El venezolano Gonzalo Peoli se destacó por su labor educativa, científica y literaria en Matanzas.

En La Guaira, Venezuela, nació Gonzalo Peoli Mancebo, el 10 de enero de 1835. Hizo los primeros estudios en Caracas e incluso comenzó en la Universidad, pero el inicio de una de las tantas revoluciones y guerras en ese país, le hicieron, a instancias de su madre, salir de su patria. Su padre ya había estado en Cuba a principios de siglo, donde estuvo involucrado en la conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar.

Gonzalo Peoli llegó a Santiago de Cuba en 1849, viajó a La Habana en 1851 y al año siguiente arribó a Matanzas. Aquí vivía su hermano Juan Jorge Peoli, quien era profesor de Dibujo en el Colegio La Empresa y con el tiempo llegó a ser un famoso pintor. Enamorado de la ciudad y su gente, Gonzalo Peoli se radicó definitivamente en Matanzas. Influyó, sobre todo, que Eusebio Guiteras, director de La Empresa, le propuso trabajar como profesor en el célebre plantel.

Se trasladó a Nueva York años después, 1853-1854, con el objetivo de estudiar inglés, idioma que dominó casi a la perfección. También tuvo un amplio conocimiento del francés y del italiano, e hizo traducciones del latín y el griego. Aunque durante algún tiempo pensó regresar a Venezuela, desechó esa idea en 1864, año en que contrajo matrimonio con una joven yumurina.

El 11 de mayo de 1856, Gonzalo Peoli fue protagonista de un hecho singular. Ese día acompañó al aeronauta francés Eugenio Godard en una ascensión en globo sobre la ciudad de Matanzas. Sobre este acontecimiento dejó una sabrosa crónica. Acerca de cómo disfrutó del paisaje yumurino desde las alturas, escribió:

“El panorama que se va presentando a medida que se asciende, es seguramente encantador y digno de contemplarse: primero se ve la ciudad como recogida toda en un solo punto; en seguida aparecen los magníficos campos que la rodean; los montes, los collados, los valles llenos de verdor y engalanados por cristalinos ríos, que aparecen como ribetes de plata sobre alfombras de esmeraldas: luego, y a mayor altura, desaparecen todas las pequeñas lomas y colinas que separan un valle de otro, y al fin queda el alma extasiada contemplando los de Yumurí y San Juan y todos los campos que alcanza la vista, formando un inmenso valle de gigantescas dimensiones y espléndida hermosura. Mas tarde todas estas bellezas pierden su encanto ante el magnífico espectáculo de los mares que azotan las costas de nuestra isla: entonces se contempla todo el esplendor de la naturaleza, todo el poder de su autor”.

Gonzalo Peoli estuvo entre los que participaron en la fundación del Liceo Artístico y Literario de Matanzas en 1859, donde fue secretario y director de la Sección de Literatura. Desde ella promovió la realización de veladas y la publicación de la revista de la institución Al año siguiente, según dato que aparece en la revista Liceo de Matanzas, impartió clases públicas de Psicología y Lógica. Fue uno de los que gestionó la presencia en Matanzas de la artista venezolana Teresa Carreño, entonces una niña pero ya virtuosa del piano, en 1863. También trató de que se presentara en Cárdenas, pero al parecer no fue posible.

Gonzalo Peoli volvió a visitar Estados Unidos en 1867, y ante los reclamos de su hermano Juan Jorge, quien le pidió se quedara como maestro de sus hijos, le replicó que “…la Empresa y sus discípulos eran para él seres queridos, a los cuales no podía abandonar…”. Y así fue. La labor que desarrolló en esta escuela entrañable, ocupó un lugar especial en su vida y obra.

El maestro de la libertad

Aunque la labor principal de Gonzalo Peoli como catedrático en el Colegio La Empresa, fue en la asignatura de Filosofía, todo indica que también dio clases de Gramática e Inglés. Fue profesor, tanto de la primera como de la segunda enseñanza que allí se impartía. La experiencia que adquirió en ese lugar, donde trabajo por casi veinte años, le permitió sustentar ideas pedagógicas de avanzada.

En un discurso que pronunció en 1860, en el Colegio La Empresa, que tuvo como tema central la educación, defendió que “…la educación es y será siempre el cimiento de la felicidad de los pueblos”. Sostuvo, además, que “…así como la verdad es una y uno el medio para conocerla, así también uno es el medio de convertir el niño en hombre: la educación”. Seis años después, en una alocución que dedicó a la filosofía defendió:

“La idea del deber y el conocimiento de nuestros derechos son el principio de la felicidad de los pueblos; borrad la una y no hallareis los otros; haced que brille la primera, y al instante aparecerá la convicción de nuestros derechos: quitad al sol, y las tinieblas envolverán el mundo físico; quitad la justicia y la libertad moral; ¡borrad de la conciencia humana las grandes ideas del deber y el derecho, y el hombre ha desaparecido para siempre!”.

