
En Cuba
La ruta migratoria de la paloma viajera no incluyó Cuba, aunque ocasionalmente algunos ejemplares llegaron al país. Esta es la razón por la cual las referencias son escasas en la bibliografía cubana. Sin embargo, hay algunas menciones. En el Manual del cazador cubano (1886), Enrique Manera escribió sobre la paloma viajera:
“Muy rara en la Isla. Procede del Norte de América, donde abunda extraordinariamente, alimentando comarcas enteras durante sus viajes anuales. El plumaje es gris azulado, con reflejos violados en el cuello, y las alas negras y blancas con dos manchas negras debajo. Su alimento consiste en arroz, bayas y semillas propias de la América septentrional. Construye su nido en los grandes árboles y pone dos huevos parecidos, en color y tamaño, a los de la paloma casera. Carne excelente”.
Antonio Perpiñá, en el libro El Camagüey (1889) señaló:
“Las palomas, así domésticas como silvestres, son de gran utilidad, y suministran al hombre valiosos recursos. Esparcidas en abundancia en todas las partes del mundo, sirven a veces para alimentar a toda una comarca durante una parte del año. Así, la Paloma Viajera es considerada por los canadienses como una especie de maná: cogida, la salan para hacer sus provisiones de invierno. Sus carnes en general son excelentes”.
El gran ornitólogo Juan Cristóbal Gundlach, reconoció en su libro Ornitología cubana (1893) el declive del número de ejemplares de paloma viajera:
“Por ser una especie de los Estados Unidos que ha venido accidentalmente a esta isla, no tiene nombre propio vulgar. Sé solamente de dos casos que fue matada aquí, y yo mismo he preparado los ejemplares. Una hembra fue matada en Triscornia de la bahía de la Habana, el otro macho adulto se encontró entre los pájaros cazados en el mercado de la Habana. Esta es la especie tan afamada por su número increíble de individuos (hoy ya muy mermado), que crían en un mismo lugar y se llama en el Norte Paloma pasajera”.
En 1901, el libro Cuba en la Exposición Pan Americana de Buffalo mencionó la paloma viajera como un ave de caza presente en Cuba, lo cual es muy probable que no fuera cierto. Hacia 1914 se reportaban dos ejemplares embalsamados en el Museo Cubano Gundlach del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. El investigador Mario Sánchez Roig informó en 1928 la existencia de un ejemplar embalsamado de paloma viajera en el Museo de Historia Natural perteneciente al Instituto Nacional de Investigaciones Científicas.
En Aurora del Yumurí
El artículo científico “Pichón viajero americano (Columba migratoria)”, se publicó por vez primera en la revista habanera El Plantel en 1839. Después volvió a editarse en las páginas de la Revista de Teatros, publicada en Madrid, los días 19 y 20 de septiembre de 1843. Nuevamente, el 24 de septiembre de 1857, apareció publicado en el Diario de Córdova, España. En todos estos casos que se han localizado no se declaró quién era su autor.
De alguna de estas publicaciones, ¿o quizás de otra?, lo tomó Aurora del Yumurí y lo reprodujo en sus páginas el 30 de marzo de 1867. Al comparar esta fuente con los periódicos españoles, se detectan cambios muy ligeros. No es descartable, aunque no se ha hallado evidencia alguna, que se trate de una traducción de una publicación original en inglés o francés.
El texto de “Pichón viajero americano (Columba migratoria)” reflejó, décadas antes de su extinción, el drama de la paloma viajera. Su contenido, sobre todo el último párrafo, fue un llamado de atención que lamentablemente no fue escuchado. Dice así este artículo:
“Los ornitologistas han dado a esta especie de pichones el nombre de Columba migratoria, y sus costumbres justifican completamente esta denominación, que no obstante es poco característica. En efecto, estacionario el pichón viajero unas veces en las inmediaciones del golfo mejicano, visitando otras las costas de la bahía de Hudson, sus correrías se extienden a más de setecientas leguas en la dirección del meridiano. Sus viajes en longitud son más moderaos, pues regularmente no franquea la cadena de montanas Pedregosas, límite de sus excursiones hacia el Oeste, aunque algunos individuos de esta familia más aventureros abandonan sus regiones, atraviesan el Océano y llegan muchas veces hasta Escocia. Su vuelo y vista son sorprendentes: desde la mayor altura perciben sobre los árboles las frutas de que se alimentan, sean granos de nebrina o guindas, y cuando se detienen en medio de su curso es indudablemente para comer. Casi siempre se reúnen los pichones en bandadas, y desde la primera luz del sol, puede medirse la ligereza de sus vuelos por la de las últimas nubes de la noche, siendo cosa averiguada que nunca adelantan menos de 25 leguas de posta por hora. Si la industria humana llegase a asociar en sus especulaciones viajeros tan rápidos, los telégrafos serían inútiles: medio día era suficiente para remitir una comunicación desde París a las fronteras de España, y en menos de seis se recibirían en la Habana noticias de Madrid”.
