Dicen que las cosas llegan a su debido tiempo. Y para Osvaldo Sánchez García, conocido por todos como “El Tío”, esta máxima se hizo realidad. Desde pequeño soñaba con ser bombero, pero nunca imaginó que aquella ilusión infantil llegaría a convertirse en la vocación que marcaría toda su vida.
Hoy, el primer suboficial del Comando 8 de Unión de Reyes, jefe de Preparación del municipio y jefe de carro refleja con orgullo y humildad la esencia de una labor ejercida durante 20 años.
Para este hombre ser bombero es un trabajo atípico, “desde afuera lo ves diferente, pero cuando estás dentro, observas la realidad que nunca has vivido, ese clima de camaradería, de cohesión, de personas enfrentando el peligro juntos, es algo muy bonito”.
UN CAMINO INESPERADO HACIA EL FUEGO
Osvaldo comenzó trabajando como chofer en la Agropecuaria del Ministerio del Interior. Una reestructuración lo dejó sin puesto, y la alternativa que surgió lo condujo al mundo de los bomberos. “Desde niño siempre me llamó la atención esta profesión, ese espíritu aventurero de desafiar el peligro me motivaba. No rechacé la oferta y acepté sin pensarlo”, recuerda.
En el mismo oficio comenzó en el Comando de Bomberos, pero, tras varios cursos de superación y su graduación en la Academia de Bomberos en La Lisa, pasó a ocupar la responsabilidad de jefe de carro al frente de una delegación.
“En el Cuerpo de Bomberos existen muchas misiones, pero siempre he trabajado en el Comando 8 de Unión de Reyes. Me gusta conocer mi área, mi desempeño, los objetivos. Aunque hay comandos que me llaman la atención, como el Comando Industrial Aeropuerto, aquí encuentro mi lugar”, afirma.
“Estamos preparados para un determinado momento. Aquí en Unión de Reyes existe más acción: somos bomberos de estructuras forestales, de incendios. Esta área tiene su acción constante.

“Como referente tuve un profesor de táctica en La Habana. Nos decía que todos los servicios tienen sus desafíos; incluso, a veces, piensas que será el más sencillo, pero resulta el más complicado. Participamos en el incendio más grande de América Latina de todos los tiempos, en la Base de Supertanqueros de Matanzas. El siniestro nos marcó para siempre, en el plano profesional y espiritual. No quiero profundizar, porque las emociones llegan; y es que perdimos compañeros muy valiosos, con los que estuvimos juntos muchos años.
“Las personas piensan que solo sofocamos incendios, pero nuestra labor abarca mucho más: accidentes, inundaciones y rescates. Cada decisión la tenemos que tomar en segundos, con preparación física y mental, porque existen vidas en juego”, explica.
Cuando el valioso colectivo llega a los lugares, enfrenta situaciones que en la mayoría de los casos se complejizan. “En primer lugar, debemos preservar la vida humana, la animal, además de los bienes materiales. En muchas ocasiones, les digo a los muchachos que no siempre se salva una vida de la misma manera. Y pongo un ejemplo, el médico, profesional tan importante, se prepara para salvar una vida en un momento determinado; mientras que el bombero tiene que hacerlo muchas veces al punto de arriesgar la propia; es algo diferente”.
DE LAS ANÉCDOTAS ESTREMECEDORAS
“Cuando el evento en Supertanqueros, todos recuerdan que la lava comenzó a avanzar hacia los principales objetivos económicos del sitio. Nos desplazamos hacia la ciudad y nos pusimos en la zona de la Playa. Allí nos convencimos de que el pueblo matancero dependía de nosotros y nos estaban esperando para acabar con esos días de tanta tensión. A nuestro regreso al lugar —la emoción lo invade, la voz temblorosa se entrecorta—, déjame ver si puedo terminar la frase, el mismo pueblo nos pedía que no regresáramos, pero fuimos, inclusive, voluntarios se presentaron para apoyar en este siniestro.
“Ser bombero es para siempre. Aunque no estés en el lugar y no seas bombero en ese momento, estás pensando en tus compañeros. Tu sangre de bombero no te deja decir que no”.
“La preparación física y mental resulta imprescindible para quienes desempeñan esta profesión. Sentimos miedo, siempre, pero miedo a fallar, a no cumplir con la misión. Es un instinto que trato de inculcar a los más jóvenes; no quiero que sean temerarios, pero los forma. Además, un combate con fuego requiere de mucha energía y preparación”.