Al año siguiente, 1867, leyó otro discurso en el que destacó la importancia de la escuela para el porvenir de la sociedad. En esta oportunidad expresó:

“El colegio, señores, donde el profesor y el discípulo son amigos, y hasta hermanos; donde se inculca en el alma del niño la idea del deber y del derecho, en su verdadera acepción; en donde se fabrican inteligencias, como ha dicho un célebre escritor inglés, ese colegio, señores, ¡es el templo más sagrado que puede existir sobre la tierra! En él nos encontramos, y en él debemos realizar los sacratísimos deberes que nos demanda imperiosamente el porvenir”.

Placa que recuerda el lugar donde radicó el Colegio La Empresa. Archivo del autor.

Al abrir sus puertas el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas en 1865, a Gonzalo Peoli se le ofreció la Cátedra de Filosofía. Fue una muestra del prestigio que había alcanzado por su labor como profesor de esa materia. De acuerdo con la legislación vigente, para acceder a ese puesto debía renunciar a la ciudadanía venezolana y abrazar la española, lo cual no aceptó.

En 1866 la revista habanera La Idea hizo un extenso comentario sobre los exámenes verificados en el Colegio La Empresa. Fueron elogiados los realizados en las asignaturas de Dibujo Lineal, Geografía Universal, Geografía e Historia de la Isla de Cuba, Física y Química. Sobre Gonzalo Peoli se agregó:

“Nos pesa de todo corazón no haber podido presenciar la clase de filosofía que dirige D. Gonzalo Peoli y que debió examinarse en la siguiente noche. Tenemos noticias muy favorables de esa enseñanza en el colegio de La Empresa y estamos persuadidos de que hubiéramos pasado un rato agradable oyendo a los alumnos del Sr. Peoli”.

Gonzalo Peoli fue un maestro amado por sus alumnos. El 15 de marzo de 1876, desde los campos de Cuba Libre en Camagüey, le escribió Luis Victoriano Betancourt. Este destacado hombre civil del 68 había sido discípulo de Gonzalo Peoli en el Colegio La Empresa. Los elogios que le dedicó a su antiguo maestro, fueron el mejor homenaje:

“Querido amigo y antiguo maestro. Aunque el tiempo, la distancia y los azares de mi vida forman un gran vacío entre el día de hoy y aquel en que abandoné los bancos queridos de La Empresa, jamás olvidaré a los que como V. desde mis primeros años me enseñaron a amar la ciencia y aspirar a la libertad. Yo recuerdo aún los sábados aquellos de «composición» en la clase de gramática, cuando me animaba V. a que escribiera siempre cartas y composiciones, aunque fuesen malas; recuerdo la clase de filosofía, en que a la luz de la versad, infiltraba V. en nuestras almas las ides más liberales y generosas del siglo XIX…”.

Obras

Portada del libro Poesías de Gonzalo Peoli (1858). Archivo del autor.

Gonzalo Peoli publicó en Matanzas un volumen de Poesías (1858) y también Albores de la libertad (1869), sus principales obras en Cuba. El título de este último libro, por la fecha en que se imprimió, es significativo y quizás influyó en la decisión de expulsarlo de Cuba. Lo dedicó al general José Antonio Páez, héroe de la independencia y expresidente de Venezuela, al que consideró “…su amantísimo amigo y compatriota”. En él compiló los siguientes textos en prosa, que ofrecen una idea de las ideas filosóficas y pedagógicas que defendió:

“El cólera de las almas”, “Sobre la educación”, “Impresiones de un paseo aéreo”, “Origen de nuestros conocimientos”, “Relación entre el alma y el cuerpo”, “Discurso leído en los primeros Juegos Florales que celebró el Liceo de Matanzas”, “A la memoria del señor Don José de la Luz y Caballero”, “Discurso pronunciado por su autor en los exámenes del Colegio de La Empresa, en agosto de 1866”, “Discurso pronunciado en los exámenes del Colegio La Empresa en 1867” y “Caracas, Diciembre 28 de 1862”.

Se incluyeron, además, los poemas “A la libertad”, “En medio de la noche”, “Contemplando el retrato de Celia”, “En la muerte del sabio y virtuoso cubano José de la Luz y Caballero”, “La perjura”, “La amante fiel”, “Dios” y “En la tumba de José Jacinto Milanés”. Sobre crítica literaria y estética trató en “Sr. D. B. de la T.” y “A mi amigo Fernando”. También apareció la biografía “Víctor Caballero y Valero”.

Portada del libro Albores de la libertad (1869). Archivo del autor.

El texto más célebre de los que incluyó en Albores de la libertad fue “Los siete pájaros negros. Reminiscencia de un sueño”, de 1864. Lo escribió, a modo de parábola, tras la llegada a Matanzas de unos misioneros jesuitas con la intención de fundar un colegio, lo cual alarmó a los elementos liberales de la ciudad. Con astutos ardides, Gonzalo Peoli logró convencer al censor de imprenta, amigo suyo, de publicar el texto en un periódico.

Hecho esto, las autoridades se percataron de lo sucedido y confiscaron ese número. Ante la intención de castigar al censor por haberlo permitido, Peoli se presentó ante el gobernador Pedro Esteban y asumió la responsabilidad por lo sucedido. Se dispuso entonces que el censor continuara en su puesto, con el apoyo incluso del Capitán General. Peoli no fue molestado, pero los jesuitas no tuvieron éxito en su misión.

