Eduardo Roca Salazar (el Choco), Premio Nacional de Artes Plásticas (2017), ha partido. Pero en la Universidad de Matanzas, algo de su factura creadora permanece.

En la galería abierta —un pasillo central recorrido a diario por cientos de estudiantes y profesores— reposa una de sus piezas. Concebida en la finca taller Coincidencia, dialoga en el muro con creaciones de Nelson Domínguez, Alberto Lescay, Agustín Drake, Manuel y otros grandes de la creación artística.

Pero la impronta de Choco resulta inconfundible: una cromática vinculada a los tonos de la tierra, un trazo de rotunda expresividad y una síntesis simbólica donde confluyen herencias africanas, caribeñas y universales. No se trata de una pieza decorativa, sino de una indagación plástica sobre la identidad.

Su emplazamiento en un espacio de alto tránsito convierte la obra en un recurso vivo para la formación estética de la comunidad universitaria. Hay, además, una dimensión entrañable: quienes se detienen ante el mural establecen con Choco una conversación silenciosa, una bidireccionalidad afectiva que el artista supo sembrar.

Cuba pierde a un referente mayor de las artes visuales de los siglos XX y XXI. Sin embargo, en la Universidad de Matanzas, su legado no reposa en una vitrina. Habita un pasillo abierto, transitable, iluminado por el sol que lo besa.

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