Matanzas, ciudad intermitente como los faroles de la Plaza de la Vigía, sabe que Liliam Padrón acaba de merecer el Premio Nacional de Danza 2026. No es un trofeo que pese en las manos, sino un eco que resuena en los espejos desnudos de la sala de ensayos. La maestra de la danza contemporánea cubana y la mujer que enseñó al suelo a ser cómplice del vértigo, ha sido distinguida por una obra que desarma la gravedad, ladrillo por ladrillo. En la urbe de los puentes, el anuncio cruza el río San Juan como una contracción que nace en el vientre y termina en la punta de un pie descalzo.

Liliam no es bailarina de tules ni zapatillas de punta. Su cuerpo pertenece a la espiral, al peso que se abandona y al impulso que nace del centro. Durante más de cuarenta años ha repetido una sola lección: la danza contemporánea no busca vencer la gravedad, sino conversar con ella. Sus alumnos aprenden a caer con elegancia, a rodar como las aguas del Yumurí cuando desciende, a detenerse en el aire sin que ningún hueso lo fuerce. Por eso Matanzas, con sus afluentes y nexos centenarios, se reconoce en sus coreografías, cuales geografías del equilibrio inestable.

El Premio Nacional de Danza flota sobre su nombre como una envidia amable. Los medios hablan de trayectoria, pero los bailarines hablan de otra cosa. Recuerdan la mañana en que Lilita los hizo reptar por el suelo del Parque de la Libertad para entender el contacto con la piedra. “La danza contemporánea no se inventa en el aire”, dice con su voz de humo y certeza. “Se inventa en el hueso del isquion contra el piso”. La ciudad guarda las marcas de esos ensayos públicos como inscripciones rupestres.

Si hay un símbolo exacto de su arte, ese pudiera ser el Puente de la Concordia visto desde abajo, desde el cauce del río. Allí, el hierro no une, amenaza con derrumbarse. Liliam Padrón ha coreografiado durante décadas esa tensión: la de un cuerpo que sostiene el peso de otro, la de una columna que decide no quebrarse. Sus piezas más recordadas nacieron en salones sin ventiladores y con espejos que devolvían imágenes borrosas. La maestra nunca pidió mejores condiciones. Eso sí, exigió que sus bailarines aprendieran a ver en la penumbra.

La noticia del galardón la encuentra, como siempre, en ensayo general. Un cronista le podrá preguntar por su sentir, pero estoy seguro que responderá señalando una alumna de diminuto exoesqueleto mientras repite una caída al piso. Ese es el mejor premio, dirá. Y en ello va toda su elegancia, la de quien sabe que la danza se parece a este terruño matizado por puentes temblorosos, ríos que se secan y muros que sudan salitre. Su mérito consiste en mantenerse de pie sin fingir que el suelo es firme.

Liliam seguirá haciendo lo que siempre hizo: abrir las puertas, con o sin luz, y esperar a que los cuerpos entren. Acá, donde el Valle del Yumurí se pliega sobre sí mismo como un puntal que respira, la ciudad calla y observa.

Al caer la tarde, desde el litoral matancero, ese largo espinazo de riscos contra el oleaje, algunos creen verla caminar sola. Pero no camina, hace una secuencia de pasos lentos, casi fosilizados, como si el viento escribiera con su cuerpo una carta al horizonte. Liliam Padrón, Premio Nacional de Danza 2026, no necesita más escenario que dicha franja angosta. Matanzas le devuelve el gesto en un eco de olas y memorias.

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