En los años 1918 y 1919 el bibliógrafo matancero Carlos M. Trelles publicó los dos tomos de la Biblioteca científica cubana.

Carlos M. Trelles Govín (1866-1951) fue un destacado bibliógrafo e historiador cubano nacido en Matanzas. Dentro de las obras que dio a conocer, que fueron varias, sobresalió la Biblioteca científica cubana (1918-1919), recopilación bibliográfica que publicó en dos tomos.

Carlos Manuel Trelles Govín, historiador y bibliógrafo

El tomo primero

Portada del primer tomo de la Biblioteca científica cubana. Archivo del autor.

El tomo inicial de la Biblioteca científica cubana se editó en Matanzas, por la Imprenta de Juan Francisco Oliver, calle de Vera número 92. Fue una tirada de sólo 200 ejemplares, pues se trató de una obra costosa. Recogió los datos de  4300 libros y folletos escritos por 1580 autores. Las ciencias que incluyó fueron matemáticas, astronomía, ciencias militares, marina y navegación, mecánica, física, química, meteorología y ciencias naturales (mineralogía, geología, geografía física, paleontología, biología, zoología, antropología, lingüística, botánica y agricultura).

De acuerdo con lo planteado por el propio Carlos M. Trelles, aparecieron en este tomo 850 títulos nuevos, que no estaban en los tomos ya publicados de Bibliografía cubana, su obra cumbre. En el volumen hay 114 retratos de personalidades de la ciencia cubana. Entre los apéndices del libro, estuvieron nuevas adiciones y “Notas biográficas de autores citados en la «Bibliografía cubana»”. También “Otras notas”, “Más notas”, “Últimas notas”, así como los “Índices de autores y de obras anónimas”, “Índice de materias”, “Índice de grabados” y “Erratas”.

El prólogo de este primer tomo de la Biblioteca científica cubana lo escribió el sabio naturalista matancero Carlos de la Torre y Huerta, en ese momento figura cumbre de la ciencia nacional. En el primer párrafo de señaló:

“Carlos M. Trelles, el infatigable bibliógrafo que durante más de veinte años, con sus solos recursos y en condiciones poco favorables, ha venido publicando muy valiosos trabajos y particularmente la monumental Bibliografía Cubana desde los siglos XVII y XVIII hasta nuestros días, obra que ha merecido entusiastas elogios de autoridades muy competentes de Cuba y del extranjero, ha realizado ahora una labor más ardua y meritoria, si cabe, con la publicación de esta Biblioteca Científica Cubana, en la que encontrarán los amantes del saber una relación muy completa de lo que se ha escrito por autores cubanos, o extranjeros sobre asuntos relativos a Cuba, en las diversas ramas de las ciencias matemáticas, físico-químicas y naturales, y sus principales aplicaciones”.

Más adelante el relevante malacólogo, elogió el “…hermoso libro, único en su género…”, como un “…trabajo prolijo de clasificación metódica…”. Tras repasar el contenido del volumen por cada una de las materias que incluyó, destacó que

“…su benemérito autor se ha hecho una vez más, acreedor a la gratitud de sus conciudadanos y a una generosa recompensa de la Nación por sus excelentes obras de Bibliografía Cubana, que constituyen un monumento imperecedero en pro de la cultura patria”.

En la introducción de la Biblioteca científica cubana, Carlos M. Trelles informó que este sería el primer volumen de una serie dedicada a la “bibliografía sistemática de Cuba”. Le seguirían la “biblioteca geográfica e histórica de Cuba”, la “biblioteca literaria”, así como las dedicadas a lo jurídico, lo filosófico y lo pedagógico. Conocedor de los obstáculos que debía superar para cumplimentar ese propósito, señaló con pesimismo:

“…parece utópico pensar que en este país pudiera llevar a la práctica programa tan extenso y tan lleno de dificultades de diversa índole”.

