Matanzas posee una tradición científica digna de ser recordada.
El 2 de noviembre de 1864, con la fundación de la Sección de Ciencias Físicas, Naturales y Matemáticas del Liceo de Matanzas, surgió en este territorio la primera institución científica multidisciplinaria de su historia, la cual hizo grandes aportes al desarrollo de un pensamiento científico local. El pensamiento y el accionar científicos de sus miembros, bases del desarrollo científico actual de la provincia, forman parte indisoluble de la tradición científica local.
Uno de los aspectos que distinguió la traición científica en Matanzas fue el accionar práctico de sus hombres y mujeres de ciencia. No hicieron teorizaciones estériles, lo cual le permitió desarrollar acciones de inmediato beneficio público, tanto para la sociedad matancera como para el conocimiento de la naturaleza cubana. Desde el propio día de la fundación de la Sección de Ciencias su director, Sebastián A. de Morales, tras proponer que no existiera el cargo honorífico de presidente, declaró la divisa principal de sus socios: “…debemos desechar los puestos de honor y crear puestos de acción».
Acerca de esta cualidad de la nueva institución, afirmó el sabio habanero Felipe Poey:
“No son lisonjeras esperanzas, ni halagadoras teorías las que nos presenta esta Sección; ella gira en el campo de la realidad, y lleva al terreno de los hechos, uno a uno y acertadamente, los asuntos de su programa.”, reconociendo que “…la Sección tiene grandes y nobles aspiraciones, y (…) procura el adelanto, utilizando todos sus recursos».
Todas las actividades realizadas por la Sección de Ciencias demostraron el espíritu emprendedor y práctico de sus miembros. Así se manifestó, desde entonces, en la tradición científica que se forjó en el territorio de la actual provincia.
Muy avanzados fueron los criterios de Manuel J. Presas, fundador y secretario de la Sección de Ciencias, sobre el desarrollo científico. En este sentido proclamó en 1865: “Las ciencias y las artes son las vías que nos han de conducir a la perfectibilidad indefinida que es la ley del género humano…”. También expresó con claridad:
“Las necesidades de las épocas traen los grandes inventos; el talento y el estudio los deslindan y presentan. No trato pues de oscurecer nombres ilustres, honra de los pueblos, trato solamente de probar que las épocas crean los hombres y que de las grandes necesidades nacen los grandes hechos».
Otras reflexiones muy valiosas se pueden encontrar en su pensamiento, compartidas por la mayoría de los miembros de la Sección. No escapó a su mirada la relación entre ciencia y desarrollo social:
“¿Hasta cuándo el progreso llevará entre nosotros un paso retardado y penoso? ¿Cuándo veremos volar nuestros conocimientos, y sucederse con la misma rapidez, con la misma constancia que se suceden las olas que vienen a bañar nuestras playas? Será cuando una revolución económica y administrativa en la esfera del orden venga a destronar el monopolio, dar amplias concesiones al comercio, extender la enseñanza por los más apartados pueblos de la isla, y cruzarlas toda con las férreas redes que llevan la industria y el pensamiento por los ámbitos del mundo».
En una ocasión posterior diría:
“Hay en Francia una sociedad de hombres benéficos consagrados a recompensar todo lo que tienda a la protección de los animales domésticos. Esta sociedad da premios y medallas a los autores de obras destinadas al desarrollo de estas ideas, a los profesores de educación que infunden este sentimiento humanitario en el alma de sus alumnos, a los inventores de aparatos que alivien el trabajo y a los que prodiguen cuidados y buen trato a los animales. Basta que se pruebe con documentos suficientemente autorizados estas cualidades para que se adjudique un premio al individuo más merecedor de los que en cada una de las clases expuestas se presenten a solicitarlo. (…) ¿Cuándo tendremos una sociedad semejante, o cuando lograremos que los animales que nos ayudan a ganar la vida sean tratados como merecen? Cuando todo el pueblo sepa leer y reciba una sólida educación moral. ¿Y ese día llegará pronto? Tal vez».
