Dentro de la poesía mambisa cubana sobresalen, por curiosos, los poemas dedicados a la jutía y el boniato.
En el siglo XIX el pueblo cubano luchó treinta años por su independencia. Fueron tres guerras, numerosos intentos armados fallidos y sacrificios sin cuento. Durante el tiempo en que estuvo alzado en armas, fueron muchas las formas en que se las ingenió para sobrevivir a la dura campaña militar. Existen dos poemas que reflejan este aspecto, dedicados a dos de los alimentos más utilizados por los mambises: el boniato y la jutía.
Oda al boniato
El autor del poema “El boniato” fue el patriota y maestro bayamés José María Izaguirre. Participó en el alzamiento de la Demajagua, integró la Asamblea de Guáimaro, fue electo a la Cámara de Representantes y formó parte del gobierno de Carlos M. de Céspedes. Se destacó como educador. “El boniato” se publicó sin fecha en el libro Asuntos cubanos. Colección de artículos y poesías (1896), volumen donde Izaguirre recopiló diversos materiales, escritos por él y otros autores cubanos y latinoamericanos. El texto de este poema dice:
“El boniato”
“Oh tú! fecunda planta
que en nuestras tierras criollas
tu fruto desarrollas
con sin igual vigor!
Permite que te cante,
pues tu virtud admira,
en su inacorde lira
un pobre trovador.
Tú tiendes por el suelo
Con tinte de esmeralda
exuberante falda
de hoja, bejuco y flor.
Y escondes en la tierra
con interés prolijo,
como la madre al hijo,
tu fruto seductor.
En la mesa del pobre
suculento y asado,
eres, con miel mezclado,
la gloria del hogar;
Y en la opulenta mesa,
servido en gran vajilla,
con rica mantequilla,
solaz del paladar.
Mientras la dulce caña,
la yuca feculante,
y el plátano sonante
de producción sin par,
Negaban al patriota
en alimento sin tacha,
tronchados por el hacha
del rudo militar.
Tú sólo generoso
que hambriento le veías,
ufano le ofrecías
el fruto de tu amor.
El bárbaro soldado
segaba tu follaje,
sin ver que tal ultraje
te daba más vigor.
A veces por el hambre
vagando atormentado,
tu hallazgo afortunado
mi situación salvó.
Y entonces el tormento
la pena inconcebible
que causa el hambre horrible,
con rapidez pasó.
Allá en Santo Domingo,
cuando la guerra hacían,
la jíquima comían
que el suelo les brindó:
Y sin ceder un paso,
y jíquima comiendo,
y al español batiendo,
por fin se libertó.
Así mi pueblo amado
que gime bajo el yugo
de un bárbaro verdugo,
se quiere libertar.
Y sin ceder un paso,
tu fécula comiendo,
y al español batiendo,
tendrá su libertad.
Bendita tú mil veces
¡oh planta generosa!
que en nuestra tierra hermosa
produces tanto bien.
El cielo te proteja,
cual tu bejuco triste,
que a veces se reviste
con tonos de laurel.
Vendrán mejores tiempos
en que mi Cuba hermosa
te mostrará gozosa
su inmensa gratitud:
Cuando en el cielo tienda,
cual limpia luminaria,
la estrella solitaria
su esplendorosa luz,
Te rendirán coronas,
y ver podrás entonces,
en mármoles y bronces
eternizar tu acción.
Admite mientras llega
tan suspirado día,
el himno que te envía
mi amante corazón”.
Canto a la jutía
Más conocido es “La jutía”, poema escrito por Ramón Roa. Nacido en La Habana, se incorporó a la Guerra de los Diez Años, donde participó en varios combates, alcanzó el grado de teniente coronel y fue ayudante de Ignacio Agramonte. Formó parte del Comité Revolucionario del Centro, creado en 1878 para el acuerdo y firma del Pacto del Zanjón. El poema a la jutía lo escribió Roa en Camagüey en 1877, estando en campaña, aunque no se conoce dónde se publicó por vez primera.

Se hizo célebre al ser mencionado por José Martí en el discurso conocido por el nombre de “Con todos y para el bien de todos”, pronunciado en el Liceo de Tampa el 26 de noviembre de 1891. Tras esta alusión se desató una polémica que involucró a José Martí y Enrique Collazo, principalmente. La causa fue la crítica que realizó el Apóstol al libro A pie y descalzo (1890), donde Roa narró las vicisitudes de su vida en la manigua mambisa. El párrafo que José Martí le dedicó fue el siguiente:
“¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? ¡Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:—«Mienten»”.
El poema “Jutía”, “La jutía”, o “A la jutía”, como también se le conoció, dice lo siguiente:
“¡Oh trópico iracundo do se encierra,
formando cataratas,
la lluvia torrencial que cubre el suelo,
y manda al extranjero en esta tierra
—si viene con bravatas
que el viaje emprenda chapuzando al cielo!
Presta a mi voz la fuerza prepotente
del huracán que ruge entre los mares,
y así la escuche atónita la gente
del Polo al Mediodía,
porque quiero entonar desde mis lares
un canto de loor a la jutía!
