La labor de la educadora cubana María Luisa Dolz fue un aporte relevante a la pedagogía nacional.
En 1954 el Consejo de Ministros aprobó la Ley-Decreto 1019, que dispuso la celebración del Centenario de María Luisa Dolz, fecha que se conmemoró el 4 de octubre de ese año. La disposición respondió a una solicitud de la Asociación de Antiguas Alumnas del Colegio María Luisa Dolz. Entre otras cuestiones, se dispuso realizar un homenaje en todos los colegios y escuelas femeninas de Cuba, fueran centros oficiales o privados; la imposición de su nombre a un centro escolar de La Habana, la publicación de los trabajos que escribió y la emisión de una serie de sellos de correos con su efigie.
De esta forma se conmemoraron los cien años del nacimiento de quien fuera una destacada educadora cubana. María Luisa Dolz había dejado una huella en la ciencia pedagógica cubana. Una huella que es preciso recordar y tener presente.
Vida ejemplar

Nacida en La Habana el 4 de octubre 1854, María Luisa Dolz Arango sobresalió desde temprana edad por poseer una voluntad indoblegable y una vocación inquebrantable por la enseñanza. Niña aún, impartió clases a sus hermanas pequeñas. Desde 1872, con 18 años, comenzó la que sería una larga carrera docente, en el Colegio Nuestra Señora de la Piedad. Al mismo tiempo, no descuidó su formación académica y profesional.
Logró graduarse como maestra de instrucción primaria (1876), maestra de nivel superior (1877). Se le reconoce como la primera mujer que alcanzó en Cuba la titulación como Bachiller en Artes (1888). Además, también le correspondió la prioridad cronológica en obtener el grado de Licenciada en Ciencias Naturales (1890) y el de Doctora en Ciencias Naturales (1899).

En 1879, María Luisa Dolz adquirió el Colegio Isabel la Católica, del cual asumió la dirección. Con el paso del tiempo este centro educativo se nombró Colegio María Luisa Dolz. Esa denominación lo ha consagrado en la historia de la educación cubana por la labor que desarrolló en favor de la educación de la mujer, las innovaciones en el proceso pedagógico y la ejemplaridad que proyecto ante la sociedad de su tiempo.
María Luisa Dolz viajó dos veces a los Estados Unidos. Primero en 1893, ocasión en la que visitó la Exposición Colombina de Chicago, y también en 1895. Fue en dos oportunidades a Europa. En 1900, lo que le permitió admirar la Exposición Universal de París, y nuevamente en 1905. Los países que recorrió fueron Francia, Bélgica y Alemania. En todos los casos conoció y recogió experiencias pedagógicas de avanzada, las cuales supo aplicar de forma creativa en su Colegio.

Durante su extensa labor educativa, María Luisa Dolz apoyó múltiples iniciativas dirigidas a mejorar la situación de la niñez cubana. Entre ellas la remodelación del centro de reclusión para huérfanos de Guanajay. Integró el Comité Ejecutivo de las Conferencias de Beneficencias y Corrección, la Sociedad Protectora de los Niños y el Asilo de Huérfanos de la Patria.
María Luisa Dolz también participó en tribunales para las oposiciones a cátedras de las Escuelas Normales y en comisiones para la selección de textos para las escuelas públicas. Impartió conferencias en las Escuelas de Verano, formó parte de la Liga de Homicultura y se destacó como miembro de la Sociedad Geográfica de Cuba.
Buena parte de la obra escrita por esta destacada educadora cubana se compiló en el volumen María Luisa Dolz. La liberación de la mujer cubana por la educación (1955), que publicó la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. El título se tomó del discurso que pronunció en la Cuarta Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección, celebrado en 1904, que denominó “Redención de la mujer cubana por la educación”.

En 1923, María Luisa Dolz se acogió al retiro. Tras una vida dedicada al trabajo en su amado Colegio, le había llegado el momento de descansar. Al año siguiente, en 1924, recibió un grandioso homenaje en la Academia de Ciencias. Reconocida y amada por los cubanos, dejó de existir físicamente en La Habana, el 27 de mayo de 1928.
En 1904, a propósito del 25 aniversario de su Colegio, declaró:
“La educación de la mujer y la infiltración en su cerebro de las grandes verdades, que en diversos órdenes, morales, sociales o biológicos se van conquistando en el campo de la ciencia, ha sido el ideal que siempre ha inspirado nuestros actos”.
Colegio de ciencia
Al momento de comenzar María Luisa Dolz su labor como directora del Colegio que llevó su nombre, este se ocupaba la casa Sol 54, de donde se trasladó después a Acosta 17. Sobre aquellos primeros tiempos, recordó en una ocasión:
“Dos pequeñas aulas, negros y toscos bancos y carpetas, componían el material escolar; treinta alumnas y tres profesoras el personal del mismo. Sólo poseía entonces los títulos de Profesora Elemental y Superior”.
Con el paso del tiempo aumentó el éxito del Colegio y se necesitó una nueva sede. Esta fue la casa del Marqués de Almendares, en Compostela 131, en la Plazuela de Belén. Se amplió el número de profesores y el claustro creció con pedagogos de la talla de Enrique José Varona, Rafael Montoro, Ramón Meza y Carlos de la Torre, entre otros. Esto posibilitó que en 1885 el Colegio fuera incorporado al Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, con lo cual quedó habilitado para otorgar títulos de ese nivel.

