Llevaban dieciséis años sin Mundial. Llegó el profesor Alfaro y clasificaron. En el camino le ganaron a Argentina, Brasil y Uruguay. En el debut del Mundial, Estados Unidos les pasó por encima. Aguantaron. En el segundo partido, Almirón se hizo expulsar y aún así ganaron 1-0. Aguantaron. En el tercer partido, honrando sus raíces, empataron sin goles y clasificaron como mejor tercero. Aguantaron.

Y se vino Alemania. El cuatro veces campeón, el ocho veces finalista, el «cuco» de cualquier selección. ¿Y qué hicieron los paraguayos? Aguantaron.

Con overol puesto, dientes apretados y talentos individuales, lograron un gol. Lo defendieron, pero Alemania sacó jerarquía y lo empató. Quedaron en desventaja, pero el VAR les devolvió el alma al cuerpo. Llegaron los penales. El arquero Gill tapó dos y dos veces fallaron la definición. Aparecieron los fantasmas, y el rumor de miles que dijeron que era imposible eliminar al cuadro teutón.

Pero un balón se fue a las nubes y otra vez Paraguay quedó a tiro de cañón de clasificar. Remate, gol y se hizo historia. Paraguay clasificó a octavos de final, Alemania perdió por primera vez una definición de penales en un Mundial y el aguante guaraní conquistó el mundo. Aguantaron y ganaron. Un clásico cuento paraguayo…

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