Manolo Jarquín, en el Diario de la Marina, dejó para la historia una descripción del entierro de Armando Carnot.
“El sepelio de Carnot” se tituló la crónica del periodista matancero. La publicó el Diario de la Marina el 24 de septiembre de 1926, como parte de la sección “Matanceras”. Reflejó el dolor sentido por la ciudad yumurina y sus habitantes, pero, sobre todo, la angustia del amigo adolorido por la irreparable pérdida. Estas fueron sus palabras:
“Se quedaron sin flores los jardines. Se quedaron sin lágrimas los ojos. Tantas fueron las ofrendas que perfumaron las últimas horas en la tierra del ídolo caído. Tantas las lágrimas derramadas por el pueblo al cruce del cortejo más grandioso, más elocuente que haya jamás presenciado esta ciudad”.
“Un duelo sin precedente. Un entierro como no ha habido otro en Matanzas y como no lo habrá quizás nunca más. Fue ese sepelio del doctor Armando Carnot la exteriorización de dolos más grande, más espontánea, más sincera y unánime que recordamos”
“Algo sin precedente. Y algo en que nos conmovíamos todos, porque unos a otros nos afligíamos con los cuadros del propio dolor. No se ha llorado en Matanzas nunca como se lloró en esa tarde del 21 de septiembre en que recibió sepultura el doctor Carnot. Corrían las lágrimas a mares. Que brotaban de aquel mar humano que se agitaba desde la casa de calle de Milanés de la que fuera sacado el cadáver, hasta la misma Necrópolis en que para quedó Armando”.
“No intentaré una descripción de ese acto del entierro del médico que fue ídolo del pueblo matancero, porque fracasaría por muy vivas que fueran las tonalidades que trazara mi pluma. No lo intentaría, porque para bosquejar el dolor, la inmensísima pena que embargaba a la ciudad en esas horas, solo escribiendo con lágrimas podría dar una idea del acto. Y las lágrimas en mí, cómo en todos los demás, dejaron secos los ojos”.
“Serían las cuatro y media do la tarde cuando se puso en marcha el cortejo. Dos horas antes quedaba cerrada la cuadra al tráfico, tal era el número de personas que la invadían. Llegábamos los amigos de Carnot para asistir a su entierro y quedábamos en la calle porque en la casa era imposible la entrada desde esas dos horas antes de la salida del cadáver”.
“Las máquinas y los carruajes ocupaban toda la calle de Milanés desde la esquina de Zaragoza hasta la Plazuela de Estrada Palma. Fueron sacadas primero de la casa mortuoria las ofrendas florales que, en número abrumador, después de llenar cuatro carros, tuvieron que ser llevadas a mano por amigos y admiradores del doctor Carnot”.
“El clarín tocando a silencio anunció a todos después, que abandonaba para siempre el hogar que él creara, del que hizo su santuario, y por el que tenía devoción sin límites, el hombre bueno, generoso y noble a quien el pueblo matancero denominara «el médico de los pobres». Un silencio imponente, un recogimiento que asombraba en aquella multitud, fue roto solo por los sollozos de la madre, de la esposa, de los hijos y los hermanos de Armando, que le daban su último adiós”.
“Tras los carros de coronas, marchaba la soberbia carroza que, tirada por cuatro magníficas parejas de caballos, resultó inútil en aquel acto. Quiso el pueblo cargar el cadáver. Y en sus hombros, desde la casa hasta el cementerio, fue llevado el sarcófago de bronce magnífico, en que dormirá su sueño eterno el desaparecido filántropo”.
“Ni guardias, ni uniformes, ni pompas oficiales veíanse en este sepelio del doctor Carnot. Ni aun siquiera la banda del municipio aceptó la familia que acompañara al cadáver hasta su última morada. Se quiso con ello despojar el acto de todo boato. Para que resultara aún más inmenso, más grandioso, con el cariño del pueblo. Se hizo a pie todo el recorrido. Y ni uno solo de los asistentes al acto tomó su carruaje sino para volver a la ciudad después de sepultado el cadáver”.
“Durante todo ese largo trayecto las escenas que vimos desarrollarse no son para contarlas. Hombres, mujeres y niños, abarrotando las aceras, colmando puertas y ventanas de las casas, lloraban a cara cubierta, como ofrendando sus lágrimas al que tantas, tantas enjugara en el noble apostolado de su profesión. Desde la más humilde choza, hasta el más suntuoso palacete de la carretera, enlutaban sus fachadas con negros crespones”.
“El luto era general. Como era general el dolor y era general la pena que en esa triste tarde experimentaba la población matancera. Desde el palacio municipal en el que gobernó a Matanzas Armando Carnot por espacio de cuatro años, hasta el mísero albergue, al que llevó su ciencia, y más que su ciencia, su gran corazón y su infinita bondad, consuelos a raudales, ostentaban el lazo negro que exteriorizaba su duelo”.
“Fue frecuente, frecuentísimo, —casi en cada, esquina lo presenciamos— mujeres que al paso del cadáver caían presas de ataques y sollozaban pronunciando el nombre de Armando Carnot. En una humilde casa admiramos un retrato de Armando, que, orlado de crespones, se iluminaba con dos cirios en la fachada. En otra vimos ese mismo retrato en el interior colocado en un altar ante el que oraban varias mujeres. Y ya cerca de la necrópolis encontramos varios camiones que cubiertos con negros cortinajes tenían letreros como el que copio a continuación: «Al caer en la tumba, tu pueblo te levanta hasta la Gloria»”.
