Vivimos tiempos donde el aire, ese bien común que debería ser invisible, ha adquirido en las ciudades cubanas una textura densa, un olor penetrante y una toxicidad que raspa la garganta. Lo que antes era un paisaje residual invisible, gestionado por el sistema de recogida, se ha convertido en una pira funeraria a cielo abierto.

Hablo de la quema de basura, una práctica que, nacida de la desesperación, ha transformado el paisaje urbano y la salud pública de nuestra nación en un problema ambiental de primer orden.

Para entender la humareda que cubre nuestros barrios, primero hay que analizar la raíz del problema. La crisis de los desechos sólidos en Cuba no es un accidente, sino la consecuencia lógica de una crisis energética sin precedentes, un parque automotor comunal diezmado y una economía asfixiada.

Según reportes de la prensa internacional, en la capital, donde se generan diariamente unos 13,000 metros cúbicos de basura, las autoridades apenas logran evacuar un tercio de estos residuos.

Ante este escenario la respuesta de los más afectados, los ciudadanos, fue la combustión. En un intento desesperado por alejar a las ratas y los mosquitos, los vecinos de los basureros improvisados que ocupan cuadras enteras, recurrieron al fósforo.

Sin embargo, lo que empezó como una solución rápida y eficaz, pronto reveló su lado más oscuro: la contaminación atmosférica severa. Como reconoció la propia Delegación del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) en La Habana, las quejas ciudadanas se multiplicaron por problemas respiratorios derivados de la combustión incompleta de plásticos, metales y vidrios, una mezcla letal que ningún pulmón debería soportar.

Como si de un virus altamente contagioso se tratara, la acumulación de residuos en las calles y por consiguiente la respuesta desesperada que constituye su incineración, se propaga por toda la isla. Matanzas agoniza entre tanta basura acumulada, esa que amenaza la vida de sus habitantes. Desde las calles más conocidas hasta las zonas menos pobladas se visibiliza un factor común: un pesado humo, casi tan denso como el aceite, ahoga los pulmones de los vecinos.

La Atenas de Cuba se enfrenta hoy a una paradoja insoportable: mientras los medios celebran la incorporación de la provincia a campañas como «Cuba Recicla», la realidad en las calles es un basurero inmenso. Incluso el gobierno calificó la incineración como una «medida de contingencia» no sostenible en situaciones de emergencia, autorizando «puntos de acopio temporal» para contener el caos.

La situación llegó a tal extremo que la prensa local describió los basureros matanceros como un «tumor putrefacto» que amenaza la salud pública.

En barrios como Versalles, los vertederos no solo bloquean calles, sino que engullen espacios públicos como parques infantiles y las calles aledañas a hospitales y escuelas. Al caminar las calles de Pueblo Nuevo, La Marina o Peñas Altas, solo se puede observar en la expresión de cada persona la indignación y el hastío ante tanta indolencia por los vertederos más fijos que “provisionales”, los cuales ocupan cualquier rincón de la ciudad.

El problema de la quema no termina cuando se apaga la llama. Estamos ante una crisis de salud pública silenciosa y masiva. Al quemar basura a cielo abierto, los residuos plásticos liberan dioxinas y furanos, compuestos altamente cancerígenos. El humo negro que hoy forma parte del paisaje cotidiano de Matanzas es un cóctel de monóxido de carbono y partículas finas que penetran profundamente en los pulmones de cada matancero.

Las redes eléctricas y telefónicas también sufren daños colaterales por el calor, y la ceniza contamina las fuentes de agua subterránea. Estamos hipotecando la salud de una generación a cambio de una «limpieza» ilusoria. La quema no elimina los desechos, solo los transforma en veneno atmosférico y ceniza que luego respiramos.

El problema ambiental de Matanzas no se resuelve con multas ni con campañas de reciclaje cuando no hay camiones que recojan la basura clasificada. La solución requiere combustible, repuestos y un plan de gestión de residuos que funcione, no solo en el papel, sino en las calles de la ciudad. Mientras tanto, el matancero sobrevive entre el humo, pagando con sus pulmones un problema que no creó, pero que le explota en la cara.

Necesitamos urgentemente una estrategia que priorice la salud ambiental por encima de la propaganda. Porque una ciudad que se quema a sí misma no es una ciudad que avanza; es una ciudad que, lentamente, se convierte en ceniza. (ALH)

Liz Lenay Guerrero Pérez/Estudiante de Periodismo

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