Recuerdo el cielo antes de que fuera ceniza. El 5 de agosto de 2022, era apenas un imberbe estudiante de Periodismo, de esos que miden la distancia de una noticia en metros de cinta amarilla. Matanzas entonces ardía sin que nadie hubiera encendido una cerilla. El olor a sulfuro llegó hasta el litoral como una premonición: algo más grande que nosotros se había despertado dentro de los tanques en la Zona Industrial. Hoy, en el Día del Bombero, escribo no desde una cuartilla en blanco, sino desde la memoria de unos pulmones negros.
Llegué al polígono industrial cuando el segundo reservorio reventaba. Los bomberos no corrían hacia atrás. Eso fue lo primero que aprendí. Un bombero cubano no sabe moverse en dirección contraria al humo. Sus figuras, empequeñecidas por los depósitos de crudo que parecían rascacielos derretidos, avanzaban con las mangueras como espadas insuficientes. El termómetro marcaba cuarenta grados, pero el infierno se mide en otra escala. Ellos llevaban trajes de asbesto que el sol convertía en hornos portátiles. Y aún así, entraban.

Me pegué por un momento al costado del camión cisterna, temblando no de miedo, sino de una vergüenza repentina. Mi trabajo era contar lo que veía; el de ellos, quedarse. Las explosiones sonaban como un boxeador gigante golpeando el vientre de la tierra.
La Base de Supertanqueros no era ya un lugar geográfico. Era un animal herido que rugía mientras los bomberos le clavaban sus lanzas de agua. El viento cambiaba de dirección como un capricho del destino, y con él, las llamas no hacían más que crecer. Nosotros, los equipos de prensa, nos replegamos tres veces esa noche. Ellos no se replegaron nunca. A veces la cámara los enfocaba, y sus siluetas se difuminaban entre el vapor y el petróleo humeante. Parecían fantasmas. Pero los fantasmas no sudan. Los fantasmas no se quedan sin aire.
Los días se sucedieron como una misma tarde infinita. Llegaron brigadas de todo el país, México y Venezuela, pero los matanceros no cedieron el frente. Fue entonces cuando entendí algo que ninguna academia me enseñaría nunca. El heroísmo no es una pose, es un gesto repetido hasta el absurdo. Subir, bajar, conectar, caer, levantarse, beber otra botella de agua, volver. Entre el estruendo, vi a uno persignarse y a otro pedir fotos de sus hijos antes de ingresar a la zona cero.
El símbolo de Matanzas no es solo el puente de la Concordia, y eso lo aprendí allí. Es el puente que un bombero construye entre su cuerpo y el fuego. Hoy, cuando sopla la brisa del norte en la bahía, algunos matanceros dicen que aún huele a aquel agosto. Yo creo que huele a memoria.

En el Día del Bombero, quizá los lentes de las cámaras enfoquen cascos relucientes y camiones en perfecta fila. Pero quien estuvo en ese sitio, sabe que la verdadera parada fue en aquella primera noche sin estrellas, cuando una linterna rota iluminaba el rostro de un bombero. No hay medalla que pese tanto como el silencio del cuartel sin un compañero. No hay discurso que alcance para nombrar lo que significa ver a un joven de veintidós años decidir que su vide vale menos que la de un desconocido.
Hoy escribo esta crónica con los pies todavía manchados de un carbón que no se lava. Si me preguntan cómo se cubre un incendio, diré que no se cubre: se respira, se llora, se corre junto a los bomberos hasta donde el cuerpo aguanta, y luego se corre un paso más. Porque ellos no se detienen ni cuando la sirena se apaga. Y Matanzas, la ciudad de los ríos, sigue firme gracias a esa tozudez.
Al caer la tarde, enciendo una vela. No es por el periodismo. Es por los que entraron al fuego y no salieron.
