El cine que no acaba

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Hace apenas 4 años, previo a la 92ª entrega de los premios Oscar correspondiente a 2020, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas proclamó el Día Mundial del Cine; para celebrar y reflexionar sobre una industria del arte nacida el 28 de diciembre de 1895 en Francia, durante la primera proyección cinematográfica realizada públicamente por los hermanos Lumiére.

La salida de los trabajadores de la fábrica Lumiére en Lyon, considerada la primera exhibición del invento, registra a quienes fueron convertidos por obra del ingenio tecnológico en los primeros protagonistas del séptimo arte. Son ellos los propios obreros de la industria y un perro sorprendido por la cámara que da vueltas en el lugar.

La invención que ya cumple 129 años, nació como una novedad técnica de la que no cabía esperarse el extraordinario  impacto que ejercería en breve en la cultura de los pueblos.

Su evolución, de simple divertimento a obra de arte, y el desarrollo tecnológico que le ganaron en pocas décadas la imagen continua, el sonido y el color, extendieron la nueva industria cultural a todas las latitudes del mundo.  El auge de la producción cinematográfica en Francia, alcanzó tempranamente países como Alemania, Gran Bretaña, Suecia y la Unión Soviética y su llegada a los Estados Unidos marcó un desarrollo inusitado.

Si bien los países de menos ingresos  acudían al cinematógrafo en calidad de espectadores de las imágenes que el gran mundo les proveía, con los años muchos realizaron ingentes esfuerzos  para desarrollar  un cine nacional que pudiera mostrar sus propias realidades.

La primera exhibición de cine en Cuba ocurrió el 23 de enero de 1897 en la calle Prado frente al parque central en La Habana.

A los gritos de ¡Bravo! del público delirante que desbordaba el Louvre habanero, quedaba inaugurada en Cuba, una expresión cultural que se extendería en breve a muchas ciudades del país.

Para los matanceros cabe el nostálgico orgullo de saberse la segunda ciudad cubana que disfrutó de aquellas primeras proyecciones de la imagen en movimiento, ocurrida en el año 1899. El emblemático teatro Sauto MN devino así en el magnífico espacio donde el público yumurino estrenó la que sería en breve su pasión por el cine.

Antes de 1959, en Cuba llegaron a filmarse algunos filmes, muchas veces coproducidas con industrias foráneas como las mexicanas. Pero el verdadero auge del cine nacional se  alcanzó con la aprobación de la primera ley en el ámbito de la cultura, promulgada solo 83 días después del triunfo revolucionario de enero de 1959. El surgimiento del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) que en marzo próximo cumplirá su aniversario 65 marcó un jalón extraordinario en el empeño de los cubanos de acceder al mejor cine del mundo, decidir la política de exhibición y propiciar el desarrollo de  la producción nacional.

Entonces sí el cine, más que una manifestación económica de grandes empresarios, devino herramienta imprescindible para el disfrute y el conocimiento de nuestro pueblo.  Hasta las más intrincadas lomas del país llegó el cinematógrafo, aún sobre el lomo de las arrías de mulos.

Decenas de materiales fílmicos se produjeron cada año. Películas de ficción, documentales y animados atraparon la atención del público cubano, que llegó a cimentar una cultura y capacidad de apreciación  de los mejores valores del arte cinematográfico.

Matanzas gozó de una programación envidiable en sus diversas salas de cine, y en sus propios predios se acogió la filmación de  relevantes filmes como Cartas del parque de Tomás Gutiérrez Alea, Plácido de Sergio Giral o más recientemente El regreso de Blanca Rosa Blanco.

Esta vez, cuando se nos invita a hacer del Día Mundial del Cine, una jornada para la celebración y el disfrute del arte cinematográfico, los matanceros apenas  recuerdan las casi siempre atestadas salas oscuras con que contó la ciudad.

El deterioro de las salas, el cambio de sus funciones y la carencia de la necesaria tecnología para garantizar óptimas proyecciones, como consecuencias de las conocidas limitaciones económicas y financieras, limitan el disfrute colectivo del cine a las escasas ocasiones que un evento local o la celebración de alguna efeméride, obran el milagro.

Décadas atrás, cuando los matanceros disponían de una programación de la Cinemateca Nacional de Cuba o hicieron posible el premio Vigía, único reconocimiento entregado fuera de La Habana, durante los gloriosos días del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, disfrutado en la provincia, era improbable reconocer el apagón definitivo de nuestras salas de cine.

De todos modos los cinéfilos siempre hallaremos una vía para acceder al cine de su preferencia y en diversos formatos gozar de las mejores producciones.

Aunque otras naciones y organismos han validado para la celebración del cine otras fechas y acontecimientos,  no tiene nada malo que este sábado 10 de febrero procuremos un buen filme y en compañía  de familiares y amigos nos entreguemos al disfrute de alguna de las cintas que marcaron definitivamente nuestra visión del mundo a través de la magia inacabada del cine.

Acerca Ángel Rodríguez Pérez

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