En 1885 falleció en La Habana el matancero Juan Bruno Zayas Jiménez, una de las grandes personalidades de la medicina cubana.

El 15 de octubre de 1825 nació en Cimarrones, antiguo nombre del actual poblado de Carlos Rojas, quien sería uno de los médicos cubanos más célebres de su tiempo: Juan Bruno Zayas Jiménez. Sus hermanos, el maestro José María, y Francisco, también médico y además agrónomo relevante, también hicieron historia en la ciencia cubana. A ellos hay que agregar a su sobrino de igual nombre: Juan Bruno Zayas Alfonso, uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador en la guerra del 95, quien cayó heroicamente en combate contra el colonialismo español.

El padre de los pobres

Juan Bruno Zayas Jiménez realizó estudios en el Colegio San Cristóbal de Carraguao, donde fue discípulo de José de la Luz y Caballero. Se graduó como bachiller en ciencias en la Universidad de la Habana en 1844, de bachiller en medicina y cirugía en 1851 y de licenciado en medicina y cirugía el 9 de marzo de 1853. Se le conoció por sus acciones filantrópicas a favor de la educación.

Fue miembro fundador de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana el 19 de mayo de 1861 y nombrado miembro honorario el 14 de junio de 1868. En esta institución patrocinó el “Premio Zayas” y colaboró en sus Anales. Los trabajos que publicó en esta revista científica fueron “Anomalía dental” (1865), “Discurso con motivo del fallecimiento del Dr. Ramón Zambrana” (1866), “Neurosis uterina; observaciones” (1867) y “Discurso acerca de la fiebre amarilla” (1886).

Como fiel amante de la enseñanza, Juan Bruno Zayas Jiménez estableció el Gabinete de Física y Química del célebre Colegio Zapata. Creó un premio escolar que debía entregar todos los años la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Ocupó el cargo de vocal de la junta facultativa de la sección de Ciencias del Nuevo Liceo de la Habana y fue socio de mérito de la Sociedad del Pilar. Incursionó en la política e integró la Junta Central del Partido Liberal Autonomista. Además, fue diputación provincial de la Habana por esta misma agrupación. Fundó, en el Cerro, el colegio Los Ángeles, que sostuvo de su peculio.

La labor de Juan Bruno Zayas Jiménez como médico en La Habana se caracterizó por la abnegación y el desinterés. Fueron famosos los casos que atendió con singular acierto y, sobre todo, la benevolencia con que siempre atendió a los más necesitados. Por ese desempeño profesional se ganó el sobrenombre de “padre de los pobres”. En elogio a Zayas, la poetisa Rosa Kruger escribió en 1877 el poema “El buen doctor”:

   “Con frente donde graba su pureza

el alma, y su esplendor el pensamiento,

la risa blanda, y plácido el acento,

tal es el buen doctor.

 

   No hay quien al verle, cuando marcha al paso

el tostado alazán de su carroza,

que no exclame, doncel, anciano o moza:

¡Bendito es del Señor!

 

   Las frentes se doblegan con respeto

saludando al cruzar, el varón justo

que se refleja en su semblante augusto

serena majestad.

 

   Cuando penetra en el recinto humilde

de una pobre y pacífica vivienda,

donde amenaza levantar su tienda

la tétrica orfandad,

de la esposa rodeado y de los hijos

la mano afable estrecha al artesano

que juzga que un arcángel soberano

le manda Dios en él.

 

   ¿Quién osará pintar el regocijo

que reina en d hogar el bello día,

cuando lánguido el padre todavía

deja el lecho cruel?

 

   ¿Quién podrá describir el dulce lloro

que baña los extáticos semblantes

viendo al padre con pasos vacilantes

dirigirse al umbral?

donde aparece la querida imagen

del venerado salvador, que esconde

fugitiva una lágrima, y responde

inclinando la faz.

 

   Amante de la ciencia, se doblega

sobre los libros su cabeza cana;

como en los años de su edad temprana

medita con ardor.

 

Y estudia la natura: ama el gorjeo,

dulce idioma de cándida avecilla,

y su dulce mirada alegre brilla

contemplando una flor.

 

   ¡Cuántas veces, así, con blando paso,

Del límpido Almendar por la ribera,

en tarde de risueña primavera

he visto al buen doctor!”.

