El historiador y ensayista Francisco Figueras fue un reconocido escritor cardenense.
Nacido en Cárdenas en 1853, Francisco Figueras Larzábal realizó los primeros estudios en su ciudad natal. Cursó la carrera de derecho en la Universidad de La Habana y ejerció como abogado en esa misma localidad y en Cárdenas. Ingresó en el Partido Liberal Autonomista desde su fundación y formó parte de la Junta Local de esta agrupación política en Cárdenas. Emigró a Estados Unidos tras el inicio de la guerra de Independencia en 1895 y se estableció en Cayo Hueso y Nueva York.

En la emigración Francisco Figueras desplegó una intensa actividad en apoyo a los libertadores cubanos. Fue vicepresidente de la Liga Cubanoamericana y tesorero de la Sociedad Cubana de Estudios Jurídicos y Económicos, creada en Nueva York en 1896. Esta asociación, que presidió Enrique José Varona y agrupó a representantes de la burguesía independentista, fue polémico y duró poco tiempo. Entre sus miembros estuvieron Manuel Sanguily, Gonzalo de Quesada y Nicolás Heredia, entre otros.
Al ocurrir el fin de la guerra y el inicio de la ocupación militar estadounidense en Cuba, Francisco Figueras regresó a su patria. Algunas fuentes destacan que dirigió el periódico La Época, de La Habana, que se imprimió con textos en inglés y en español en 1899. Hasta donde se conoce, Francisco Figueras nunca participó en la política durante la República. Siguió siendo, sin embargo, un atento observador de las problemáticas nacionales que se dedicó a escribir libros y artículos de opinión. De acuerdo con Joaquín N. Aramburu, según reseñó en 1912:
“…los años y los desengaños han matado en él toda fe en los hombres representativos y toda ilusión en las luchas de la política. Ya no cree sino en muy pocas cosas y en muy contados hombres”.
Francisco Figueras murió en La Habana, el 2 de julio de 1933, sumido en el olvido y casi desconocido por sus contemporáneos.
Ante el dilema cubano
El final de la Guerra de la Independencia y la intervención en Cuba de los Estados Unidos, puso a los cubanos ante un problema que no habían contemplado. España ya no estaba en Cuba, pero aún no se lograba la creación de la República soñada. El país quedó en un limbo, que se decidió, sin la anuencia de los mambises, en el Tratado de París. Ante esta situación, Francisco Figueras consideró que la actitud verdaderamente patriótica era decir lo que pensaba acerca de la solución que consideró más adecuada para el dilema cubano.

Las primeras ideas las formuló en un folleto de 83 páginas que tituló Cuba libre. Anexión o independencia (1898). Desde el inicio Figueras reconoció la nueva situación derivada de la intervención yanqui. Destacó en sus palabras el arrojo de los cubanos en la guerra contra España, librada en condiciones muy desiguales, contra “…un despliegue de fuerzas nunca igualado en guerra colonial alguna”. Tras un extenso análisis sobre las condiciones en que quedaba Cuba después de la contienda, señaló que sólo se veían tres soluciones: independencia inmediata y absoluta, independencia con el protectorado americano y anexión más o menos inmediata a los Estados Unidos.
Al analizar esas opciones, calificó la independencia como “noble, santa y levantadísima noción”, la cual, sin embargo, estaba en “estado embrionario”, por lo que concluyó, Cuba no estaba preparada para constituirse en un estado independiente. Fue prolijo Figueras en exponer ejemplos de la inestabilidad de las repúblicas latinoamericanas, como premonición de lo que sucedería en el país.
Al comentar sobre el protectorado, Francisco Figueras expuso también las razones por las cuales lo creía inviable, al considerarla una independencia “ficticia y nominal”, pues los gobiernos estarían “…bajo la presión vergonzosa de las bayonetas de un ejército americano”. Por último, expuso las consideraciones que le hacían sostener que la anexión era la “…solución que nos parece más digna, si como es natural, es aceptada por la mayoría de los cubanos…”.
Para ello expuso argumentos históricos sobre el desarrollo de la idea anexionista en Cuba. Para él era un “hecho fatal”, que no podría evitarse según afirmó. Se manifestó, en este sentido, fiel partidario de la “teoría de la fruta madura”, según la cual Cuba caería por su propio peso, más tarde o más temprano, en el seno de la nación norteña. No dejó, por último, de enumerar las que consideró ventajas derivada de la anexión.