Manuel J. Presas también se refirió en esta época al deber de los escritores en la divulgación científica: “Poner la ciencia al alcance de todos: he aquí un bello fin que nuestros escritores debían adoptar…». Muchos años más tarde, José Martí clamaría por “Poner la ciencia en lengua diaria: he ahí un gran bien que pocos hacen». Esta coincidencia expresa la continuidad y el humanismo de la tradición científica cubana y, dentro de ella, la matancera.
Sebastián A. de Morales defendió valiosas ideas sobre la agricultura cubana. En su serie de artículos «Cereales», expuso sobre la economía cubana:
“Mucha industria interesante hay perdida en nuestro país; mucho tiempo mal empleado, y mucho sistema rutinario y empírico.”, agregando su convicción: “Estoy firmemente persuadido de que la isla de Cuba tiene necesidad de ser eminentemente agricultora, que éste es su más brillante porvenir de riqueza y de regeneración universal».
Estas palabras mantienen su vigencia y están en consonancia con las ideas expresadas en aquella época por los defensores de la transformación científica de la agricultura cubana, como Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces, y Álvaro Reynoso. En esto también se reflejó la formación de una tradición científica matancera que llega a nuestros días.
En el prólogo al Anuario de la Sección de Ciencias, Morales destacó que la institución tenía como uno de sus objetivos “…cooperar al progreso intelectual de esta sociedad…”, con lo que expresó el interés de sus miembros por colocar el conocimiento científico al servicio del bien social, destacando sobre la institución que
“Nosotros nos hemos reunido para construir, no para destruir: nuestros esfuerzos todos se dirigen a crear para la patria una era de adelanto…».
Joaquín Barnet, al escribir también sobre el Anuario, planteó que este daría una idea “…del adelanto de la institución, y reflejará a diversos puntos del orbe el estado de esfuerzos de la misma para contribuir al mejoramiento de la humanidad». De esta forma reflejó el sentimiento humanista que latía en el pensamiento de estos científicos fundadores. Barnet, años después, murió víctima de una explosión ocurrida mientras realizaba un experimento químico, convirtiéndose así en un mártir de la ciencia.
La relación entre ética, ciencia y sociedad fue una constante en los esfuerzos y el ideario de los miembros de la Sección de Ciencias y así ha continuado desde entonces. Al respecto diría el médico y químico José López Benavides:
“…si bien es cierto que nada hay más grande, ni más santo que la adquisición de los conocimientos científicos que nos abren las escondidas puertas de todos sus misterios, no es menos evidente que ella [la ciencia] nos impone obligaciones inmensas para con la sociedad en que vivimos y para con nosotros mismos».
También Sebastián A. de Morales abordó como parte inseparable de esta ética, lo relacionado con las cualidades que debían poseer los científicos, las cuales cultivó ejemplarmente:
“Nada se oculta a la investigación del hombre cuando le acompañan la perseverancia, la buena fe y el ansia del saber».
Defendió que el hombre investigaba para
“…ennoblecer su cerebro, olimpo santificado de su inteligencia, con las divinas revelaciones de Linneo, de Cuvier, de Herchel, de Owen, de Darwin, de Newton, y de otros tantos sabios inspirados por Dios, a la manera del gran Moisés».
Fiel a estas ideas, consideró la ciencia como
“…esa llama que iluminó los cerebros de Aristóteles, de Linneo, de Cuvier, de Geoffroy, de Blumembach, de Owen, de Darwin y de tantos otros ilustres apóstoles de la naturaleza».
La ética científica presente en los miembros de la Sección de Ciencias fue ejemplarmente practicada por los que ejercieron la medicina, recordados todos como profesionales consagrados y sabios. En 1868 Manuel Presas afirmó que “…el médico es llamado a curar individuos enfermos y no a combatir enfermedades». A este criterio Presas le sería fiel hasta su muerte, que le sorprendió siendo aún muy joven, años después, cuando se dedicó en cuerpo y alma a curar enfermos de difteria.
Otro elemento importante fue que defendieron con fervor el carácter científico de la medicina. Al respecto apuntaría Manuel Presas en 1866:
“…los que niegan a la medicina el carácter científico… [deberían] …proclamar muy alto su error y batir palmas por las conquistas del talento…».
