El efectivo representa un verdadero dolor de cabezas. Y no es metáfora: quien lo intenta a diario sabe que representa una odisea.
Sí, la ley dice que los canales electrónicos de pago son obligatorios, y quien no se ajusta a estas normas se arriesga a sanciones. Pero la realidad es diferente : la calle tiene sus propias reglas.
Ahora, súmale a esto las compras por vías electrónicas, que muchas veces vienen con una cuota adicional que puede alcanzar hasta el 30 % del precio del producto. En la práctica, eso significa que el cubano de a pie siente, sufre y padece esta problemática en carne propia.
La bancarización de operaciones, el uso obligatorio de medios electrónicos y el control fiscal de los ingresos, está establecido. En teoría, el diseño lo implementaron para ordenar los flujos financieros, reducir la dependencia del efectivo y darle trazabilidad a la economía. Pero en la cotidianidad, las normas la incumplen a la vista de todos.
Muchos negocios aceptan el pago electrónico solo “cuando les parece”, otros lo evitan como si fuera de otro planeta, y algunos lo condicionan a capricho.
Mientras tanto, el efectivo sigue siendo la tensión que mantiene en marcha la vida diaria del cubano que convive con el transporte, la compra del pan a precios exorbitantes, los pequeños gastos cotidianos… todo depende de billetes en la mano.
La digitalización convive con el efectivo en una relación desigual, tensa y a veces hasta absurda.
Y quien lo paga más caro es, como siempre, la persona común: el jubilado, el maestro, el trabajador que intenta sobrevivir entre normas que existen y no se ponen en práctica.
El problema no es únicamente técnico, aunque la inestabilidad de las plataformas y la conectividad juegan su papel. El problema resulta más profundo: es de implementación, de control y de coherencia.
Entonces surgen varían interrogantes ¿cómo adquieren los trabajadores por cuenta propia la mercancía que luego venden a la población? ¿Aceptan realmente las grandes empresas y otros proveedores pagos por transferencia con la agilidad y transparencia necesarias? ¿O continúa predominando el efectivo incluso en operaciones a gran escala?
Y ahí aparece una de las mayores contradicciones. El impulso de la bancarización como política económica, pero gran parte de las operaciones continúan dependiendo del dinero físico o de mecanismos poco transparentes. Muchos trabajadores por cuenta propia aseguran que, para adquirir mercancías, enfrentan constantes obstáculos cuando intentan pagar mediante transferencias.
En no pocos casos, determinados proveedores priorizan el efectivo, retrasan operaciones digitales o simplemente no cuentan con condiciones reales para asumirlas de manera eficiente.
La bancarización no puede verse únicamente como una obligación administrativa o como una meta estadística. Tiene que convertirse en una herramienta útil, funcional y confiable para la población.
Porque cuando una persona pasa horas intentando extraer dinero, cuando debe pagar un recargo por transferir justo en el momento de comprar alimentos o medicamentos, esto no genera confianza, sino rechazo.
No se trata de negar la importancia de avanzar hacia formas modernas de pago. El uso de transferencias electrónicas puede aportar control, transparencia y comodidad. Pero para que eso ocurra debe existir una infraestructura sólida, estabilidad tecnológica, supervisión efectiva y, sobre todo, coherencia entre lo que se orienta y lo que realmente sucede en la calle.
El efectivo sigue siendo hoy una necesidad cotidiana para millones de cubanos. No por capricho, sino porque gran parte de la economía diaria todavía funciona así.
El debate no debería centrarse en eliminar el efectivo, sino en crear condiciones reales para que las personas puedan elegir por qué vía desean pagar su mercancía.
La bancarización no puede imponerse únicamente desde resoluciones; necesita credibilidad, organización y una implementación que tenga en cuenta la realidad económica y social del país.
Mientras esto no ocurra, el cubano de a pie seguirá viviendo entre transferencias que nunca funcionan, colas interminables. Hasta inclusive cambiar su dormitorio para el banco y garantizar extraer el salario por el cual trabajó durante un mes.
Mientras esto pasa, los precios aumentan según la forma de pago .Y entonces, más que una modernización financiera, lo que muchos sienten es una nueva carga añadida a las dificultades diarias.