“La estructura y forma de cuerpo favorecen a estos pájaros ligeros en los largos viajes que emprenden. Sus alas son proporcionalmente de más extensión que en ninguna otra especie del mismo género; su sola, hendida y ancha, es un timón proporcionado a la largura y fuerza de las alas; en cuanto a los colores y a su distribución en las plumas de estos pájaros, se notan palpables diferencias entre los dos sexos: el exterior modesto de las hembras contrasta con el brillante adorno de los machos, tanto como el de las gallinas comparado con la magnificencia de los gallos. Si los pichones viajeros pudieran acostumbrarse a la vida sedentaria de las palomas, serían como estas el ornato de las habitaciones campestres. El macho es no solo mayor, sino más hermoso que la hembra; desde el pico hasta la extremidad de la cola tiene cerca de dos pies, la cabeza es de azul pizarra, y las alas y la parte superior del cuerpo del mismo color, sembrados de manchas pardas y negras; el pecho es rojo, y su cuello está adornado de los más bellos colores: el oro, el verde, la púrpura y la escarlata brillan en él con todo su esplendor; el vientre es de un blanco puro, y las patas de un encarnado oscuro; por último, una gran lista o faja negra lustrosa atraviesa la cola de este pájaro en toda su longitud”.
“El carácter distintivo u dominante de esta especie parece ser el amor a la sociedad: no se ven individuos aislados, particularmente en travesías largas. Sus bandas tienen una extensión prodigiosa cuando se dirigen a los bosques con objeto de buscar un punto a propósito en que puedan subsistir. M. Audubon, célebre naturalista americano, gradúa en más de cien millones de tropa de estos pájaros viajeros que encontró cerca de Ohio; y su cálculo, lejos de pecar por exagerado, tal vez da en el extremo opuesto con respecto a la realidad. En efecto, aquella nube inmensa de pichones se extendía en los aires en una latitud de dos mil metros, y a juzgar por lo que tardó en pasar, que no fue menos de tres horas, la longitud que ocupaba ero lo menos de sesenta y cinco leguas, o trescientos mil metros. Contando sólo a dos pájaros por cada metro cúbico, la bandada se compondría de 1.206,000 de individuos, pero volaban tan reunidos que proyectaban una gran sombra sobre la tierra. Añade Audubon que el ruido de tantas alas en movimiento era fuertísimo y de una monotonía insoportable”.
“Debe observarse que estas inmensas columnas volantes se forman por la reunión de muchas bandas distintas; todas, sin embargo, tiene un objeto común, todas ejecutan las mismas maniobras y se dirigen a los mismos sitios, siendo de notarse especialmente la singular costumbre que les es propia de buscar con admirable instinto el lugar de sus citas, al cual llegan de noche a veces desde muy lejos, y que abandonan por la mañana para ir a buscar su alimento. El bosque que abriga a estos huéspedes conserva por algún tiempo las señales tristes del pago que dan a su hospitalidad; porque los pichones caen sobre los árboles con tanta impetuosidad y en tan gran número que desgajan las ramas y hacen mil destrozos en ellas: cualquiera creería que estos destrozos son producidos por un violento huracán”.
“Mr. Audubon ha calculado la cantidad de alimento consumido diariamente por una bandada de pichones, reduciendo a cada individuo a una ración económica, no obstante la necesidad que tienen de comer mucho y con frecuencia: parece increíble el resultado de este cálculo. Un solo pueblo alado, digámoslo así, que establece en los bosques su aérea ciudad, consume cuatro o cinco veces más que la capital de Francia, ateniéndonos únicamente al peso de las subsistencias. Nada tiene, pues, de particular que desde que aparece el sol se disperse este pueblo, con el fin de poner a contribución un espacio equivalente a muchos departamentos franceses. Algunas divisiones de la gran columna se separan mucho de la principal para comer; por esa misma causa comen tarde, pero nada puede impedirles volver por la noche a la reunión general. El sitio de esta es un bosque espeso, escogido con prudencia, el más secreto posible, y apartado siempre de las habitaciones ordinarias de los naturales enemigos de este pájaro pacífico: precauciones inútiles contra los más temibles de aquellos enemigos, los colonos americanos”.
