El balón aún no había rodado lo que un suspiro, cuando la historia se paró en seco. Catorce segundos necesitó la Real Sociedad para incendiar La Cartuja y que Ander Barrenetxea, con un cabezazo que todavía retumba, firmara el gol más rápido jamás visto en una final de Copa del Rey. Fue un fogonazo de seda y pólvora que desnudó a un Atlético de Madrid vestido de acero. Pero la noche en Sevilla apenas comenzaba a sudar drama.

Respondió temprano el monstruo. Ademola Lookman, en el minuto 18, ajustó un zurdazo raso al palo para recordar que este no era un cuento de hadas sin villano ni antagonistas. Griezmann, el mago francés, había orquestado el empate, y el partido se volvió una partida de ajedrez con navajas. Hasta que al filo del descanso, Musso, el portero argentino, golpeó la cabeza de Guedes en un salto suicida. Pitaban el penalti. Oyarzábal, capitán de muñecas heladas, no tembló: 1-2 y la Copa rozando los dedos de los txuri-urdines.

La segunda mitad comenzó como una ola rojiblanca contra un muro blanquiazul. Los colchoneros mordían sin cesar, pero la Real aguantaba como náufrago a su tabla. Cuando el reloj expiraba y la gesta parecía sellada, Julián Álvarez hizo acto de presencia. Un control de tacón, una bicicleta imposible y un zurdazo a la escuadra que heló el alma donostiarra: 2-2. La Cartuja entera contuvo el aliento. Quedaba media hora de suplicio, esa prórroga donde los sueños se oxidan.

La Real Sociedad alzó su cuarta Copa del Rey en la historia.

Y allí, en tiempo añadido, nadie quiso firmar la sentencia. Las piernas pesaban como lastre y las ideas se evaporaban en el calor de Sevilla. El fútbol, veleidoso, decidió que el trofeo se entregaría desde los once metros, lugar donde los valientes lloran y los héroes nacen.

La tanda fue una montaña rusa de cordura. Primero lanzó el Atlético, y Sorloth vio cómo Marrero, ese portero suplente de 24 años que creció soñando con esta noche, le adivinaba la intención y volaba a su izquierda para detener el primer remate a puerta. Julián, figura unos minutos antes, tragó entonces de su propia medicina cuando otra vez Marrero se agigantó bajo los palos y rechazó el penalti. Dos balones y dos atajadas. Dos puñales al corazón colchonero. La Real sonreía con 1-0 en la tanda.

Mas, el alma del Atlético es de piedra. Nico González, Almada y Baena anotaron los suyos, mientras Óskarsson falló el intento y Aihen Muñoz ponía el 3-2. Restaba un penalti. Pablo Marín, canterano que hace cinco años recogía balones como niño en la final de 2021, tomó la pelota entre sus dedos temblorosos. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y la clavó en la escuadra. Era el gol que faltaba: 4-3. La Real Sociedad, campeona de su cuarta Copa del Rey.

Pablo Marín, canterano de 22 años, firmó el penalti definitivo que coronó a su elenco.

La locura se desató. Oyarzábal alzó el trofeo ante treinta mil almas entregadas, cerrando un círculo que la pandemia dejó vacío en 2021. Pellegrino Matarazzo, el entrenador estadounidense que llegó hace tan solo cuatro meses para salvar a un equipo herido, se convirtió en el primer técnico norteamericano en conquistar un gran título europeo. Mientras, en el otro lado del césped, Simeone masticaba hiel y Koke, con los ojos rojos, balbuceaba consuelos. Porque la Copa, esta vez, se fue a dormir a San Sebastián.

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