Durante los siglos XIX y XX las tertulias literarias y científicas tuvieron un papel significativo en la cultura cubana.
Las tertulias, casi siempre llamadas literarias, aunque muchas tuvieron un perfil más abarcador, surgieron en el primer tercio del siglo XIX cubano. La más famosa, aunque no la primera, fue la que protagonizó Domingo del Monte en Matanzas, entre 1834 y 1836, que tuvo continuidad en La Habana. En el surgimiento de esta tertulia influyó el fracaso en la creación de la Academia Cubana de Literatura, institución genuinamente cubana que encontró feroz oposición del gobierno colonial y de los enemigos de la juventud ilustrada reformista.
Esta no fue la primera tertulia que existió en Matanzas. El historiador yumurino Francisco José Ponte Domínguez mencionó la que estableció el licenciado José Teurbe Tolón en su casa frente a la plaza de la iglesia. En ella, participó el joven José María Heredia. Otros investigadores han mencionado las que se realizaban en la “casa de las señoritas Gómez”, en el hogar de Antonio Blanchet, y la que tuvo como sede la redacción del periódico Aurora de Matanzas.
No cabe dudas, sin embargo, que la tertulia de Del Monte ha sido la más célebre de nuestra historia común. Estas reuniones literarias y científicas se realizaban en la casa de Gelabert número 43, hoy calle Milanés. En la actualidad una placa de mármol recuerda el lugar. En ella participaron los hermanos José Jacinto y Federico Milanés, Félix Manuel Tanco, José María Casal y otras personalidades.
Ya en La Habana, donde funcionaron hasta 1843, coincidieron grandes escritores y oradores de la época: Plácido, Juan Francisco Manzano, José Victoriano Betancourt, Cirilo Villaverde, Ramón de Palma, José Antonio Echeverría, entre otros. Y también hombres de ciencia, como Felipe Poey, Ramón Zambrana, Francisco de Frías, Gaspar Betancourt Cisneros, José Zacarías González del Valle y José Silverio Jorrín. Desde Matanzas viajaban a La Habana los Milanés y de otros lugares de Cuba también hubo asistentes
En 1861, en el prólogo a las obras de Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero dedicó un espacio a recordar las tertulias de Domingo del Monte. Evocó allí a “…los jóvenes escritores a quienes el atractivo de irresistible simpatía congregaba diariamente en su casa”.
“No es de extrañar —agregó— por tanto, que su gabinete fuese una especie de academia, pero una academia donde no había ni reglamentos, ni fondos, ni protección oficial, ni premios, ni categorías, ni otra autoridad que las leyes del buen gusto, ni públicos y ruidosos certámenes, ni sesiones a horas determinadas, ni querellas, ni bandos. Cada cual llevaba la obra que había escrito, leíase a presencia de unos cuantos amigos, discutíase libremente sobre sus bellezas y defectos, introducíanse en ella las correcciones convenidas, llevábase a la prensa, y se tornaba después a examinarla muchas veces en la repetición de aquellas gratas conferencias”.
“…entrábase en discusiones sobre el fondo y sobre la forma de cada libro, sobre su plan, sobre sus tendencias; admirábase los pasajes más bellos y los pensamientos más profundos; explicábanse con los pormenores biográficos del autor el colorido de sus producciones; trabajábase por descubrir en los acontecimientos históricos los designios providenciales; trazábanse cuadros de las opiniones y costumbres en diversas épocas; citábanse rasgos de virtud y de heroísmo; seguíase con anhelante interés la vida de los hombres célebres; cotejábanse unas con otras las instituciones; estábase al cabo de los descubrimientos en las ciencias y de sus aplicaciones a las necesidades; saludábase con entusiasmo la aparición de cualquiera obra importante; buscábanse bríos para no desmayar en ningun propósito noble, por arduo que fuese, en el ejemplo de aquellos varones preclaros cuya memoria se levantará siempre entre los mortales como las cumbres de las montañas sobre los valles; y derramábanse a menudo lágrimas al llegar a ciertas calamidades, a ciertos desórdenes, a ciertas depravaciones, a ciertas injusticias, a ciertas crueldades, a ciertas infamias, a ciertas humillaciones, descritas con valiente y tierno pincel por el historiador, el novelista y el poeta”.