Una ciudad de luto

La muerte de Juan Bruno Zayas Jiménez, el 5 de julio de 1885, a los 59 años, fue un acontecimiento que provocó un sentido pesar en la sociedad habanera de la época. Dos días después, el Diario de la Marina informó a sus lectores:

“Desgraciadamente, la enfermedad que venía experimentando el respetable y acreditado Dr. Juan Bruno Zayas ha tenido un triste desenlace, falleciendo en la noche del sábado, en Guanabacoa, en la casa morada del Sr. D. Pedro Fernández de Castro, cuya familia se consagró con el mayor interés a la asistencia médica del enfermo. El cadáver fue embalsamado por los doctores Sres. La Guardia, Jacobsen y Machado (D. Pantaleón) y trasladado luego a su casa, Reina 24, donde se encuentra expuesto en capilla ardiente hasta mañana martes, a las cuatro de la tarde, en que se efectuará el entierro”.

Dos días después, el mismo periódico, informó acerca del sepelio del distinguido galeno:

“Efectuóse en la tarde de ayer, martes, el [entierro] del cadáver del Dr. D. Juan Bruno Zayas. Los generosos y caritativos sentimientos que animaban al difunto le habían granjeado grandes simpatías y general aprecio, que ha podido evidenciarse en el sentimiento que produjo su pérdida en todas las clases de la sociedad y en las demostraciones de duelo al cadáver, desde que fue expuesto en capilla ardiente en su casa morada, Calzada de la Reina, hasta que quedaron depositados los restos en el Cementerio de Colón. Una numerosa concurrencia acompañó al cadáver hasta el Cementerio, llevando multitud de coronas. Descanse en paz”.

Una vista de la capilla ardiente en el velorio de Juan Bruno Zayas Jiménez, según la revista La Ilustración Cubana. Archivo del autor.

El diario El País, vocero de los autonomistas, insertó en sus páginas un artículo necrológico donde se exaltó la obra de Juan Bruno Zayas Jiménez. Vale destacar lo planteado en estos párrafos:

“La desgracia que temíamos se ha consumado. El hombre de mérito relevante por sus virtudes públicas y privadas, tanto como por sus envidiables talentos y vasta instrucción, en quien todas las miras estaban fijas, ha sucumbido a una terrible enfermedad, rápida en su terminación y traidora en su desenvolvimiento. El vacío que deja Zayas en la sociedad habanera, es inmenso”.

“«Los años habían pasado tristemente sobre él. En edad poco avanzada, parecía rendido bajo el peso de una verdadera ancianidad. El trabajo asiduo, perseverante, heroico, había quebrantado aquella naturaleza vigorosa; las meditaciones blanquearon prematuramente sus cabellos; los cuidados inseparables de toda alma buena y honrada, habían doblegado su cuerpo. Pero como siempre sucede en casos tales, un resplandor de belleza íntima y de eterna juventud moral, trasfiguraba aquella fisonomía. Y cuando Zayas pasaba, una voz unánime, en que se unía el elogio del rico a la bendición del pobre, el saludo del anciano a la gozosa exclamación del niño, resonaba más que como un tributo vulgar a sus virtudes, como la declaración incontestada de su superioridad”.

“Como médico y como hombre no obedeció jamás a otras inspiraciones. En posesión de una inmensa popularidad como profesor, a su consulta acudía constantemente un número extraordinario de enfermos.—Zayas tenía para todos, no sólo las fórmulas del facultativo, sino la caridad inextinguible del filántropo. Los pobres sabían que a cualquier hora eran recibidos con amor y curados con tanta escrupulosidad como si pudieran recompensar ampliamente sus desvelos. Y muchas veces sucedía que infelices víctimas de las fatalidades sociales, en quienes la penetrante mirada de aquel hombre experimentado descubría los estragos de la miseria y del dolor moral preparando o ensanchando el camino a las enfermedades, recibían calladamente, por medio de inocentes y candorosos subterfugios y sin que lo advirtiesen, recursos eficaces que aseguraban la curación, que alegraban los tristes hogares, levantaban las almas con esa emoción consoladora que inspira siempre el beneficio dispensado discreta y noblemente, por corazones sencillos que saben hacer el bien sin amargarlo con una mezquina ostentación”.

Portada del número que la revista La Ilustración Cubana dedicó a la muerte de Juan Bruno Zayas Jiménez. Archivo del autor.

Entre los homenajes que recibió Juan Bruno Zayas Jiménez estuvo el que celebró en su honor la Sociedad del Pilar el 13 de julio. La oración fúnebre la pronunció Aniceto Valdivia, director de la Sección de Literatura. Después se recitaron poesías y se ejecutaron piezas clásicas de violín y piano. El 1 de agosto la Sociedad La Caridad del Cerro le dedicó una velada de honor a Juan Bruno Zayas Jiménez. En ella, junto a la parte musical, donde interpretó dos piezas el gran pianista Hubert de Blanck, se destacó el elogio leído por Rafael Montoro. El escritor Aniceto Valdivia dio lectura al poema “El buen doctor”, la poesía escrita en honor de Zayas por Rosa Kruger.

