Cada 16 de marzo, la memoria musical de Cuba se viste de gala para abrazar el natalicio de una de sus hijas más dilectas: Celina González. A más de nueve décadas de su llegada al mundo, su apellido no solo pervive en la historia de la música campesina, sino que late con fuerza en cada rincón de Jovellanos, la tierra que la vio nacer y que la reclama como uno de sus más preciados tesoros.
Si hay una voz que logró encapsular el alma de la guajira cubana, esa fue, sin duda, la de Celina. Nacida el 16 de marzo de 1928 en el seno de una familia humilde en Nueva Luisa, poblado rural muy próximo al centro urbano de Jovellanos, su destino parecía trazado por las propias deidades de la música. Desde muy pequeña absorbió la tradición oral de sus mayores, convirtiendo el sonido de las guitarras y el aroma del campo en su escuela primaria.
Junto a su compañero de vida y de arte, Reutilio Domínguez, formó el legendario dúo Celina y Reutilio, una mancuerna que revolucionó la música campesina y la llevó a los escenarios más importantes del continente. Temas como A Santa Bárbara (Que viva Changó) trascendieron las fronteras de lo rural para convertirse en himnos universales de la cubanía, demostrando que el punto cubano y la guajira eran capaces de dialogar con el mundo entero.
Su estilo, inconfundible y potente, era un puente entre lo profano y lo sagrado. Celina no solo cantaba al amor y a la tierra; le cantaba a los santos, a la naturaleza y a las tradiciones con una devoción que erizaba la piel. Por eso se ganó el cetro indiscutible de la «Reina del Punto Cubano», un título que ostentó con la sencillez y la nobleza de quien nunca olvidó sus raíces.
Jovellanos, su cuna y su altar perpetuo
Y es precisamente en Jovellanos donde la impronta de Celina adquiere una dimensión casi mística. Para los jovellanenses, Celina no es una figura lejana en un libro de historia; es la vecina ilustre, la madrina espiritual que llevó el nombre del municipio matancero a lo más alto.
Cada año, cuando marzo asoma, este central territorio se convierte en un hervidero de homenajes. Las peñas culturales, prominentes y nóveles figuras se reúnen para interpretar su repertorio y mantener viva la llama de su legado. En el parque principal, en las paredes de la Casa de la Cultura, o en la modesta vivienda que la vio crecer, la memoria de Celina se materializa en anécdotas que los mayores cuentan a los jóvenes.
Para el pueblo que la vio partir pero que siempre la esperó de regreso, Celina González es más que una efeméride. Es la certeza de que mientras exista un guajiro que entone una décima o un cubano que le pida favores a Changó, su voz seguirá resonando. Porque Celina no murió un 4 de febrero de 2015; ella simplemente regresó a Jovellanos, a ese paisaje de palmas y surcos que la inspiraron, para quedarse para siempre en el corazón de su gente.
Hoy, en un aniversario más de su natalicio, Jovellanos le susurra al viento: Gracias, Celina, por ser nuestra y del mundo. (ALH)
