Matanzas cumple este 12 de octubre 333 años de fundada. Tres siglos y tres décadas han transcurrido desde que, en 1693, se estableció oficialmente la ciudad bajo el nombre de San Carlos y San Severino de Matanzas. Desde entonces, la urbe y su gente ha tejido una historia que desborda sus límites geográficos y ocupa un lugar singular en la formación cultural, económica y social de Cuba.
Celebrar su aniversario significa, por tanto, algo más que recordar una fecha. Implica preguntarnos qué representa Matanzas para los cubanos y qué puede aportar todavía al país.
Situada entre las desembocaduras de los ríos San Juan y Yumurí, con una bahía que marcó su desarrollo y una geografía atravesada por puentes, elevaciones y calles escalonadas, la ciudad posee una personalidad urbana difícil de confundir. La llaman la Ciudad de los Puentes, la Bella Durmiente y, sobre todo, la Atenas de Cuba. Este último apelativo no es una exageración de entusiasmo local ya que remite a una tradición intelectual y artística que alcanzó especial esplendor durante el siglo XIX.
Pero la historia de Matanzas no comenzó con sus poetas ni con sus edificios coloniales. Su nombre —visceral, rebelde, peligroso— conserva la memoria de la violencia de la conquista, asociada a un episodio de resistencia indígena ocurrido en el siglo XVI. La fundación posterior de la villa respondió también a intereses estratégicos y comerciales de la colonización. Con el desarrollo de la economía azucarera, se convirtió en un enclave portuario de gran importancia, vinculado a una de las etapas más lucrativas y crueles de la historia cubana, la expansión de las plantaciones y la esclavitud africana.
Ese pasado no puede abordarse con medias verdades ni con una memoria convenientemente maquillada. Es cierto que la prosperidad azucarera produjo riqueza, impulsó construcciones y favoreció el crecimiento de la ciudad, pero descansó, en buena medida, sobre la explotación de seres humanos.
El Castillo de San Severino, hoy Museo de la Ruta del Esclavo, constituye un testimonio material de esa realidad. Las marcas dejadas por personas esclavizadas en sus piedras recuerdan que detrás de las cifras económicas hubo vidas sometidas, resistencias y sufrimientos.
Comprender esa contradicción es indispensable para interpretar la identidad matancera. Ninguna ciudad se explica solamente por sus glorias; también se define por la capacidad de reconocer sus heridas. Y Matanzas, como parte esencial de la historia nacional, es resultado de encuentros culturales, conflictos sociales, migraciones y formas diversas de resistencia que terminaron por enriquecer nuestro patrimonio.
De esa compleja experiencia y múltiples influencias emerge lo que conocemos como matanceridad. Un concepto que tiene validez como expresión de una identidad local construida históricamente, no como una esencia inmutable, y que se transmite intacta de generación en generación.
Ser matancero no consiste únicamente en haber nacido dentro de los límites de la ciudad o en exhibir orgullo por sus símbolos. Significa reconocerse en una historia compartida, en determinadas prácticas culturales, en una memoria colectiva y en la responsabilidad de conservar aquello que hace singular a esta comunidad.
La matanceridad, entendida de ese modo, no excluye, sino que incorpora. Ah, pero tampoco debe confundirse con una nostalgia que idealice el pasado ni con una competencia absurda entre territorios para determinar cuál posee más cultura, más historia o mejores ciudadanos.
Su utilidad reside en fortalecer el vínculo entre las personas y su entorno, estimular el conocimiento de la historia local y convertir el patrimonio en una herramienta educativa y social. Investigaciones e intelectuales yumurinos han defendido precisamente el valor de una concepción integradora y dinámica de esa identidad.
Si algún argumento sostiene el prestigio cultural de Matanzas, ese argumento está en sus creadores. El importado José María Heredia, José Jacinto Milanés, Gabriel de la Concepción Valdés, y Carilda Oliver Labra representan distintas épocas de una tradición literaria extraordinaria. A ellos se suman músicos y compositores como Miguel Faílde, José White o Dámaso Pérez Prado. No se trata de una lista para adornar discursos de aniversario. Sus obras forman parte de la cultura cubana y contribuyeron a proyectar la ciudad más allá de sus fronteras.
La música popular constituye otro de los grandes pilares de esa herencia. Matanzas ocupa un lugar fundamental en la historia de la rumba, expresión en la que confluyen experiencias afrodescendientes, sociabilidad popular, percusión, canto y baile. Su reconocimiento por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad confirma la dimensión universal de una práctica nacida y desarrollada en espacios populares, lejos de los salones exclusivos donde tantas veces se decidió qué debía considerarse cultura.