En las conclusiones que expuso en este texto, Francisco Figueras afirmó :
“Los revolucionarios cubanos, aunque hemos vencido in potentia, no hemos vencido in actu, y carecemos por ende de la autoridad moral y material necesaria para imponer al pueblo entero de Cuba, la síntesis de la independencia.
La independencia no resuelve por modo absoluto y permanente las fases distintas del problema cubano. Es un majar demasiado suculento para el estómago de una sociedad anémica y amenazada de total descomposición.
El protectorado, o es inútil, si se concreta al orden internacional, o es incompatible con la independencia, si al orden interno es también atañedero.
La anexión atiende por modo felicísimo a todas las necesidades morales, sociales, políticas y económicas del pueblo de Cuba.
La intervención estadounidense y la suerte que mediante ella, ha cabido a Puerto Rico y cabrá a Filipinas, imponen la anexión, con imposición superior a la voluntad de los cubanos.
Que antes que impuesta por la coacción, ya sea esta moral o material, vale más que los cubanos la dignifiquen con su asentimiento.
Cuba es ahora libre. Su destino está en sus manos. Alea jacta est. ¡Que la Providencia con su dedo inmortal haga deslizar de la urna el dado de la anexión!”.
Al año siguiente, en carta que el Diario de la Marina publicó el 11 de diciembre de 1899, aclaró una alusión que le había realizado el periódico La Discusión. En ella escribió:
“Durante mi permanencia en Washington no se ha levantado en mi presencia voz alguna que no sea para reafirmar el derecho natural que tiene Cuba a constituirse y establecerse según su albedrío y voluntad. Para el caso que las determinaciones de esa voluntad la condujeran a la anexión, tampoco he oído levantarse voz alguna en contra de esa solución, pues he tenido ocasión de observar que los mismos que condenan la expansión por el rumbo de Filipinas, se mantienen en un honesto silencio cuando se trata de ella por el rumbo del mar de las Antillas”.
La segunda intervención
El segundo libro de Francisco Figueras, que tituló La intervención y su política (1906), lo motivó la segunda intervención ocupación yanqui, causada por el ansía reeleccionista del presidente Tomás Estrada Palma y la intransigencia de los liberales. De contenido aún más pesimista que el texto de 1898, reflejó la decepción del autor ante los lamentables acontecimientos ocurridos.

En las páginas de este folleto Francisco Figueras se mostró sumamente crítico con la obra realizada por el primer gobierno republicano, en tanto dejó de hacer los cambios necesarios para comenzar a superar los males de la colonia. También señaló la responsabilidad de los interventores de 1899 y la falta de educación republicana, como causantes de la debacle de 1906. Sostuvo que el protectorado derivado de la Enmienda Platt era “…absolutamente incompatible con la independencia”.
Para Figueras la solución estaba en “americanizar” a Cuba. Esto debían hacerlo los Estados Unidos, por medio de la “penetración pacífica” y “sin sacudimientos ni violencias”. A diferencia de sus ideas de 1898, consideró que no era necesario el asentimiento de los cubanos. Vencido por las circunstancias y más pesimista que nunca, se rendía ante la ley del más fuerte. Siempre sosteniendo, eso sí, que era lo mejor para Cuba, donde la herencia colonial española había dejado heridas que no era posible cerrar de otra forma.
La intervención y su política, fue una sensación en la Cuba de 1906. Joaquín N. Aramburu, en uno de sus análisis en la sección “Baturrillo”, del Diario de la Marina, declaró que Figueras era “…uno de esos hombres con quienes simpatizo vivamente aunque algunas veces no participe de sus opiniones”. Acerca del libro afirmó:
“El folleto del señor Figueras debe ser leído y releído. No importa la crudeza del estilo: el crítico honrado huye de alambicamientos. Parecerá exagerada la pintura: no importa. Cuando se le contempla largo rato, y la mirada se habitúa a las líneas y a los tonos, parece que las figuras hablan y el paisaje se mueve”.
Otro columnista del Diario de la Marina, Gabriel Camps, también dedicó un comentario a La intervención y su política. Aunque consideró a Figueras un escritor “…culto y de patriotismo sin mácula”, realizó fuertes críticas al texto. Estas fueron, en lo esencial, dirigidas a la defensa de lo mejor de la herencia española y de las características más nobles del pueblo cubano. No por gusto Camps tituló “La cubanofobia” su análisis sobre este libro, que comentó junto a La convulsión cubana, del también cardenense Roque E. Garrigó.