“Después de dos horas de peregrinación llegamos al cementerio de San Carlos, las seis o siete mil personas que acompañamos a Carnot hasta su tumba. Si grande era la multitud que seguía tras el cadáver, mayor era aun la que invadía el cementerio en todos sus ámbitos. Nunca ni en días de difuntos, ni aun aquel en que fueron trasladados a la capilla que es hoy su mausoleo, los restos de los veteranos muertos en esta provincia, se vio la necrópolis como se vio en esa tarde del pasado martes. No podía dar un paso por ella. Y no se encontraba un rostro por el que las lágrimas no corrieran”.
“Llegados al panteón de la familia, siempre en hombros del pueblo el cadáver, y quebrándose sobre el oro del sarcófago, los últimos rayos del sol agonizante, se produjo un instante de augusta majestad. Fue cuando el clero, que asistió sepelio en brillante representación, cantó responso de difuntos al cuerpo del pobre Armando”.
“Una banda, que no era ni la municipal ni la militar, formada por numerosos profesores de la localidad, entonó entonces una marcha fúnebre momentos en que bajaba a la fosa el regio ataúd. Sonó después el clarín imponiendo silencio y el hisopo del sacerdote marcó una cruz con agua bendita sobre la caja que descansaba ya sobre la tierra”.
“Una lluvia de flores ocultó bien pronto aquel sarcófago. Y alineadas en número que pasaban de doscientas quedaron las magníficas ofrendas florales, que la amistad, el cariño, la gratitud y el afecto, llevaron hasta la capilla ardiente de Armando Carnot, como un póstumo homenaje”.
“Los sollozos de los miles de personas allí congregadas, atenuaron el seco retumbar de la loza, bajo la cual quedó para siempre, uno de los hombres más buenos, uno de los médicos más prestigiosos, uno de los políticos más populares que ha tenido Matanzas”.
“La figura arrogante de don Carlos de la Rosa, se destacó entre el marco que formaban los hermanos atribulados del doctor Carnot, para despedir el duelo. Lo hizo elocuentemente”.
“Y se inició entonces un desfile que tardó muy cerca de una hora, y en el que figuraban con las más encumbradas personalidades de la localidad, los hijos de la más humilde clase. Volvieron estos a Matanzas en varios tranvías, que puestos allí expresamente por la familia, devolvieron a sus hogares a los clientes que más amaba Carnot, a los que en dinero no pudieron nunca pagarle, pero le pagaron en cariño con largueza”.
A continuación, Manolo Jarquín mencionó las personalidades que asistieron al sepelio. Entre ellas Carlos de la Rosa, vicepresidente de la República, y las autoridades provinciales. También senadores y representantes, médicos y escritores de la ciudad. También hizo referencias a las instituciones que estuvieron representadas. Después, añadió:
“Y frente al Círculo Político de Armando Carnot, se unió al cortejo un ejército de muchachas, que pasaban de cuatrocientas. Llevaban todas ramos de flores. Y se pusieron a la vanguardia de la manifestación, que repito, ha sido la demostración de duelo más palpable, más elocuente que ha exteriorizado nunca Matanzas”.
Describió después varias de las imponentes coronas de flores. Destacó que la enviada por el presidente Machado era “soberbia”. Mencionó las que le dedicaron el Ayuntamiento de Matanzas, la de los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, que tenía “grandes dimensiones”; la del Cuerpo Médico, la Federación de Farmacéuticos y el Hospital Civil, entre muchísimas otras. Sobre una humilde corona, destacó:
“En las cintas de una pobre corona leímos esta inscripción, que llenaba de lágrimas todos los ojos: A Armando, las mujeres de Barracones. Eran sus clientas de ese humilde barrio, los cientos de madres que ayer lloraban cuando pasaba el cadáver frente a sus casas”.
“Cuando salía el entierro, llegaba un carro de unos de nuestros jardines, cargado de ofrendas, que no han podido entrar en esta lista. Y por cientos, por miles, contábanse los pequeños ramos que alfombraron todo el piso de la capilla ardiente, y que después en el cementerio formaron montaña junto a la tumba”.
“Dadas las siete, cuando en el oriente se ocultaba el sol y hacía su aparición en el poniente una hermosa luna de plata, abandonábamos la Necrópolis de San Carlos, entre una nube de polvo, un trepidar de bocinas y un vértigo de carreras, que nos enloquecían”.
“Momentos antes, cuando llevábamos con nosotros él cadáver de Armando Carnot, el silencio parecía cernirse sobre la ciudad, y aquella caravana compuesta de más de siete mil personas, seguía la ruta con devoción solemne y espíritu contrito”.
“Los soldados del Cuartel del Naranjal, al cruzar el cadáver frente a éste, presentaron armas”.
“Y cuando el gran sarcófago de bronce, en que ya reposa bajo la madre tierra Armando Carnot, bajó a la fosa, cayeron sobre él, rotas en pedazos, cientos de cédulas electorales, de amigos que renunciaban a tomar parte en la contienda del primero do noviembre próximo. Un póstumo sacrificio. Una prueba más de fidelidad, de adhesión, de incondicionalidad al hombre que fue ídolo, al médico que fue adorado como ningún otro, al caballero que se supo captar amistades y consideraciones sin cuento, por sus nobles sentimientos, por su gran corazón, por su inagotable caridad”.
“Adiós, Armando…”. (ALH)