Durante los días del siniestro en la zona industrial de Matanzas, trabajaron jornadas desde las seis de la mañana hasta las tres de la madrugada. Un mexicano observaba a su subgrupo —los mexicanos trabajaban cada tres horas y se intercambian por subgrupo—, mientras el bombero cubano realizaba esta actividad todo el día. “Con ese mexicano coincidimos tres veces, y en la última ocasión nos preguntó: ‘¿Y ustedes no descansan?’. La respuesta fue clara: ‘Hasta que esto no se extinga y podamos rescatar los cuerpos de nuestros compañeros, aquí no se termina’”.
Las lágrimas corren por sus mejillas y afirma una vez más conmocionado: “Tuvimos miedo a fallar al mirar a la ciudad y percibir el riesgo, pero nunca a perder nuestra vida, eso nunca nos importó. No solo a mí, sino a todos los que estuvieron, incluso, los que se presentaron como voluntarios para prestar su ayuda y solidaridad.
“Ser bombero es una forma de vida, una convicción, entras sin saber la importancia que representa ese trabajo, pero te atrapa. Muchos de los que transitan se sorprenden, algunos llegan a convertirse en profesionales; mientras otros lo aplican como conocimiento en el diario, aunque no lo ejercen.
“Conozco a jóvenes de diferentes poblados que pasaron su Servicio Militar Activo en este Comando de Bomberos, y que, en cuanto aparece un servicio, llegan hasta donde nos encontramos, dejan a un lado lo que están haciendo y ayudan, tienen el conocimiento y no son capaces de abandonarnos: son bomberos de corazón”.
Osvaldo, con brillo en los ojos, confiesa que esta satisfacción es única, la de salvar vidas, los recursos materiales de la población, esos bienes adquiridos con tanto esfuerzo.
Otras de sus experiencias valiosas es el trabajo con el círculo de interés. “Tenemos que convertirnos en infantes, crear una comunicación acorde a sus edades. Las niñas y niños que pertenecen a este círculo de interés son de quinto y sexto grado de la enseñanza primaria. Es muy lindo trabajar con ellos, absorben los conocimientos con tremenda facilidad. Además, siempre obtenemos los primeros lugares a nivel municipal. Muchos de esos pequeños pasan a ser asociados y se quedan atrapados.
“Sin las familias no somos nada. Son la base de nuestra vida diaria, sufren nuestros problemas, se mantienen pendientes de nuestras misiones.
El Tío, amante de la adrenalina de los incendios, de salvar a una persona, tiene dos hijos, por cierto, jimaguas, una hembra y un varón, este último con grandes vínculos con dicha profesión.
“Trabajamos de conjunto, todo tiene su importancia, desde el que llega y explora, hasta el que rescata a la víctima. Para lograr esto debemos adoptar una metodología con muchos pasos, cada uno con una función diferenciada; es imposible poner el nombre de un héroe, porque lo somos todos.
“Quisiera ser recordado con el cariño de mis reclutas, con el sobrenombre de El Tío, el confidente, el que comparte un consejo, el que los lleva al peligro con seguridad. Son tantas cosas… muchos sacrificios, momentos difíciles, alegres, vivencias únicas. Las personas deben estar donde mejor se sientan y me voy a jubilar aquí, porque en esta profesión he aprendido a ser mejor ser humano”.
La vida de Osvaldo Sánchez García no solo refleja la valentía de un bombero, sino también la profunda dimensión humana que acompaña esta profesión. Más allá del fuego, los rescates y las emergencias, su historia constituye un ejemplo de vocación, disciplina, sacrificio y solidaridad.
Este 6 de junio, cuando el Ministerio del Interior celebra su aniversario 65, Osvaldo Sánchez García recibió el reconocimiento por sus 20 años de servicio ininterrumpido. Más que una condecoración, este homenaje distingue una trayectoria marcada por la entrega, la responsabilidad y el compromiso con la protección de la vida.
Quienes lo conocen saben que su mayor mérito no radica solo en los riesgos enfrentados, también en su capacidad para fomentar la unidad del colectivo, promover la preparación constante y transmitir valores como la disciplina, la solidaridad y el respeto por los demás.
En cada misión, El Tío demuestra que el verdadero heroísmo nace del trabajo en equipo y de la vocación de servir. Además, nos recuerda que ser bombero no significa únicamente ejercer un oficio: representa una manera de vivir y dejar huellas imborrables en quienes reciben ayuda en los momentos más difíciles.