Uno de los asistentes a las tertulias delmontinas, José Silverio Jorrín, escribió en sus apuntes autobiográficos:
“…tenía para mí aquel centro otro atractivo mayor: el carácter, cual ninguno, simpático de Delmonte, sus genuinas cualidades de literato, el empeño que siempre demostró por los progresos de esta tierra y, en particular, por los de la juventud cubana”.
Varias décadas después, el matancero Emilio Blanchet, ya en el ocaso de su larga y fecunda vida, escribió “La tertulia literaria de Delmonte”, artículo que publicó en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, en 1912. Sobre cómo funcionaba el encuentro escribió:
“A ocasiones, en sesión plena, escuchábase a Delmonte leer, por manera excelente, con voz muy agradable, fragmentos de valioso libro nuevo o discurrir sobre los vicios de la educación en esta isla; sobre reformas en favor de los esclavos; el idealismo y el realismo; con firmeza y decoro mantenía su opinión. Oído el trabajo de un compañero, era juzgado imparcial y cortésmente y, en concisas palabras, con grande acierto, según su costumbre, pronunciaba el fallo definitivo. Siempre apoyó tendencias morales; emitía ideas, que, puestas en circulación por sus contertulios, en alguien encontrarían acogida y aprovechamiento”.
Al destacar la significación de esta tertulia, señaló:
“¿Cómo un artista cubano, recordando la inmortal Escuela de Atenas, cuadro de Rafael, y sin la quimérica esperanza de igualarlo, no ha trasladado al lienzo aquel entresuelo frontero a la calle de la Habana, donde, en traje de casa y muy familiarmente, recibía Delmonte a sus amigos? Extenso mapa de la Isla cubría una pared; en otras, veíanse estampas curiosas; dos estantes, repletos de libros, generosamente accesibles a todos, incitaban a leer, no menos que los diarios y folletos esparcidos sobre un diván y un bufete”.
Junto a tantos literatos, y sin dejar de serlos ellos también, evocó Blanchet la presencia de hombres de ciencia:
“…entreteníase Felipe Poey con un insecto, recién cogido por un niño del dueño. Más allá discutían sobre algún tema agronómico el conde de Pozos Dulces, Silverio Jorrín y Gaspar Betancourt Cisneros (El Lugareño)…”, “…trataban de filosofía el Pbro. Ruiz y José Zacarías González del Valle…”.
En Matanzas
Volviendo a Matanzas, no hay dudas de la trascendencia de la tertulia de Domingo del Monte. Sin embargo, quizás enfatizar en la significación que tuvo ha limitado la investigación sobre otras tertulias en el siglo XIX. En el conocido libro Aquellos tiempos…, Lola María de Ximeno menciona algunas. En primer lugar, la que se hacía en casa de su abuelo Blas de la Cruz, en la calle Contreras número 50. Según esta fuente, uno de los asistentes era Narciso López. Se debe
mencionar una anécdota que relató doña Lola:
“En estas tertulias acostumbrábase pasar bandejas con refrescos y en ocasión que, una joven costurera que mi abuela tenía a su servicio por ser inteligente y muy fina, se hallaba en el salón colocando la bandeja en el aparador, al subir los brazos y por el esfuerzo quedarle la falda aún más corta —ya recogida de antemano—y por lo tanto las piernas hasta las rodillas al descubierto, extremadamente delgadas como alambres, contrastando con lo grueso de su busto por ser Florencia alta y corpulenta, dijo el caudillo notando el defecto: «Blas, ¡qué andamios!» A lo que replicó la aludida seguidamente: «Montada al aire, caballero, como la piedra fina»”.
Otras tertulias matanceras fueron las que se realizaron en la casa de los Milanés tras la salida de Del Monte hacia La Habana. En ella
“…se reunían y saludaban todos los escritores de más valía en la isla de Cuba cuando por Matanzas pasaban o temporalmente en ella residían”.
Poco después, estas reuniones debieron trasladarse a la casa de Félix Tanco, debido a la progresiva enfermedad de José Jacinto. También estuvo la que se hizo en la casa del historiador y pedagogo Pedro José Guiteras.
Sin embargo, para Lola María, la tertulia “…más constante y permanente…” fue la del escritor, geógrafo, historiador y profesor Francisco Javier de la Cruz. Según nos cuenta esta autora:
“En aquel modestísimo y reducido establecimiento situado en Santa Teresa núm. 23, esquina a Contreras, y en la Plaza de Armas —desde sus principios llamada la botica de El Rosario— el tema de la conversación versaba sobre asuntos de agricultura, ciencias y literatura, jurisprudencia, historia y las cuestiones políticas que, dividida en los dos partidos de siempre, allí se discutían”.
La lista de participantes es amplia: el historiador local Pedro Antonio Alfonso, el poeta Ignacio María de Acosta, el escritor Emilio Blanchet, los geógrafos Esteban Pichardo y José María de la Torre, los pedagogos Gonzalo Peoli y Benito José Riera, entre otros.
Ya en el siglo XX, sobresalió el Areópago Bohemio de Matanzas, tertulia que sesionó entre 1910 y 1915 en los bajos del Palacio de Gobierno. Agrupó a hombres de letras, poetas y ensayistas como Bonifacio Byrne, Agustín Acosta, Hilarión Cabrisas, Fernando Lles y Medardo Vitier. Llegó a constituir una verdadera institución pública no oficial. Otra tertulia matancera que se menciona es la que tuvo el poeta Agustín Acosta en el Hotel Vista Alegre, de Jagüey Grande, durante el tiempo que vivió en ese lugar.
Otras tertulias célebres
El camino abierto y sembrado por Domingo Del Monte tuvo continuadores. En 1865, Nicolás Azcárate creó en su Casa de Guanabacoa las llamadas «Noches Literarias», a las que asistían poetas, literatos, músicos y hombres de ciencia. Con ese mismo título se publicó en 1866 una edición en dos tomos que reunión textos en prosa y verso leídos en esta tertulia. Allí estuvieron las hermanas Luisa y Julia Pérez, Joaquín Lorenzo Luaces, Enrique Piñeyro, Rafael María Mendive, Antonio y Francisco Sellén, Ramón Zambrana y Juan Clemente Zenea. Estas veladas continuaron tras la Guerra de los Diez Años, pero ahora en La Habana y con la denominación de “Conversaciones literarias”.
Otras tertulias conocidas fueron las célebres “Veladas” de la Revista de Cuba, que animó un matancero: José Antonio Cortina También las que funcionaron en las sociedades de recreo e instrucción, o en la redacción de algunos periódicos, como El Fígaro y La Habana Elegante. Fue célebre la tertulia en la casa de Luis Alejandro Baralt, considerada el germen inicial del Nuevo Liceo de La Habana. También la del Teatro Alhambra, entre 1891 y 1935, que visitaron, entre otros, los españoles Vicente Blasco Ibáñez, Ramón del Valle Inclán, Federico García Lorca y Jacinto Benavente.
Merece mención la que funcionó alrededor del café-restaurante «El Casino» y el Parque Central, en la calle Prado, donde estuvieron Néstor y José Manuel Carbonell, Arturo R. Carricarte, Max Henríquez Ureña y Jesús Castellanos. En la casa de Esteban Borrero, en Puentes Grandes, Marianao, funcionó otra tertulia. Allí se reunían Enrique José Varona, Juan Miguel Dihigo, Federico Uhrbach, Manuel Sanguily, y los matanceros Carlos de la Torre y Juan Gualberto Gómez. La conocida Sociedad de Conferencias nació también de una tertulia que crearon Jesús Castellanos y Max Henríquez Ureña hacia 1910.
Otras muy significativas fueron la tertulia que comenzó en el Teatro Martí, con Rubén Martínez Villena al frente, de donde surgió en 1923 el Grupo Minorista, en la cual participaron varios matanceros. También la del Hotel Ambos Mundos, presidida por Fernando Ortiz. En esta tertulia nació la decisión de celebrar los Congresos Nacionales de Historia y la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales.
La historia de las tertulias en Cuba, sean estas de carácter literario o científico, es un tema apasionante. Aún posee aristas por descubrir e indagar. Fue, sin dudas, un medio de interacción de la intelectualidad habanera y matancera en los siglos XIX y XX, que forma parte importante de la cultura cubana.
