Por toda Cuba se ha extendido ese invento chino con siglos de antigüedad y que, aún así, se siente tan nuestro que decidimos crear una variante propia, pues en la Mayor de las Antillas nació el doble nueve.

Cárdenas no está exenta al ritual de tabla, fichas y sillas. Con certeza, al recorrer sus calles, casi en cada barrio habrá un grupo reunido en torno a una mesa. Unos miran atentos, celebran jugadas, critican otras o esperan su turno para jugar.

Expresiones van y vienen. «¡Me pegué! Que venga el próximo…». «Ya mi perro cogió una mosca». «Como brinca de aquí pa’ allá». «¡Nadie nos levanta de aquí!». «Toca más fuerte que no te escuché». «¿Diste el siete?». «La repetición es la madre de la enseñanza». Un lenguaje confuso, con doble sentido, inherente a un auténtico jugador.

No faltan el bota-gordas, uno que siempre cuenta las fichas, el agachado que las guarda, otro que se queja por su data, aquel que no para de hacer señas, el que canta las fichas por sus seudónimos. Son personajes típicos, alter egos que adoptamos al sostener una pieza de dominó con las manos.

Durante el Verano son más comunes estas escenas en los barrios. El calor saca a los vecinos de sus casas y, en poco tiempo, alguno propondrá la idea. Bajo la luz del sol al mediodía o de una lámpara recargable a media noche permanecen los jugadores, mayormente vociferando; en ocasiones, con un silencio casi religioso. A veces, se escucha cómo de madrugada todavía ruedan las fichas de dominó.

Es la excusa perfecta de algunos para salir a disfrutar de la brisa refrescante y un trago de ron, mientras en el cuarto el ventilador no enciende. Observan las constelaciones del cielo y las que se forman en la tabla a medida que el juego avanza. Aunque no participen de una partida, permanecen hasta que el sueño los vence.

Este pasatiempo suele ser una salida ante las preocupaciones de la vida cotidiana. Así las horas transcurren, se olvida si al circuito correspondía tal o más cual horario. También acompaña las fiestas; incluso el mismo juego puede ser motivo de una.

El momento en que la tensión y la rivalidad se apoderan de la mesa. Se comienza a colocar las fichas con impulso e impactan en la tabla marcando una cadencia. Hasta que alguien se pegue o se tranque el juego, bailan las manos y la música brota al compás de claves rectangulares con círculos grabados.

Jugar dominó en familia brinda una oportunidad para el intercambio entre generaciones. La abuela enseña a su nieta con cariño, los hermanos discuten por jugar con el tío que más sabe, la mamá y la tía llevan la noche invictas. Todo cubano atesora al menos una anécdota acerca del dominó en familia, con vecinos o amistades.

Recuerdos de miembros que ya no están y que destacaban por sus habilidades en el juego salen a la luz. Se cuentan historias de tiempos mejores en los que se reunían también a jugar dominó, de cuánto se extrañan sus discusiones al final de una ronda, de los forros que escapaban a causa de la miopía.

Vienen a la memoria familiares que ahora desde una frontera distante continúan con la tradición y, si de casualidad hay cobertura, intercambian fotografías, audios o videollamadas en el momento.

Los más pequeños del hogar despegan su mirada de los celulares y centran su atención en la enigmática combinación de números sobre la mesa, toman las fichas dormidas y las utilizan a modo de bloques para improvisadas construcciones.

Son muchos los beneficios para la salud mental y el desarrollo cognitivo proporcionados por el dominó. Estimula la percepción visual, el control muscular, la coordinación y el pensamiento creativo.
Científicamente se han demostrado sus capacidades para reducir el estrés y la ansiedad, así como para desarrollar habilidades sociales y de cálculo matemático, aumentar la memoria y la concentración.

Quizás lo más importante sea la espiritualidad que lo rodea. Porque transcurren los años, cambia la ciudad, las personas, el contexto social o económico; las fichas se deterioran con el uso. Sin embargo, permanece la tradición de recurrir a los vecinos, a los amigos o a la familia para dedicar unas horas de la faena diaria al dominó, devenido en pasatiempo nacional.

La vida misma guarda similitudes con este juego: el azar pone en tus manos una data, pero tú decides cómo utilizarla; planificas cada paso; buscas el beneficio de tu pareja sin abandonar tus intereses; aprendes de prudencia, confianza, a prestar atención en los detalles; del mismo modo en que puedes ganar, también puedes perder.

José Gabriel Rios Hernández (Estudiante de Periodismo)/Radio Ciudad Bandera