Desde Barcelona, la revista La Ilustración Cubana le dedicó a Juan Bruno Zayas el número correspondiente al mes de octubre de 1885. Fue su retrato el que encabezó la portada de ese ejemplar. Además, se insertó un grabado de la capilla ardiente donde se expuso su cadáver en La Habana y otro con la reproducción de la “escena de dolor” que protagonizó una mujer del pueblo. También se publicaron los artículos “D. Juan Bruno Zayas. Apuntes biográficos”, “Homenajes tributados al doctor Zayas” y “El entierro del doctor Zayas”.

Dos poesías, “El buen doctor”, y “A la sentida muerte del ilustre patricio Juan Bruno Zayas. Elegía”, de Ramón Vélez Herrera, fueron incluidas en este homenaje de la prensa. Este último poema dice:

   “¡Otro más! ¡Otro más! ¡Dios de clemencia!

Ayer cayó en la eternidad Cortina

y Zayas hoy… ¡El genio de la ciencia,

ante la muerte su cabeza inclina!

 

   Ayer como la palma se elevaba

con rostro firme y majestad austera,

y en su pálida frente reflejaba

de alma romana la virtud severa.

 

   Héroe fue del deber, buscó la gloria

marchando por la senda del progreso,

y al ceñirse el laurel de la victoria

bajó al sepulcro con su nombre ileso.

 

   Vástago de una raza esclarecida

que ilustraron guerreros y poetas,

plantó su tienda, y afrontó la vida

con el nombre inmortal de dos atletas.

 

   Su ídolo fue la humanidad: su historia,

el bien del pueblo; ¿no escucháis el grito

que llega, y glorifica su memoria,

al seno del Eterno, al infinito?

 

   Esa apoteosis popular no engaña,

hija del corazón, la fe la enciende,

y hasta el cadáver con su aliento baña

de un balsámico aroma que trasciende.

 

   Y ¡se apaga esa lumbre refulgente

que tan vívidos rayos esparcía!

Y ¡se seca. Señor, la rica fuente

que tantas esperanzas prometía!

 

   ¿Por qué tanto rigor? ¿Por qué tu mano

de nuestro altar los ídolos derrumba?….

¡Y guardas inflexible el hondo arcano

que encierra los misterios de la tumba!…..

 

   ¡Nacer para morir! Es ley forzosa,

quizá en la cuna un ángel invisible

casi nos muestra la pesada losa

de tu poder, ¡Eternidad terrible!

 

¡No mueres, Zayas, no! perenne vives,

son imperecederas tus acciones,

y al través de los tiempos sobrevives

en la historia, en leyendas y oraciones.

 

   Y, tú, perla del mar, Cuba querida,

reclinada en tu tálamo de duelo,

bañada en llanto, y de ciprés ceñida

alza contrita tu plegaria al cielo.

 

   No ostentes, no, la virginal corona

que tus mágicas formas embellece,

y el himno eterno de dolor entona

ante el genio inmortal que desparece”.

El homenaje del pueblo

Al describir el entierro de Juan Bruno Zayas Jiménez, La Ilustración Cubana destacó el homenaje popular que recibió:

“La Calzada de la Reina, materialmente cubierta de un gentío inmenso, sólo daba lugar al féretro que al salir de la casa mortuoria ya iba lleno de ramos de flores y coronas; y después de aquella parte del acompañamiento que hemos citado, seguía en número considerable gran parte del pueblo de la Habana, recibiendo el sarcófago, al pasar por la Calzada de la Reina esquina a Lealtad, una lluvia de flores y de hojas impresas con sentidos versos, que fueron arrojadas de los balcones y azoteas más inmediatas”.

Al describir la lámina “Una escena de dolor, ante el cadáver del doctor D. Juan Bruno Zayas”, el redactor de La Ilustración Cubana, quizás sin saberlo, escribió el mejor homenaje que podía recibir el ilustre médico fallecido:

“La afligida mujer que se ve arrodillada ante el féretro, por largos años ella, su marido y sus hijos no tuvieron otro médico que el padre de los pobres, el Dr. Zayas, quien en muchas ocasiones les salvó de las más graves enfermedades, les asistió generosamente y socorrió de su peculio. Esa madre de familia ha acudido solícita a rendir tributo de dolor al que fue su bienhechor y postrada ante el féretro eleva al cielo sus más fervientes oraciones, sólo interrumpidas por ahogados sollozos. Muchos cuadros como este, que ha sido copiado del natural, lo ha presenciado la Habana entera en la casa mortuoria del Dr. D. Juan Bruno Zayas”.

Escena de dolor protagonizada por una mujer en el velorio de Juan Bruno Zayas Jiménez, según la revista La Ilustración Cubana. Archivo del autor.

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