La segunda intervención reavivó la confianza de Francisco Figueras en la anexión a los Estados Unidos como solución a los problemas de Cuba. En 1908 las revistas The Connecticut Magazine y The Journal of American History, publicaron una alocución suya, que tituló “A Cuban’s Letter to Loyal Americans”, en la que hizo notar que veía como próxima y posible la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Dice este texto:
“Debo expresar mi admiración por la constancia y la inquebrantable determinación de los estadounidenses al brindar su valiosa atención a Cuba y a la causa cubana, que aún permanece incierta. Estoy firmemente convencido de que el punto de inflexión en la historia de Cuba está cerca. El destino se cumplirá y, con toda certeza, en muy poco tiempo Cuba será políticamente parte integral de la Mancomunidad Americana”.
“Por mi parte, les agradezco el interés que muestran al presentar mi petición por mi país ante el pueblo estadounidense. La victoria está al alcance de la mano para la libertad y la paz de mi patria. Estoy siempre dispuesto a dedicar los últimos días de mi vida a la lucha final”.
Meses después, en la revista The Journal of American History, se dio a conocer el trabajo “Cuba Libre-Independence or Annexation”, una nueva edición, traducida y mejorada, del libro de 1898, en el que volvió a insistir en la defensa de la anexión. La diferencia entre ambos textos radicó en que los acontecimientos de 1906 arraigaron en Francisco Figueras la idea de que la unión a los Estados Unidos se produciría de cualquier modo, ya fuera pacífico o violento.
La principal obra
Cuba y su evolución colonial (1907) fue el libro más destacado dentro de la obra de Francisco Figueras. Concebido también en el contexto de la segunda ocupación yanqui, fue una acérrima crítica al colonialismo español, acogido muy favorablemente desde que salió de las prensas. El afamado crítico Justo de Lara lo consideró “…admirable por el fondo y la forma”. Destacó que exponía defectos y miserias del país “…más que sin prevenciones, sin piedad”. Después añadió:
“Al terminar la lectura de esta obra originalísima parece que se ha salido de una sala de anatomía. Tendida Cuba sobre la mesa, el autor la ha disecado como un cuerpo en descomposición. Señala, explica y pocas veces discute. El único entusiasmo que siente a veces, es por su trabajo mismo, complaciéndose en ahondar en la descripción y el análisis con el frío espíritu científico…”.
Para Fernando Ortiz el libro Cuba y su evolución colonial era “…una gallardía de la intelectualidad, que debe merecer el aplauso de los buenos y de los honrados”. Consideró, no obstante, que exponía algunas afirmaciones precipitadas y criticó la ausencia de referencias al origen de los datos utilizados por Figueras. Más adelante, añadió:
“…el libro de Figueras, debe señalarse con piedra blanca en el encharcado camino de nuestra vida pública, porque es sincero, porque rompe los moldes de barro de la opinión organizada, porque es personal y libre de dogmatismos anacrónicos y de credos caducos, porque no muestra al público los chillones colorines de infantiles baratijas, porque no le admite a este la moneda falsa de la aprobación inconsciente, porque no envuelve sus ideas en floreados papeles de retórica, porque es valiente”.
A propósito de este libro, su coterráneo Roque E. Garrigó, apuntó:
“Figueras, obrero lento, parsimonioso y rudo, es el apóstol de la verdad en cueros vivos, que conoce en todos sus pliegues la mentira; y para quien el futuro, es una gracia cuyos beneficios ni le halagan ni le sorprenderán seguramente”.
Según el periodista Joaquín N. Aramburo, era “…el libro sobre los problemas nacionales de Cuba que más me ha sugestionado…”. Acerca del autor destacó:
“…don Francisco Figueras: un hombre todo sinceridad, que ha aprendido a decir lo que siente y cómo piensa, claro y recio, rudo y seco, como es característico de la raza euskara de que procede”. (…) “Tiene el señor Figuera una cualidad que le distingue de todos los moralistas y observadores criollos. Es más que sinceridad, más que rudeza en el apóstrofe y frío en el cargo, una especie de abnegación sui géneris, de auto-condenación al juzgar de las condiciones de los demás: se juzga él mismo antes. No se considera impecable, no funge de dómine; se clasifica como el término medio entre elevados e ignaros, el tipo común de la especie, uno de tantos; se ausculta, se oye, se tantea y lo que de sí resuelve a los otros lo aplica”.

