Nunca he visto a un therian en Cuba. Puede que existan, puede que no. En un país donde las subculturas juveniles llegan con algún retraso y filtradas por las circunstancias, es difícil saberlo. Pero en TikTok, en X, en Instagram, en los fragmentos de cultura global que nos llegan a través de datos móviles, aparecen.

Pero también están los que defienden, los que explican, los que dicen “yo soy así y no le hago daño a nadie”. Y entre esos dos bandos hay un territorio que merece ser explorado. Los therians existen. Y su existencia dice algo sobre la manera en que los jóvenes construyen su identidad, sobre lo que pasa cuando los referentes tradicionales se desmoronan y hay que inventarse otros.

Los therian son una comunidad que ha pasado, en las últimas semanas, del anonimato digital al centro de la conversación pública generando desconcierto, memes, alarma y muchas preguntas.

Sin embargo, el fenómeno no es tan reciente como parece. Las primeras comunidades surgieron a finales de los años noventa en foros de internet y espacios de discusión en línea. Desde sus orígenes, la comunidad mantuvo un perfil bajo, lejos del foco público.

En Argentina, Chile, España y Colombia han surgido pequeños emprendimientos artesanales dedicados a fabricar máscaras y atuendos personalizados. Algunos encuentros presenciales —como la convocatoria en Rionegro (Antioquia) que buscaba reunir a la “primera comunidad therian de Colombia”— han generado titulares, pero también tensiones con vecinos y familias que no terminan de comprender de qué se trata.

 

¿Qué es, qué no es, cuándo puede ser un problema?

¿Son personas con un trastorno mental? ¿Es una moda pasajera amplificada por las redes? ¿O estamos ante una nueva forma de expresión identitaria en una generación que ha roto los moldes tradicionales?

El término therian proviene del griego theríon, que significa bestia o animal salvaje. La elección de esta palabra remite a lo no domesticado, a aquello que se sitúa en el límite entre naturaleza y cultura. Designa a personas que experimentan una identificación profunda —ya sea psicológica, emocional o espiritual— con un animal no humano.

Gustavo Miguel Patiño, psicólogo y magíster en pensamiento crítico de la Universidad Eafit de Colombia, amplía esta reflexión “Theríon remite a lo no domesticado, a lo que habita en el límite entre naturaleza y cultura. Que jóvenes contemporáneos adopten esta palabra para nombrarse ya es un dato: habla de una búsqueda de autenticidad en un mundo que perciben como artificial o contradictorio”.

No se trata de una creencia literal. Los therian no piensan que van a transformarse físicamente en animales. La identificación es simbólica, pero no por ello menos real para quienes la experimentan. Es una forma de percibirse a sí mismos que atraviesa su manera de moverse, de relacionarse, de estar en el mundo.

En los espacios digitales, en los foros y comunidades donde comparten sus experiencias, hay un relato que se repite: el de quien desde niño se sintió distinto, fuera de lugar, y encontró en un animal una forma de entenderse.

“Desde pequeño me sentía raro”, escribía un usuario. “Cuando veía documentales de lobos, pensaba: así me siento yo. No es que quisiera ser un lobo. Es que, de alguna manera, ya lo era. Solo que no sabía cómo decirlo”.

Frases como esa, con distintas variantes, aparecen una y otra vez en los testimonios que ellos mismos dejan en las redes. La primera reacción ante un fenómeno como este suele ser la patologización. Si alguien se identifica con un animal, se piensa, debe tener un problema mental. Pero los especialistas que han analizado el fenómeno desde la psicología clínica sostienen una posición distinta.

“No es un trastorno porque no está reconocido por la Asociación Americana de Psiquiatría ni aparece en el DSM-5, que es el manual diagnóstico que utilizamos los profesionales”, explica Andrea Anaya, psicóloga clínica divulgadora. “Ahora, que algo no sea diagnosticable no significa que no merezca un análisis clínico. Hay que entender por qué ocurre”.

Laura María Ramírez, psicóloga clínica y especialista en Evaluación de Trastornos Afectivos de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz (Colombia), añade: “La identificación con un animal es principalmente simbólica. Los therian tienen clara su condición real; no creen que se vayan a transformar en un animal de verdad por el hecho de tener esta preferencia. La conexión es metafórica, sin pérdida de contacto con la realidad”.

Es precisamente esa capacidad de distinguir entre la realidad y la representación simbólica lo que separa esta experiencia de un cuadro psicótico o disociativo grave.

Por tanto, no es una enfermedad. Es una forma de construcción identitaria, inusual sin duda, pero no patológica por sí misma.

