En 1859 se exhibió en Matanzas un museo ornitológico propiedad de Justo Ayala.
Los gabinetes, exposiciones y museos forman parte indisoluble de la tradición científica y cultural matancera. Así lo demostró el investigador Urbano Martínez Carmenate, Premio Nacional de Historia 2022, en el libro El coleccionismo en Matanzas. Del gabinete privado al museo público (2010). En este valioso texto se mencionan innumerables hechos y acontecimientos que avalan la afirmación inicial.
Uno de ellos fue la llegada a la futura Atenas de Cuba, en 1859, del museo ornitológico de Justo Ayala. Aunque mas bien se trataba de un gabinete de exhibición, no es menos cierto que se hizo célebre por las piezas que atesoraba. En particular por las especies de aves exóticas que contenía.
La llegada
No existen muchos datos disponibles acerca de Justo Ayala. Se conoce que antes de arribar a Matanzas expuso su colección de aves y otras curiosidades en la ciudad de Colón, en un local de la Calle Real. Llegó a Matanzas en julio de 1859 y se consideró por la prensa de la época, que era una colección
“…digna de figurar en las principales ciudades de Europa. En ella se ven las aves más preciosas de la América del Sur, así como también algunas de la China”.
Según el libro mencionado la colección estaba integrada por 150 ejemplares de aves embalsamadas. Todos los continentes estaban representados en las especies que se exhibían. De acuerdo el relato de un corresponsal
“…ostentas las galas de sus bellísimos plumajes con que la naturaleza les favoreció, (…) igualmente la naturalidad de sus actitudes [y] por la portentosa inteligencia de su preparación […] parecen verdaderamente vivas”.
Aunque no se dice, es posible que el propio Ayala haya efectuado el trabajo de taxidermia. Lo que si se conoce es que invirtió gran cantidad de dinero en formar la colección y que la exhibió en otras ciudades cubanas, como Santa Clara y La Habana.

En Matanzas
El 7 de agosto de 1859, la revista El Eco de Matanzas tomó el gabinete de Ayala como pretexto abordar temas de la actualidad yumurina. El escrito se tituló “El Museo” y tuvo un tono jocoso. Apareció firmado con el pseudónimo de “Arlequín” y en su primer párrafo planteó:
“Vamos, amigo público; apostemos a que has ido al museo ornitológico del Sr. Ayala, establecido en la calle de Gelabert, esquina a la plaza de armas. ¿Y por qué no? ¿hay cosa más divertida acaso que ver tanto linaje de bicho, tanta familia de pájaro, tantas curiosidades de la naturaleza y del hombre? No lo dije, por tanto, público amabilísimo; sino que también tengo yo un Museo y puesto que visitantes el uno quiero que veas también el otro—Corriente—Pues, adelante. Pero, oye un momento; no hay en este mi Museo, ni animal plumífero, ni peludo, ni antediluviano, ni deformación jurásica, ni familia de saurios, ni paquidermos, ni …. sino animales y cosas de hoy, del día, de ahora mismo, de aquí, de entre nosotros, de Matanzas, en fin.—¡Uhh!—¿No quieres entrar?—Entro, pues.—Pues entra”.
A partir de aquí se abordó la construcción del teatro, la pronta inauguración del Liceo, los precios de los víveres, el proyecto de nuevo cementerio. En ese mismo número, ya en tono de seriedad, una gacetilla llamó a visitar el museo de Ayala:
“El museo ornitológico establecido en la calle de Gelabert, va obteniendo de nuestras bellas el favor de sus visitas. Muchas personas dicen que no van a verle; porque es inferior a los establecidos en varias capitales europeas. ¡Brava razón! Puede que si fuera gratis la entrada se dignaran visitar al Sr. Ayala y a sus lindos pájaros. Cosas tenedes, el Cid….”.
A la semana siguiente, en el número del 14 de agosto de 1859, El Eco de Matanzas hizo una valoración del contenido del establecimiento. “El museo del Sr. Ayala” se tituló el nuevo escrito, que esta vez no traía firma. En él se expresó:
“Bien por mera curiosidad, bien con objeto de estudiar la naturaleza o bien por diversión, asiste todo el mundo a los museos en los pueblos civilizados. Ni el sabio adusto, ni la joven dama que bebe a largos sorbos en la copa del placer, ni el estudiante casi niño, ni el hombre de sociedad, [puede] desdeñar, [y no] conceder un momento de atención a esas colecciones de seres que, nacidos en lejanos países, en diversas zonas, en los lados más distantes del mundo, reúne a fuerza de trabajo y perseverancia en los estrechos límites de un salón, la poderosa mano del hombre. Todos gozamos en conocer de vista siquiera esa multitud de seres que comparten con nosotros la vida largamente derramada en el universo por el soplo de Dios. El hueso de un animal que paseó por el mundo su corpulencia inmensos siglos antes del hombre; el pez monstruoso habitador de abismos tan profundos que nunca conocerá la sonda, el pájaro elegante que vuela sobre las nieves del polo, la piedra en que grabó su cifra antes de hundirse para siempre en la eternidad una generación desconocida, objetos son que nos place ver y que hablan a la imaginación en un idioma misterioso y lleno de encantos. Ve el sabio en ellos la historia del mundo y la infinita ciencia de su creador; el artista la forma plástica y la expresión que traslada luego a sus cuadros; ve la dama la variedad, la riqueza de colores, la diversidad de formas, la elegancia con que sueña; el hombre vulgar ve objetos que le encantan y el alma del poeta se inspira allí viendo palpable el mundo riquísimo de que le habló su ardiente imaginación”.