Más adelante, Carlos M. Trelles comentó sobre algunas personalidades de la ciencia cubana y destacó obras dadas a conocer, por vez primera, en este tomo de la Biblioteca científica cubana. Agradeció a los que le suministraron fotos e imágenes para el texto, algunas de las cuales son únicas. Por último, expresó gran satisfacción

“…por haber podido aportar mi grano de arena al edificio de la Ciencia Cubana, especialmente en la sección de las naturales y médicas, por las cuales he tenido siempre especial predilección”.

El segundo tomo

Portada del segundo tomo de la Biblioteca científica cubana. Archivo del autor.

Como ya había anunciado, el segundo tomo de la Biblioteca científica cubana se dedicó, sobre todo, a las ciencias médicas y también a la ingeniería. Fue impreso igualmente en Matanzas por Juan F. Oliver en 1919, que esta vez radicaba en la calle Matanzas número 15. Se editaron 250 ejemplares y el número de retratos en el volumen fue de 126. Apareció con una dedicatoria al Mayor General Mario García-Menocal, presidente de la República, pues a su “…generosidad y amor a nuestra cultura se debe la impresión de este tomo”.

El prólogo en esta oportunidad lo redactó el doctor Diego Tamayo, destacado médico y profesor universitario. Los primeros párrafos los dedicó a exponer los datos biográficos del autor de la Biblioteca científica cubana, a quien elogió como un “…hombre singular, que pasea por la ciudad que le vio nacer un patriotismo y una civilidad laboriosa que no ha sido superada todavía”.

Un aspecto que señaló Diego Tamayo fue que este tomo ponía de relieve el esfuerzo de los médicos cubanos, durante largas décadas, para proveer un sustento científico a la medicina en el país. Al respecto destacó:

“El que examine esta obra cuidadosamente se dará cuenta de la actividad científica de los médicos cubanos, que al través de nuestras grandes conmociones sociales, han seguido siempre con entusiasmo los progresos científicos y no siempre dejándose llevar pasivamente por la corriente, sino con frecuencia bogando con vigor para impulsar la nave del progreso y combatiendo en primera línea contra las enfermedades trasmisibles que diezman los pueblos, algunas de ellas extirpadas ya del territorio de nuestra República, cuando reinan todavía en países de alta civilización”.

Acerca del esfuerzo que realizó Carlos M. Trelles para publicar este libro, escribió:

“Con grandes afanes ha realizado sus trabajos; ha pagado de su propio peculio la impresión de sus obras; generosamente las hace circular entre las personas cultas y por las bibliotecas, y en un país donde el Estado es tan dadivoso, en ocasiones injustificadamente, las Corporaciones oficiales y la representación popular han permanecido extrañas a la labor de este hombre singular”.

Este segundo tomo de la Biblioteca científica cubana recogió los datos de 5200 libros, folletos y artículos de revistas, escritos por 1700 autores, la inmensa mayoría médicos. Al final se insertó un “Apéndice”, considerado una ampliación del primer volumen. En total, sumados los dos tomos, la obra recogió 9500 libros, folletos y artículos, escritos por 3200 autores, con 240 retratos. Contó con un apéndice dedicado a la medicina y la ingeniería, con nuevos asientos bibliográficos. También con “Notas biográficas”, “Últimas adiciones”, “Índice de autores y obras anónimas”, “Índice de materias”, “Índice de grabados” y “Erratas”.

Al igual que Diego Tamayo, Carlos M. Trelles resaltó que este libro era una evidencia firme de la calidad de la medicina cubana:

“A poco que se hojee el tomo que ahora sale de las prensas, se sorprenderá el lector de la labor intensa llevada a cabo por los médicos cubanos, que han desplegado una actividad e inteligencia dignas del mayor encomio, llamando la atención sus trabajos no solo por la cantidad sino por la calidad”.