La rumba, el danzón, la poesía y las tradiciones religiosas y populares demuestran que la identidad matancera no se construyó únicamente desde las instituciones o las élites ilustradas. También se forjó en los barrios, en las comunidades negras y pobres, en las familias, en los espacios de trabajo y en las celebraciones cotidianas. Esa diversidad constituye uno de los rasgos más valiosos de una ciudad que puede considerarse cosmopolita por la pluralidad de influencias que ha recibido y reelaborado.
No obstante, Matanzas no debe vivir solo de su historia. La condición de ciudad moderna, sin embargo, que estamos obligados a preservar no se obtiene por acumular monumentos ni por repetir con orgullo los nombres de sus grandes figuras.
Una urbe moderna necesita servicios eficientes, espacios públicos cuidados, oportunidades económicas, instituciones culturales activas y condiciones para que sus habitantes desarrollen sus proyectos de vida. Necesita, además, que el patrimonio histórico dialogue con las necesidades del presente.
En ese terreno aparecen bastantes y complejos desafíos. Pese a los visibles esfuerzos en medio de apremiantes circunstancias económicas, la conservación de los inmuebles históricos, el deterioro de determinados espacios urbanos, la necesidad de mejorar las condiciones de vida y las dificultades para sostener una programación cultural estable exigen respuestas que vayan más allá de las celebraciones oficiales. No basta con proclamar que Matanzas es la Atenas de Cuba si sus ciudadanos encuentran obstáculos para disfrutar de sus instituciones culturales, acceder a los libros o participar en la vida artística de su comunidad. La cultura no puede convertirse en un lujo ocasional reservado para los días de aniversario.
Existe, además, una oportunidad económica que merece mayor atención. El patrimonio arquitectónico, la literatura, la música, los museos y las tradiciones populares pueden articular proyectos de turismo cultural, emprendimientos creativos, investigaciones académicas y programas educativos. La incorporación del fondo documental histórico del Museo Farmacéutico de Matanzas al Registro Regional Memoria del Mundo de la UNESCO, anunciada en 2025, demuestra que la ciudad conserva bienes cuyo valor trasciende el ámbito local. Ese reconocimiento debe traducirse en mejores condiciones de preservación, investigación y acceso público.
El reto consiste en encontrar un equilibrio entre la explotación económica del patrimonio y su función social. Convertir la historia en mercancía sin proteger sus contenidos sería otra forma de empobrecerla. Pero mantenerla encerrada en vitrinas, sin conectarla con la educación, el empleo, la innovación y la vida cotidiana, tampoco parece una estrategia especialmente brillante.
A sus 333 años, Matanzas necesita de su gente y sus instituciones una matanceridad crítica, participativa y abierta al mundo. Una identidad capaz de reconocer las desigualdades de su pasado, defender la diversidad de su presente y exigir condiciones para su desarrollo futuro. Una identidad que no dependa exclusivamente de las instituciones, sino que se exprese en la conducta de los ciudadanos, en el cuidado de los barrios y en la participación de las nuevas generaciones.
Porque una ciudad no vive solamente de lo que fue. Vive de lo que sus habitantes hacen con aquello que recibieron. Matanzas posee una herencia extraordinaria, pero esa herencia no garantiza por sí sola el porvenir. Los versos de sus poetas no repararán una vivienda, como tampoco una declaración patrimonial resolverá las dificultades de un museo sin recursos. Sin embargo, la cultura puede aportar conocimientos, cohesión social, imaginación y sentido de pertenencia para afrontar esos problemas.
La celebración de este aniversario debería servir, entonces, para renovar una pregunta fundamental: ¿qué Matanzas queremos legar a quienes todavía no han nacido?
La respuesta no está únicamente en los libros de historia ni en las ceremonias oficiales. Está en las decisiones que se tomen hoy sobre su patrimonio, su economía, sus espacios públicos y su vida cultural. Tres siglos y treinta y tres años después de su fundación, la ciudad conserva razones suficientes para sentirse orgullosa. Pero el orgullo más útil no es el que se proclama, es el que se demuestra.
La verdadera matanceridad comenzará a medirse, en última instancia, por la capacidad de sus habitantes para convertir la memoria en compromiso y la cultura en una fuerza concreta de transformación social. Los matanceros no necesitan vivir de espaldas a su historia ni quedarse atrapados en ella. Necesitan conocerla, discutirla y ponerla a trabajar a favor del futuro. Esa sería, quizá, la mejor manera de celebrar sus 333 años. (ALH)