En 1879, la revista matancera El Pensamiento, comentó acerca de Albores de la libertad y su autor:

“En días pasados leímos en un suelto de nuestro apreciable colega El Ateneo, que en la Secretaría de la sociedad de ese nombre había algunos ejemplares, en venta, del libro que con el título de estas líneas escribió Gonzalo Peoli”.

“Nosotros advertimos a los que lo ignoren, y recordamos a los que hayan podido olvidarlo, que Gonzalo Peoli, aunque venezolano, amó a Cuba hasta el extremo de morir por ella en suelo extraño”.

“Hoy la distinguida matancera viuda de ese ilustrado literato ha regresado a la patria con dos niños que llevan el digno apellido de aquel buen hermano, y de la colocación del citado libro depende hoy por hoy la subsistencia de la infortunada viuda y sus huérfanos”.

“No olviden, pues, los buenos, que en el Ateneo pueden comprar los Albores de la libertad”.

Textos de Gonzalo Peoli, en verso y en prosa, aparecieron en Aurora del Yumurí, Liceo de Matanzas, Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, Cuba Literaria, Revista de la Habana y Revista Habanera. Publicó poemas en El Orden, de Santiago de Cuba, y en La Estrella, de México. Colaboró en compilaciones como el Aguinaldo de Luisa Molina (1856), con los poemas “A…” y “Fragmento de un canto sobre el juicio final”. En Un recuerdo a Sisi (1860), se incluyó un poema de su autoría: “En la muerte de la Señorita Doña Merced Gener”.

Exilio y final

Tras el inicio de la Guerra de los Diez Años, en 1868, todo se vino abajo. El Colegio La Empresa fue cerrado y Gonzalo Peoli se vio obligado a trabajar en colegios privados de la ciudad. Precisamente en uno de estos, el Santa Cristina, se vio involucrado en un incidente, durante un examen público, provocado intencionalmente para separarlo de la docencia por sus bien conocidas ideas separatistas. El gobernador de Matanzas, el célebre Juan N. Burriel, dictó medida administrativa contra él y se le ordenó abandonar el país.

Obligado por las circunstancias y temeroso por su vida, salió de Matanzas con su familia el 12 de febrero de 1872, con escasos bienes de fortuna y gracias al dinero que le dieron unos amigos. Viajó a Nueva York y pensó establecerse en Filadelfia, pero no fue posible. Se dirigió entonces a Veracruz con su esposa y cuatro hijos, donde le fue muy difícil conseguir plaza de maestro. Así se lo pronosticó su amigo José Victoriano Betancourt, al escribirle:

“Aquí las escuelas y empleos profesionales de enseñanza se conceden por rigurosa oposición; hoy no hay aquí vacante. Quizás en el Estado de Veracruz haya en algún pueblo alguna vacante”.

Efectivamente, Gonzalo Peoli sólo consiguió una plaza de primer ayudante en una escuela pública. No obstante, se conservan anécdotas que demuestran que en aquellas tierras también demostró sus cualidades como maestro y supo ganarse el afecto de sus discípulos. Además, logró publicar un volumen de Gramática castellana adaptada a la capacidad de los niños que estudian esta lengua en las escuelas primarias de Veracruz (1874), libro de texto que fue muy elogiado y tuvo una segunda edición en 1875.

Agobiado por la miseria y las penurias, Gonzalo Peoli murió el 17 de septiembre de 1877, debido a la tuberculosis, en la ciudad de Veracruz. Tenía 42 años. Hasta en sus últimos días defendió el derecho de los cubanos a ser libres. El joven cubano Florencio Suzarte, otro de los discípulos de Gonzalo Peoli en Matanzas, escribió un artículo de homenaje:

“En la noche del 17 de corriente falleció, allá en los confines de extramuros, después de largos y dolorosos padecimientos y presa de una terrible miseria, cuyos grados no sospechaban sus amigos, el distinguido profesor Gonzalo Peoli”.

“Era Peoli hombre de clarísima inteligencia, de variados y no comunes conocimientos, escribía con elegancia y hacía bellos versos. Catedrático de filosofía, gramática e inglés por más de veinte años en el afamado Colegio La Empresa, de Matanzas, llevó allí una vida feliz y desahogada, gozando del aprecio del público…”.

Al día siguiente de su fallecimiento, el escritor cubano José Quintín Suzarte, uno de sus grandes amigos, le escribió a su viuda, la matancera Teresa Caraballo:

“El huracán revolucionario lo arrancó a sus tranquilas y útiles tareas, lanzándolo con su familia a los azares del destierro y luchando con ellos ha sucumbido. Su carácter excesivamente pundonoroso y sensible, sus ideas sobre la dignidad que rayaban quizá en orgullo, precipitaron el fin de sus días. Paz a sus restos! Ventura para su espíritu! Simpatía para su recuerdo! Gloria de mártir para su nombre!”.

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