Al finalizar el prólogo, Carlos M. Trelles demostró conocer la trascendencia de una obra de este tipo. Comprendió con claridad el servicio que había prestado a Cuba. Así lo evidenció al escribir lo siguiente:

“Al terminar mi labor y repasar las mil páginas de esta Biblioteca Científica Cubana he experimentado un sentimiento a la vez de satisfacción y de sorpresa. De satisfacción, porque la considerable producción científica de mis compatriotas, presentada ahora por primera vez en su totalidad, hará formar de nosotros un concepto más elevado; muy distinto del que generalmente se tiene, de ser el cubano, ligero, voluble, superficial, y de estar dedicado casi exclusivamente a la vida placentera o a los negocios, sin preocuparse para nada de los graves problemas científicos y filosóficos. Y de sorpresa, porque, aunque conocía algo de lo que se había hecho en mi país en el terreno de la Ciencia, no sospechaba, al emprender esta obra, que la producción fuera tan cuantiosa, y en multitud de trabajos, tan selecta”.

“Es lógico esperar, por tanto, que gozando hoy Cuba de las ventajas que le proporciona la independencia política, avanzará cada vez con paso más firme por el campo de la Ciencia y que el porvenir nos reservará, bajo este aspecto, días de honor y de gloria”.

Elogios

Una vez publicado el primer tomo de la Biblioteca científica cubana los elogios no se hicieron esperar, tanto a la obra en sí como a su autor. La Sociedad de Historia Natural Felipe Poey le dedicó un espacio al primer tomo de la Biblioteca científica cubana en su sesión del 20 de abril de 1918. Ese día se aprobó, a propuesta del doctor Arístides Mestre, solicitar a Carlos M. Trelles una autorización para

“…reproducir en las páginas de las Memorias la parte correspondiente a las Ciencias Naturales y con las modificaciones que se juzgase conveniente introducir”.

Carlos M. Trelles en 1902. Archivo del autor.

Lo mismo sucedió al aparecer el segundo tomo. El 2 de junio de 1919 la Asociación de la Prensa Médica de Cuba nombró a Carlos M. Trelles como Socio de Honor. Ese día se celebró una sesión solemne con ese motivo, en la cual el doctor Jorge Le Roy hizo el elogio del matancero, a lo cual Trelles dio un discurso de contestación y agradecimiento. Además, se le obsequió una pluma de oro. En Matanzas se publicó un folleto que agrupó ambos textos y otros datos sobre Trelles, también por la imprenta de Juan F. Oliver.

A su vez, la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana lo elogió con estas palabras:

“El beneficio que a la literatura científica nacional presta esta obra, es incalculable, aun en países nuevos como el nuestro, donde no es muy corriente citar a los de casa y se prefiere ya por condición vanidosa o para desconocer de intento lo de los nuestros, mencionar a los extraños”.

“La publicación de más de un centenar de retratos aumenta el interés e importancia del tomo, especialmente cuando se contemplan las fisonomías de los ya desaparecidos, de los que en la época azarosa para nuestros intelectuales (la colonial) supieron luchar y vencer, publicando sus ideas, para así ayudar a las nuevas generaciones”.

“Reciba el Sr. Carlos M. Trelles una vez más nuestros aplausos y prosiga su labor, que algún día quizá será bien reconocida y hasta recompensada”.

Para Fernando Ortiz, según escribió en 1922, la Biblioteca científica cubana era una “…nunca bien ponderada obra…”, que debía servir de

“…brújula a quien abrirse un rumbo en la fronda de nuestra literatura criolla, escrita por cubanos o acerca de las cosas de nuestra tierra”.

Por último, hay que señalar que la Biblioteca científica cubana estuvo entre los libros cubanos exhibidos en la Exposición Internacional de Filadelfia en 1926.

A más de cien años de su publicación, el mayor elogio para la Biblioteca científica cubana y su autor, el matancero Carlos M. Trelles, es que aún es consulta obligada para los investigadores. En sus páginas se recogió el esfuerzo creador de los cubanos, de hombres y mujeres de ciencia que también contribuyeron a la forja de la patria.

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