Debido a unos problemas legales, el Colegio se trasladó para Prado 29 y de ahí al número 77 de la misma calle, esquina a Animas. Fue en 1896 que se radicó en su edificio definitivo, en los números 64 y 66 de la propia calle Prado. En este local se instaló un Museo de Historia Natural y las aulas fueron equipadas con un mobiliario escolar moderno, adquirido en Estados Unidos, que fuera exhibido en la Exposición de Chicago en 1893.
Entre las innovaciones establecidas en esta etapa estuvieron las excursiones campestres, los ejercicios calisténicos, por primera vez en Cuba, y las clases experimentales para el estudio de las ciencias. En relación con los medios de enseñanza, María Luisa Dolz señaló en 1904:
“El material escolar se ha enriquecido, y más aún, después del último viaje a París, con nuevos aparatos eléctricos, linterna para proyecciones luminosas, vistas peliculares del Museo Pedagógico, herbarios esmeradamente preparados, colecciones del Museo Industrial Escolar, etc”.
Otros medios para la enseñanza de las ciencias, que existían en el Colegio María Luisa Dolz, eran los siguientes:
“…cuenta el colegio con una buena linterna para proyecciones luminosas de la casa de Mc Allister de New York, con colecciones de vistas en cristal de Geografía e Historia de la misma casa, y vistas peliculares de las casas de Hachette y Larousse de París, para Zoología, Botánica, Fisiología y Bacteriología. Planos Anatómicos. Láminas trasparentes de Astronomía. Colecciones variadas de tarjetas de Hachette. Aparatos de Física. Colecciones de minerales. Herbarios de Hachette, y de la flora indígena preparados por las alumnas. Ejemplares de los principales tipos de animales. Museo Escolar Industrial de Delagrave. Ábacos. Esferas. Pizarras pautadas y cuadriculadas. Planos de Agricultura y de Geometría, etc”.

Sobre los métodos para enseñar, destacó:
“Los métodos en todas las asignaturas han seguido la evolución requerida por el progreso pedagógico, inspirándose en cuanto se halla implantado en los establecimientos docentes de América y Europa, cuyos progresos pedagógicos fueron expuestos en los Congresos de París en 1900, a los que tuvimos ocasión de asistir”.
Además, añadió:
“Al texto árido, al trabajo casi exclusivo de la memoria, reemplaza la enseñanza intuitiva, la clase de objetos, las excursiones, las proyecciones luminosas, los ejercicios prácticos, los temas escritos, según las exigencias de la asignatura, la actividad del alumno, que no se limita ya a repetir la letra del libro; sino que por sí mismo busca, investiga la regla de lo que ejecuta, inquiere a la naturaleza, que examina la causa del hecho que observa, se expone en palabra propia, aclara sus dudas, no recita automática mente, sino piensa y juzga; el texto, suprimido en al gunas clases, sólo se usa en otras para el repaso de lo que ya se comprende perfectamente, o como consultor en casos de duda”.

En 1904, María Luisa Dolz describió el Colegio de la forma siguiente:
“…siete aulas, quince profesores, ciento veinte alumnas, veinte internas, mobiliario moderno, variado material de enseñanza, departamentos para oratorio, refectorio, dormitorio, enfermería, baño, etc., en amplio edificio y de reconocidas condiciones higiénicas, en la mejor esquina de la hermosa avenida del Prado, con fincas propias para excursiones, y vacaciones de las internas, fuerte y vigoroso como si empezara hoy, por el espíritu de entusiasmo y energía que nos anima, por la aspiración de progreso que nos impulsa…”.
Hacia 1904, el Colegio María Luisa Dolz poseía un claustro de lujo. Entre los profesores sobresalían Santiago de la Huerta, catedrático de la Universidad y profesor de Física y Química Experimental. También Lincoln de Zayas, profesor de Literatura. La propia directora explicaba en el 6º Curso, las asignaturas de Gramática, Aritmética, Algebra, Historia Natural, Metodología y Moral.

Síntesis de un esfuerzo
En 1904, a propósito del 25 aniversario del Colegio, se desarrolló un amplio recuento del esfuerzo realizado. Se ejecutaron varias actividades y se editó un libro conmemorativo. El texto principal de ese volumen, escrito por María Luisa Dolz, contiene la historia del plantel y el estado que presentaba en esa fecha. Sobre la contribución realizada en ese cuarto de siglo, escribió esta insigne mujer cubana:
“…ofreciendo a mis compañeras el ejemplo de mi constancia a toda prueba, evidenciada en mi marcha siempre recta, sin retrocesos ni bifurcaciones, de la capacidad de la mujer para librar por sí, no solamente su subsistencia, sino también su dicha, para crearse un nombre, para vivir siempre con la vida llena; habiendo desplegado, cual es deber esencial de todos, antes de llegar al ocaso de la vida, alguna fuerza bienhechora; espero que el reconocimiento de la obra realizada, el afecto de mis discípulas, y el aprecio de mis compatriotas, sea el galardón que complete la íntima satisfacción que me produce el deber cumplido”.