En enero de 1907, al salir impreso este libro, la revista Cuba y América reprodujo el capítulo que Francisco Figueras dedicó a la mujer cubana. En la introducción a la edición de 1960, el historiador Elías Entralgo lo valoró como una de las obras “…más importantes entre las editadas en nuestro país en todo tiempo”.
Con motivo de esa segunda y última edición, José Rodríguez Feo publicó en Lunes de Revolución la reseña crítica “Un libro para todos los cubanos” (1960). En ella calificó Cuba y su evolución colonial de “…obra fecunda y cubanísima que mereció el desdén y el olvido de las generaciones anteriores…”. Sobre su autor, expresó que era “…uno de los jueces más severos y sinceros del proceso colonial de Cuba”. Además, añadió que
“…el libro tiene la virtud de poner ante nosotros el espejo puro y lúcido de nuestro pasado colonial, En él se yen retratados todos los vicios, defectos y peculiaridades del carácter cubano, o de su falta de carácter. En este libro están las consideraciones sociológicas, políticas y económicas que sirven para explicarnos el porqué de los males y trastornos que constituían la civilización hispano-cubana”.
Para Rodríguez Feo eran inaceptables varios de los criterios que Francisco Figueras defendió en su libro. Entre ellos algunos puramente especulativos sobre los orígenes de las que llamó “patologías sociales”, así como considerar a los negros una raza inferior, o la fe ciega en la educación, entre otros aspectos. No obstante, el balance final era positivo. Apuntó al respecto:
“Lo más fascinante de la obra son sus observaciones sobre las virtudes y vicios, así como los caracteres físicos y psíquicos del cubano”. (…) “Mucho se podría decir de este libro admirable y terrible. Basta señalar que debe ser lectura de todos los cubanos que quieran explicarse un poco el pasado bochornoso y corrompido de nuestra historia. Indudablemente, Figueras viene a recordarnos que la mayoría de nuestros defectos se remontan a la Colonia y que tras estudiar los orígenes de estos padecimientos, debemos adelantarnos por el camino del futuro con el ánimo de que jamás volveremos a caer en los vicios y las inmoralidades del pasado”.
El último libro
Otro libro, el último que publicó Francisco Figueras, fue El arte de la caza en Cuba (1912). El tema escogido demostró el alejamiento de la esencia de sus anteriores obras, decepcionado por el rumbo tomado por la política nacional. La cetrería fue, en los últimos años de su existencia, la pasión fundamental de su vida. Sobre esta obra escribió Joaquín N. Aramburu:
“…confieso haber sufrido una decepción, por la índole del libro; en estos momentos críticos de nuestra vida, frente a soluciones casi inevitables, yo hubiera querido otra obra de color político, de estudio—como los que Figueras sabe hacer—de nuestra psicología, de las incidencias que nos amenazan y de las finalidades a que estamos destinados”.

Al hacer la presentación de este texto en el Diario de la Marina, el crítico Mario Muñoz Bustamante, destacó:
“Yo conocía al señor Figueras por otras producciones suyas, muy bien pensadas y pergeñadas, sobre historia política de Cuba. Este flamante volumen le revela como un gran «sport-man» y como un delicioso escritor de amenidades. Al señor [Joaquín N. Aramburu] le extraña que el señor Figueras se aparezca a la hora presente hablando de caza y no continúe por su antigua senda de politiquerías”.
“Hace perfectamente el señor Figueras, quien ha salido airoso de su último empeño. El arte de la caza en Cuba es un libro interesante aquí y en todas partes. El cazador y el profano encuentra en él lectura sabrosa, fresca, interesantes, así como útiles enseñanzas y buenos principios. Don Francisco habla con una experiencia de cuarenta años, en prosa clara y semi festiva. No se le pasa nada por alto ni deja punto oscuro. Enseña deleitando”.
“Pero lo más asombroso consiste en que es cazador sin ser embustero y no cuenta en su libro proezas imaginarias, ciñéndose estrictamente a la realidad neta de las cosas y los casos. Aplaudo al señor Figueras por su bella obra cinegética, que prefiero a todos sus trabajos políticos y recomiendo a todos mis hermanos…”.
La vida de Francisco Figueras es casi desconocida en la actualidad. Su obra fue polémica y lo sigue siendo hoy. Defendió, prácticamente en solitario, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, sin reconocer que ya a inicios del siglo XX esa era una causa perdida. Pese a eso, tuvo un raro privilegio: era escuchado y elogiado por sus contemporáneos, quien reconocían en él la sinceridad, un estilo claro y directo en la exposición de sus ideas, pero sobre todo, el amor por Cuba.