Lo que distingue una vivencia sana de una que requiere atención no es la identidad elegida, sino sus consecuencias. Si la persona mantiene una vida funcional —estudia o trabaja, tiene relaciones sociales, cuida de sí misma— y no experimenta malestar significativo, no hay motivo de alarma. El problema aparece cuando hay sufrimiento, aislamiento, abandono de responsabilidades. Pero eso sería preocupante independientemente de que la persona sea therian o no.

Los propios miembros de la comunidad son conscientes de estos límites. En sus espacios digitales circulan advertencias para los recién llegados, especialmente para los más jóvenes: “No descuides tus amistades fuera de la comunidad”. “No dejes de hacer lo que te gustaba antes”. “Esto es una parte de ti, no todo lo que eres”.

Para entender a los therian hay que situarlos en el ciclo vital donde más brotan: la adolescencia y la juventud temprana. Es la edad de las preguntas fundamentales: quién soy, de qué grupo formo parte, qué me define. Es la edad de la exploración, de la prueba y el error, de las identidades prestadas que a veces se quedan y a veces se desechan.

Lo que ocurre es que estas exploraciones, que antes ocurrían en entornos acotados —la familia, el barrio, la escuela—, ahora ocurren frente a millones de personas en plataformas digitales. Y esa exposición masiva genera extrañeza, incomodidad, a veces rechazo.

Pero la necesidad de fondo no es nueva.

En las últimas décadas, las subculturas juveniles han ofrecido a los adolescentes formas de decir “esto soy yo” sin tener que explicarlo todo. Los punks tenían sus crestas y su música agresiva. Los emos tenían su flequillo y su sensibilidad romántica. Los góticos tenían su estética oscura. Los hippies tenían su amor libre y su rechazo al sistema.

Cambian las formas, cambian los símbolos, pero la necesidad psicológica de fondo es la misma: encontrar un grupo al que pertenecer, un lenguaje común, un espacio donde la pregunta “¿tú también?” tenga una respuesta afirmativa. Los therian son, en este sentido, un eslabón más en esa cadena. Solo que su símbolo es un animal.

Ahora bien, la elección del animal como referente identitario responde a algo más profundo que una simple preferencia estética.

Jonathan Martínez Líbano, director del Magíster en Educación Emocional de la Universidad Andrés Bello (Chile), ofrece una hipótesis sociopsicológica:

“Vivimos en una época donde los referentes humanos tradicionales están en crisis. Figuras de autoridad cuestionadas, modelos de éxito inestables, discursos contradictorios. Frente a eso, lo animal representa atributos percibidos como más puros, coherentes y predecibles: el instinto, la lealtad, la pertenencia a una manada, la autenticidad”.

En contraste, lo animal representa atributos que se perciben como más claros, más puros, menos contradictorios. El instinto, la lealtad a la manada, la autenticidad de quien no finge ser lo que no es. El mundo animal, en la imaginación de quienes se refugian en él, es un mundo de reglas claras, de pertenencia inequívoca, de coherencia entre el ser y el hacer.

Identificarse con un animal puede ser, en este contexto, una forma de buscar esa coherencia. Un refugio simbólico frente a la complejidad de lo humano.

Para un adolescente que vive la complejidad de las relaciones sociales, la presión académica, la incertidumbre sobre el futuro, ese refugio puede ser un respiro. Un lugar donde no hay que estar explicándose constantemente, donde las reglas están escritas en el instinto y no en códigos sociales cambiantes.

Recientemente, la Agencia EFE publicó un artículo que asoma una perspectiva distinta. Habla de perros desconcertados, de gatos que no entienden, de lo que pasa cuando un joven con máscara de lobo se acerca a un animal real esperando quizás un reconocimiento que nunca llega.

Yolanda Morales, portavoz del PACMA, lo decía “Hemos visto casos de estos chicos disfrazados queriendo interactuar con animales reales en un parque y estos últimos no tienen por qué reaccionar bien”.

“No tienen por qué reaccionar bien. Porque en el centro de este fenómeno, con toda su carga de búsqueda interior y necesidad de pertenencia, el animal real no es un símbolo. El animal real no sabe que el joven que se le acerca a cuatro patas está expresando su identidad. El animal ve una figura extraña, un bulto que se mueve de manera incongruente, una amenaza o una rareza que puede responder con los únicos recursos que tiene: el miedo, la confusión, el instinto”.

Morales afirma que algunos perros, desconcertados y excitados por esa forma de actuar que no encaja en su mapa del mundo, “pueden terminar mordiendo a un ‘therian’”. Y entonces el joven que buscaba conexión acaba mordido, y el perro, que solo respondió a su naturaleza, se convierte en un problema.