Mientras que, al analizar un libro sobre las aguas medicinales de Cuba, reclamó de las autoridades la atención y el aprovechamiento de este recurso en beneficio de la población. Esto debía estar unido al estudio científico de sus características y propiedades. Todo esto serviría para que los médicos prestaran
“…el eminente servicio de combatir los errores ya establecidos; lo que vale tanto como descubrir una verdad.”, de forma tal que “…no permanezcan, como hasta aquí, en brazos del empirismo ciego y de las tradiciones populares, erróneas tan a menudo».
Los miembros de la Sección de Ciencias fueron capaces también de asimilar las concepciones y teorías científicas más novedosas. Desde 1865 conocían las ideas darwinistas, aunque no asumieron su defensa de forma abierta. Esto lo hizo Carlos de la Torre, con 22 años, en 1880, cuando destacó la obra El origen de las especies. En este libro, según él, Carlos Darwin concibió
“…las leyes de la selección natural y formula las bases de la teoría de la descendencia humana que acaba de echar por tierra el dogma de la creación momentánea del hombre…”
Reconoció, además, que la misma
“…no solo respondía a todas las exigencias de la época, sino que formulaba otras nuevas y más interesantes cuestiones que han ocupado y ocupan la atención de las eminencias europeas y americanas».
Más adelante, exaltó el darwinismo como una de las
“…verdades conquistadas por la ciencia a costa de grandes sacrificios, de profundos estudios y de una constante y detenida observación de la naturaleza.”, por lo cual consideraba importante “…contribuir, aunque en pequeño, a la propagación de tan atrevida como trascendental doctrina».
También Joaquín Barnet demostró estar informado de las corrientes más avanzadas de la ciencia. En su tesis para el grado de doctor en farmacia defendió ideas opuestas al vitalismo y la generación espontánea:
“…donde quiera que se presenten condiciones propias para la existencia de los seres vivos, previa en nuestro concepto la presencia de gérmenes, los gérmenes producen seres…”.
Hizo un análisis histórico del uso de la fermentación por el hombre para producir vino y del estudio de este fenómeno por los científicos de otras épocas. Demostró, además, un amplio conocimiento de las tesis defendidas por el gran científico francés Luis Pasteur:
“Esto es cuanto se ha dicho en estos últimos tiempos sobre la fermentación, fenómeno tan observado por los sabios de todos los siglos, y el cual ha coronado de inmarcesible lauro la frente del activo académico francés Mr. Pasteur; a él estaba reservado el estudio más metódico de la fermentación; para él se afanaron los alquimistas de todas las épocas; para él se perfeccionaron los microscopios, para que, cual nuevo Colón, descubriera un mundo nuevo, y como Moisés, escribiera el Génesis de la fermentación».
La Sección de Sección enfrentó en 1867 la terrible epidemia de viruelas que azotó la ciudad. En esa oportunidad asumieron la defensa de una de las conquistas más valiosas de la ciencia: la vacunación. Al respecto opinó Manuel Zambrana, al referirse a
“…las vociferaciones de la parte inculta del pueblo y de otros no muy cultos que no creen en la eficacia de la vacuna.”, cuando agregó “Nosotros debemos trabajar para llegar a desterrar esas preocupaciones populares que tanto mal causan en la marcha de las buenas medidas; pero teniendo muy presente que esa es una obra muy difícil, lenta; una obra que solo el tiempo, la justicia y el detenimiento reflexivo podrán consumar».
El surgimiento de la tradición científica matancera se remonta a 1864, con la fundación de la Sección de Ciencias del Liceo de Matanzas. Entre sus miembros están los fundadores de la ciencia en el territorio, con un gran sentido de universalidad y, al mismo tiempo, correspondencia con la realidad que les tocó vivir.
La admiración que sentían por nuestra patria, su naturaleza, flora y fauna, se demostró en numerosas ocasiones por la exaltación de sus bellezas naturales. Esto equivalía, en pleno régimen colonial, a fortalecer el patriotismo de los cubanos. Cultivar la ciencia en la Cuba colonial, a pesar de la indiferencia del gobierno, era forjar una tradición. A esto se unió el amor que sentían por Matanzas, que demostraron en sus esfuerzos por hacerla más culta y con un alto nivel científico. A ellos debemos agradecer el orgullo que sentimos hoy por la tradición científica matancera.