“Desde este momento en que se observa un campamento de pichones, se preparan dichos colonos para una expedición larga; además de las armas, municiones y provisiones, conducen en carretas pipas vacías, sal, y varios utensilios de menaje: toda la familia se pone en marcha, y llevan consigo hasta los animales domésticos. Después que los cazadores se han reunido e instalado, se convienen en diversas señales para advertirse o llamarse: establecen una especie de policía para el interés y seguridad de todos, y se abre la campaña. Las descargas de escopeta empiezan de noche y duran sin interrupción mientras hay caza: por la mañana, después de la entera dispersión de los pichones, se procede a recoger los muertos y heridos, y muchas veces los hombres tienen que habérselas con las aves de rapiña y otros animales feroces que les disputan la victoria sobre aquel campo de sangre: en tales casos aconseja la prudencia dar a los advenedizos parte en el botín. Concluidas estas operaciones, se provee el mercado de la ciudad más cercana de pichones en abundancia, que siempre se venden, y se venden bien. M. Audubon vio en New-York un bergantín cuya única carga consistía en pichones viajeros, la cual despachó su capitán pronto y a un precio ventajoso”.
“La vida de estos desgraciados pájaros es una continuación de fatigas y peligros. Atacados en sus albergues, lo son también en la época de su generación. Cuando se aproxima este tiempo se ven precisados a buscar domicilios fijos y renuncian temporalmente a los grandes viajes. Pero estas asociaciones, aunque subdivididas, no se disuelven, y los nidos cubren las ramas de todos los árboles del bosque. Seha visto en el estado de Kentucky un establecimiento de pichones, que, en el espacio de más de una legua de ancho, ocupaba diez y seis leguas de largo. Todos los nidos se ocupan a principios de abril: hacia el fin de mayo vuelan ya las crías, y entonces es cuando empiezan sus emigraciones. Se dice que los pichones sacan polluelos tres veces al año”.
“Luego que se descubren los nidos de estos pájaros, lo que no es muy difícil, preparan los colonos sus medios de destrucción. Llegan los cazadores al bosque pocos días antes de la emigración de los pichones, en los mismos términos que para la otra expedición: derriban los árboles a hachazos, y con ellos los nidos de que están cargados: los chillidos de desesperación de las víctimas , el estrépito de los árboles al caer, y el ruido de las alas de los padres y las madres que no cesan de revolotear alrededor de sus hijuelos hasta que el hambre les acosa; los redoblados golpes de las hachas y los gritos de alegría de los colonos forman tal confusión, que apenas se entienden unos a otros sino hablándose al oído y a voces. Los pichones crías están en esta época muy gordos y los indígenas americanos han enseñado a los colonos el medio de sacar mucho provecho de la grasa de estos pájaros: este medio se reduce a cocerla y conservarla en ollas de barro. Un árbol grande cargado de nidos de pichones basta para dar provisión de grasa por espacio de mucho tiempo a una familia entera”.
“Estos pichones viajeros de América solo pueden conservar sus costumbres en los inmensos bosques del interior, más allá de los montes Alleghanis. Las bandadas que se aventuran a pasar al Este de dicha cadena, encuentran más enemigos y menos asilo. Cuando el hambre les obliga a caer sobre llanuras cultivadas, encuentran otra arma que les es más funesta que el fusil; los cultivadores tienden sus lazos y que con solo golpe arrastran centenares de prisioneros. Pero se acerca el tiempo en que la caza de pichones viajeros no será tan productiva. A medida del aumento de población en el interior de los Estados americanos, estos pájaros se irán encerrando en un espacio más pequeño: sus asociaciones no podrán continuar, y la especie, perseguida siempre con encarnizamiento, irá disminuyéndose poco a poco, abandonará sus costumbres, en el día tan admirables, y vivirá en el bosque, diseminada, confundida con otras especies del mismo género, y no excitará la curiosidad del naturalista”.