“Eso podría derivar en un proceso de denuncia contra los dueños del animal”, aclara Morales.

La portavoz también señala el miedo a la confusión. A que la sociedad, al ver a estos jóvenes con máscaras y colas, termine asociando esa imagen con el activismo animalista. “Nos da miedo que se malinterprete nuestra actividad y la gente piense que tenemos la aspiración de convertirnos en animales», dice.

“Ellos, los animalistas, llevan años luchando por causas concretas: contra la crueldad, por el bienestar de los animales, por una vida más digna para quienes no pueden hablar. Y de repente se encuentran con que su lucha podría quedar manchada por el ridículo, por la confusión, por la imagen de un adolescente a cuatro patas en un parque”.

“Esto puede llegar a constituir una forma de ridiculización de lo que en verdad deseamos”, lamenta.

Por su parte, Manuel Lázaro, veterinario clínico del Colegio de Veterinarios de Madrid, pone el dedo en otra llaga. Habla de algo que a primera vista parece no tener relación con los therian, pero que también está tejido con el mismo hilo: la humanización de los animales.

Esa tendencia a tratar a perros y gatos como si fueran niños pequeños, a disfrazarlos, a pasearlos en cochecito, a sentarlos a la mesa. “Cuando los tratamos como si fueran humanos, no les permitimos expresar su conducta natural”, afirma.

Y añade “Eso podría llegar a considerarse como un cierto maltrato”.

Manuel Lázaro insiste en una idea que parece obvia pero que a menudo se olvida: un animal no es un humano. Tiene necesidades distintas, una percepción distinta, un mundo distinto. No mejores ni peores: distintas. Mezclar las identidades, olvidar esa diferencia, es abrir la puerta a un tipo de violencia que no siempre se reconoce como tal.

“Los animales únicamente piensan, hablan y se comportan como humanos en las películas de dibujos animados”, dice Lázaro. En la vida real, son lo que son. Y merecen que les dejemos serlo.

Esta mirada, la de los veterinarios y animalistas, no invalida la búsqueda identitaria de los therian, pero introduce un elemento que en el debate suele quedar fuera: el otro.

El problema, dice Lázaro, es cuando nos olvidamos de eso. Cuando la búsqueda de uno mismo borra al otro. Cuando la identidad propia se construye sobre la confusión ajena.

La respuesta social al fenómeno therian ha sido, hasta ahora, mayoritariamente negativa. Los vídeos que se viralizan en TikTok suelen ir acompañados de comentarios burlones. Los memes proliferan.

Esta reacción dice mucho de la sociedad que la emite. Lo diferente incomoda. Lo que no encaja en las categorías establecidas se ridiculiza o se patologiza. Pero hay algo más: el fenómeno therian toca una fibra sensible precisamente porque cuestiona la línea, que creíamos clara, entre lo humano y lo animal. Nos recuerda que esa frontera es más porosa de lo que podríamos pensar.

Algunos expertos señalan que el mayor riesgo para la salud mental de estos jóvenes no proviene de su identidad, sino de la reacción social. La ridiculización, el señalamiento público, la exposición al escarnio pueden generar un daño emocional muy superior al que produciría la vivencia identitaria por sí misma.

No se trata entonces de romantizar el fenómeno ni de presentarlo como algo deseable. Se trata de comprenderlo antes de juzgarlo. De preguntar antes de etiquetar. De recordar que, tras cada publicación viral, hay una persona.

¿Desaparecerán los therian como desaparecieron los emos o los pokemones? Probablemente, como subcultura visible, sí.

Las redes sociales aceleran los ciclos: lo que hoy es tendencia mañana es pasado. Pero lo que representa el fenómeno —la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia, el uso de símbolos para expresar lo inexpresable— no desaparecerá. Simplemente adoptará nuevas formas.

Algunos de los actuales therian dejarán de serlo cuando la adolescencia quede atrás. Para ellos, habrá sido una etapa, una exploración más en el largo proceso de construirse a sí mismos.

Para otros, la identidad persistirá, integrándose en su vida adulta de maneras que ahora apenas podemos imaginar. Ambas opciones son legítimas.

No he visto a ningún therian en Cuba. Puede que existan, puede que no. Pero sé que hay adolescentes que se sienten fuera de lugar, que buscan desesperadamente una comunidad a la que pertenecer, que se preguntan quiénes son. Algunos lo resolverán con la música, otros con el deporte, otros con el activismo, otros con la religión. Y otros, quizás, encontrarán su respuesta en un animal. (ALH)

Aniela Dumas Rojas/Cubadebate

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *