Enrique Loynaz del Castillo relató en el libro Memorias de la guerra cómo conoció a José Martí.

En 1989 se publicó, por vez primera, el libro de testimonios Memorias de la guerra, escrito por Enrique Loynaz del Castillo. En él, este destacado general de la guerra del 95 plasmó sus vivencias en la emigración y después en la contienda por la independencia. De manera especial, dedicó un espacio a cómo conoció a José Martí.

Así lo plasmó en el noveno capítulo: “En Nueva York. Primer encuentro con Martí”. Comenzó Loynaz relatando la llegada a la gran ciudad estadounidense:

“…entre brumas, la gigantesca estatua de la Libertad y en el erguido brazo la antorcha triunfal de los derechos del hombre”.

“Por entre enjambre de vapores de todas clases, en coro atronador de silbatos, dejamos atrás la estatua colosal: en ruta al muelle, sobre el río del Este. Como si todas las grandezas se agruparan ente nuestros ojos asombrados. Ahora teníamos delante el puente monumental que sobre el río majestuoso una a Brooklyn y Nueva York. A uno y otro lado los altísimos rascacielos, con sus hileras de ventanas iluminadas. Por todas partes el ruido ensordeceros de la inmensa colmena”.

Portada del libro Memorias de la guerra (1989). Archivo del autor.

Una velada

Relató Enrique Loynaz que, desde que llegó a Nueva York en noviembre de 1891, su principal preocupación era conocer a José Martí. Para cumplir ese deseo suplicó a sus amigos Serafín Sánchez y Francisco Carrillo, que lo llevaran ante el Apóstol. Así lo hicieron al conducirlo hasta la casa de 120 Front St., en cuyo tercer piso estaba la oficina de José Martí. Sobre cómo fue recibido contó Loynaz:

“¡Apenas anunciados los nombres de los dos próceres de Cuba, apareció, con los brazos abiertos, José Martí! A mi me latía intensamente el corazón”.

“Martí, aquí le traemos el más ferviente de sus admiradores: este muchacho, ¡de familia camagüeyana que dio mucha sangre a Cuba! Él lleva hasta la locura la pasión de la patria”.

Tras el abrazo de bienvenida, Enrique Loynaz se incorporó a la velada, en la que se analizaba un tema científico:

“Pasamos a la sala. Notables escritores de nuestra América española hacían tertulia al calor de la estufa llameante… Una gran escritora americana, Elena Hunt Jackson, la genial autora de Ramona —que Martí tradujo embelleciéndola— acompañaba a los latinos. Se había tratado en aquella tertulia de la teoría que acababa de presentar —en la edición dominical del Herald— el gran inventor Edison acerca de la estructura de los átomos. Atribuíales la original teoría la formación de dos hemisferios cargados de opuesta electricidad —positiva y negativa— a cuya concurrencia giraba vertiginosamente la materia atómica. La teoría no fue exacta, como se descubrió después: a la aparición de la moderna descripción de los electrones”.

Enrique Loynaz del Castillo. Archivo del autor.

Tres décadas antes de publicado el libro Memorias de la guerra, Enrique Loynaz había relatado este episodio a la revista Bohemia, el 5 de agosto de 1956. Aunque coincide en lo general con la versión que se dio a conocer en 1989, aportó otros detalles interesantes:

“…realicé, en 1891, un viaje a Nueva York, hospedándome en la casa de la calle Concord, en Brooklyn, donde residían los generales Francisco Carrillo y Serafín Sánchez. Ambos habían sido, con anterioridad huéspedes de nuestra familia cuando estuvieron en Azua. De ahí la estrecha amistad que nos unía. Con ellos acudí al siguiente día de mi llegada, un domingo precisamente, a la calle Front 120, donde tenía sus oficinas… Y ellos me presentaron al Maestro”.

“Aquel domingo, acompañaba a Martí un grupo de escritores y poetas latinoamericanos. Esteban Helen Hunt Jackson, de cuya novela Ramona acababa de hacer Martí una maravillosa traducción al español. Cuando llegamos el Apóstol leía a sus amigos una plana del Herald, de Nueva York, que informaba de una teoría de Edison sobre el átomo. Andando el tiempo esta teoría no resultó igual a la que preconizó Edison; pero entonces produjo sensación”.

“Con exquisita amabilidad Martí puso el periódico en mis manos, para que yo continuara su lectura, alegando que mi inglés era superior al suyo. Fue una gentileza. El caso fue que allí pasamos varias horas de inolvidable charla”.

Martí y Edison

Aunque pudiera parecerlo, no es raro que en presencia de José Martí se discutiera y analizara una teoría científica. Mucho menos si fue formulada por el destacado inventor Thomas A. Edison, creador de la lámpara incandescente y de las primeras máquinas parlantes. El Apóstol cubano se refirió en varias ocasiones a la obra de esta destacado tecnólogo y empresario estadounidense, sobre quien expresó:

“La electricidad, profunda y traviesa, ha pasado a este hombre extraño, de cara pálida y ojos relucientes. Se adquiere fuerza y apariencia sobrenaturales del comercio con la naturaleza”.

Sobre el número de los inventos que patentó, reconoció que

“Hoy, de privilegios originales, tiene lleno un libro. ¿Qué no ha inventado él?”.

Thomas Alva Edison observando una bombilla incandescente, su invento más conocido. Archivo del autor.

Que José Martí favoreciera la discusión de un tema científico no debería sorprender. El Apóstol llegó a poseer una sólida cultura científica, que se sustentó en el autodidactismo. El aprendizaje de nuevos contenidos relativos a la ciencia son buen ejemplo de ello. Esta vivencia que mencionó Enrique Loynaz demuestra la grandeza martiana, siempre atento a todo nuevo conocimiento producido por el saber humano.

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