Tras esta introducción, el cronista describió el contenido del museo de Ayala:
“Aunque no tan rico como los celebrados museos de Europa, uno tenemos hoy en Matanzas que diariamente visitan muchas personas, dando muestras de que no somos ya tan siboneyes como algunos se figuran. Allí hemos visto en un árbol elegantísimo que tal parece fruto de la rica imaginación de un poeta oriental, multitud de aves raras y escogidas. Sus vivos colores y elegantes formas, el arte de su colocación, la diversidad de familias trae a la mente la escena del paraíso cuando nuestros primeros padres dieron nombre a las aves del cielo. El orgulloso Tricolor, los gallos de la India, del Orinoco y del Rionegro, la garza punzó, el ave de Australia, la del Paraíso, los innumerables colibrís, los pericos, los trepadores y otros muchos, ostentan allí sus colores brillantes como vestidos de púrpura, esmeralda, rubí, zafiro y cuantas otras piedras preciosas conocemos. Hay allí tanta riqueza de colores como en los cuentos levantinos. Jamás la imaginación de un hombre fingió cuadro más variado y brillante”.
Por último, el texto reiteró el valor de la exposición, más allá de la cantidad de piezas exhibidas:
“Bien sabemos que tienen otras ciudades museos infinitamente más ricos y completos; pero dudamos que se nos presente ocasión en muchos años de admirar una colección de aves mejor escogidas y más bellas”.

Dos semanas después, el 28 de agosto de 1859, otra gacetilla de El Eco de Matanzas resaltó el valor de este museo. Tras plantear que la ciudad carecía “…de toda clase de espectáculos públicos…”, resaltó que la única excepción era el “Panteón del Paraíso”, nombre que, en su criterio, merecía el “…museo de aves y curiosidades del Sr. Ayala…”. Gracias a este escrito es posible saber que para acceder al gabinete se debía pagar “…una peseta de plata acuñada y común…”.
Se admiraban entonces, entre numerosos ejemplares de aves
“…las preciosas y rarísimas del Ave de Dios o del Paraiso, la de Australia, el caprichoso cuanto elegante Cricolor moñudo de la China, los gallitos de la India, Orinoco y Río negro, el Dios te dé y la garza punzó: a los que acompañan entre las curiosidades hechas por los indios dignas de ser vistas, no pocas cosas propias para los muchachos, entre ellas la representación de las minas de oro en Californias explotándolas los yankees armados y perseguidos por los indios, que es una cosa bastante vulgar y poco digna de figurar al lado de la magnífica urna que encierra cien aves a cual más preciosas”.
Visitante ilustre
Tras esta crítica, el redactor comentó sobre la visita del naturalista alemán Juan Cristóbal Gundlach a la redacción del periódico Aurora del Yumurí, quien
“…hace más de veinte años se consagra a recoger todas las clases de aves, insectos y caracoles que tiene la isla de Cuba para remitir a los Museos de Europa, y que tiene en Cárdenas la más completa colección de ellos que hasta ahora se había visto. (…) es uno de esos hombres que se consagran a las ciencias, y que todos los demás goces del mundo son para ellos insignificantes: él no tiene más placer que perseguir días y días un ave rara, privándose de comidas bien sazonadas, buen lecho, &c., hasta conseguirla y verse después con ella en su gabinete, disecándola y preparándola hasta dejarla como si estuviera viva, y en su más acostumbrada actitud…”.
Lo más relevante fue que Gundlach visitó el museo de Ayala junto a los redactores del diario yumurino. Se resaltó que clasificó la mayoría de las aves que allí figuraban disecadas, con su nombre científico. Después se añadió que
“…demostró en sus conversaciones lo justa que era la fama de hospitalaria que tenía Cuba, pues por donde quiera que viajaba, solo encontraba amigos que no le permitían gastar, de modo que sus viajes por toda la Isla le han costado tan insignificante cantidad que parece increíble. El Sr. Gundlach pasa ahora a la Habana para hacer clasificaciones y trabajos en lo que ha recorrido en su última excursión, trabajos que hará en el gabinete del Sr. Poey (D. Felipe) que con tan brillantes resultados se consagra también a las ciencias y en el que tiene el Sr. Gundlach un buen compañero”.
Una última mención al museo de Ayala apareció en El Eco de Matanzas el 11 de septiembre de 1859. Fue en una gacetilla y tuvo, al igual que otras veces, un toque de humor:
“El museo ornitológico del Sr. Ayala establecido al lado del Salón de Huertas alcanza después de las retretas gran número de visitantes cuyo mayor número pertenece al bello sexo, circunstancia que redunda en contra de la fama de los plumíferos; pues el sexo fuerte olvida contemplarlos encantados con la hermosura y gracia de las bellas visitantes”.
