La historia empezó en 2014 con un puñado de profesionales —seis o siete, según los recuentos— que debían lidiar con décadas de abandono en el centro histórico de Matanzas.
Hoy, a doce años de su creación, la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas se erige como el eje rector de una transformación patrimonial sin precedentes en la Atenas de Cuba: una estructura multidisciplinaria que conduce la protección, el desarrollo y el conocimiento de la urbe con criterios técnicos y científicos.
Su labor no se ha limitado a la restauración de fachadas; su impacto se mide en la conformación de un Plan Maestro, documento rector que ordenó el caos y estableció prioridades para la rehabilitación integral de la ciudad, y en la creación de capacidades locales para la conservación del patrimonio.
El primer gran desafío técnico de la Oficina fue la organización de ese Plan Maestro, un instrumento de planificación que exigió superar la escasez de mano de obra especializada y la inexistencia de estrategias de conservación previas.
A partir de 2017, con la puesta en marcha del plan de reanimación integral «Matanzas 325», las acciones reconstructivas se hicieron visibles; pero detrás de cada obra pública hubo un trabajo de diagnóstico, catalogación y diseño que sentó las bases metodológicas para intervenir el centro histórico.
La estrategia se concentró inicialmente en la Zona Priorizada para la Conservación, un espacio piloto que permitió probar el modelo de gestión antes de extenderlo al resto de la ciudad.
Entre los logros técnicos más relevantes de estos doce años destaca la recuperación de la Plaza de la Vigía como punto dinamizador del centro histórico. Allí no solo se restauraron monumentos y edificios: se recuperó el espacio público peatonal, se puso fin a la hegemonía del automóvil que lo dominaba desde 1913 y la plaza se convirtió en un espacio cultural y patrimonial activo.
A esta intervención siguieron otras que configuraron un sistema de plazas temáticas: el Parque de la Libertad como eje gubernamental y de servicios hoteleros, y la Plaza de la Catedral como núcleo religioso y cultural, muestras de una comprensión integral del tejido urbano y de sus funciones sociales.
La dimensión científica se expresa también en la arqueología. La colaboración con Italia ha permitido desarrollar proyectos como ArqueoCuba y el estudio de la Cañada, enfocados en la relevancia aborigen, con dataciones de hasta 1300 años de evolución, así como la intervención en la Casa de la calle Medio entre Zaragoza y Manzaneda, donde se hallaron numerosas piezas arqueológicas pertenecientes a la familia Gener.
Estos hallazgos no son meros objetos de museo: se integran a un discurso histórico que sustenta las decisiones de restauración y enriquece la narrativa de la ciudad.
En el ámbito de la formación de recursos humanos, la Escuela Taller Daniel Dall’Aglio, inaugurada en septiembre de 2019, se ha consolidado como un espacio de transmisión de oficios tradicionales y de generación de habilidades técnicas para las nuevas generaciones de restauradores, con talleres de pintura mural, cerámica y restauración de papel, entre otros.
El Laboratorio de Zooarqueología, con su acervo de fósiles y especies locales, cierra ese entramado científico y le da a Matanzas herramientas propias para estudiar y cuidar tanto su patrimonio natural como su legado cultural.
A doce años de su fundación, bajo la dirección de Leonel Pérez Orozco, la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas ha demostrado que la restauración patrimonial es una disciplina técnica que exige planificación, ciencia y continuidad.
Y que su labor ha devuelto a la Atenas de Cuba no solo el esplendor de sus edificios, sino también el orgullo y la conciencia patrimonial de sus habitantes. (ALH)