No la veis?. . . Ahí está!. . . Árbol coposo
que el ángulo delinea de una Y griega,
es su albergue dichoso
do el jíbaro famélico no llega
con ansias de clavar agudo el diente;
por eso ella sonríe, ajena de congojas,
aspirando a sus anchas el ambiente,
y deja al padre sol que allí le envíe
sus tibios rayos entre verdes hojas.
Su amante compañera,
dueña y señora del cupey vecino,
frenética la llama, y al responder vivaz y zalamera,
sin contar los abrojos del camino,
pasa de rama en rama,
hasta adormirse en plática amorosa,
olvidando que a veces la fortuna,
voltaria y caprichosa,
si presto no se advierte,
con la envidia malévola se aduna,
y al que tiene más vida le da muerte.
Ya llega el cazador infatigable,
que el árbol trepa de arrogancia lleno;
ya corren, saltan, rugen y se agitan
desafiando la suerte ineluctable;
mas todo en vano, que el follaje ameno
impídeles la fuga; al fin se irritan cual fieras acosadas,
y al volverse sin tino, amenazando
matarle a dentelladas,
el rudo cazador, con gran destreza,
las va en tierra sin vida derribando
al golpe de machete en la cabeza;
mientras que abajo el gozo jutíero,
sin vanos artificios,
se encrespa y gruñe como tigre fiero,
celoso de alcanzar los desperdicios.
Mas no mueres, jutía! Porque entonces
nace tu eterna fama,
la fama voladora,
más firme que los mármoles y bronces,
con que el tenaz cubano te proclama
de Cuba salvadora! . . .
Contestadme de hinojos, desgraciados,
que pizca no tenéis de sentimiento, ¿qué fuera de estos ínclitos soldados,
en ancho valle, en espesura ignota,
si a faltarles llegara el alimento
que les diera vigor en la batalla?
¿Ni quién subyuga al férvido patriota
que en el bosque mil veces centenario
encuentra su vitualla,
sin costos ni dispendios al Erario,
al par que su enemigo el altanero, para nutrir las filas de su tropa,
en busca de dinero
revuelve los mercados de la Europa?
Por falta de calzado,
en las breñas que erizan el camino,
¿cuánto pie delicado no privara a su dueño del divino
laurel que simboliza la victoria,
si artesano afanoso
la piel de la jutía no curtiera
y zapatos le diera
para salir avante en la jornada?
Del gastado armamento, ¿qué sería,
si no fuera en sus piezas restregada
la reluciente grasa de jutía?
A prueba de ciclones,
para en salvo llevar las municiones,
la curtida canana, ¿a quién se debe?
Un pigmeo ha de ser, mísero idiota,
no de estirpe cubana,
quien no sabe encumbrarte, o no se atreve,
¡oh jutía! que ofreces al patriota
alimento y calzado, arma y canana!
Yo admiro ese taller donde se curte
tu codiciada piel con la corteza
de que amable nos surte la próvida y feraz Naturaleza;
las rústicas canoas, el adobo,
y el curtidor paciente
que se reclina a ratos indolente
bajo el verde dosel de un algarrobo.
Bien recuerdo, de goces extasiado,
que al ángel bello de mi amor bendito,
por haberse en la danza columpiado,
le vi, por dicha mía,
el breve pie, minúsculo y bonito,
calzado con chapines de jutía.
Y la guitarra, en fin, cubana orquesta,
el alma de la fiesta,
que poblaba los aires de armonía,
muda hubiera yacido y silenciosa,
si mano generosa
no la armara con cuerdas de jutía.
¡Oh, jutía inmortal! Al mismo Homero
el genio no bastara,
discantando tu gloria,
para soñar siquiera cuan preclara
por siempre habrás de ser ante la Historia!
Yo sólo sé que cuando triunfe Cuba
y su bandera a las almenas suba
—porque palma y laurel orlen su frente— ,
la amada patria mía pondrá sobre su escudo: —«¡Independiente
por la gracia de Dios y la jutía!»”.
Esta versión del poema de Ramón Roa la incluyó el médico y coronel Matías Duque en el libro Nuestra patria (1925), donde planteó que la conservaba “inédita” el bibliógrafo e historiador Domingo Figarola Caneda. No coincide del todo con la que insertó Raúl Roa en el segundo tomo de Con la pluma y el machete (1950), compendio de las obras poéticas de su abuelo Ramón Roa. Incluso, en el libro de Duque apareció una estrofa, la que comienza “¿Ni quién subyuga al férvido patriota…”, que no está en el poema editado en 1950. Según Raúl Roa lo acompañaba una nota que decía:
“Pensada un día en que estaba enfermo, y conservada en la memoria, hasta que hallé papel para escribirla, algunos días después en el Rancho de los Cisneros”.
“Al boniato” y “Jutía, no fueron incluidos en la antología Los poetas de la guerra (1893). La compiló Serafín Sánchez con prólogo de José Martí y notas de varios autores, entre ellos el propio Martí. Sin embargo, son dos ejemplos que describen lo que escribió el Apóstol al presentar a los lectores este libro sublime:
“Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal a veces, pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien”.
