En 1865 y 1866 el político liberal español Eduardo Asquerino visitó la ciudad de Matanzas y la villa de Cárdenas.
Los años 60 del siglo XIX cubano significaron el apogeo del reformismo cubano. Múltiples factores propiciaron que el gobierno español evidenciara que, al fin, se prestaría atención a la necesidad de introducir reformas políticas y económicas en sus colonias americanas. En la creación de esa atmósfera favorable jugó un papel esencial la revista La América, dirigida por el escritor Eduardo Asquerino.
La vida de un político
Al fallecer en Sanlúcar de Barrameda, el 30 de septiembre de 1881, el periodista, poeta, político y diplomático español Eduardo María Mariano Asquerino García había tenido una vida de leyenda. Nacido en Barcelona, el 26 de abril de 1824 fue hermano del también escritor Eusebio Asquerino, ambos hijos de un hombre de ideas liberales, que estuvo exiliado hasta 1834.
Eduardo Asquerino cursó estudios en un colegio de la calle de la Madera en Madrid, donde desde muy temprano dio muestras de su carácter inquieto y rebelde. Ingresó en la Escuela de Ingenieros Civiles, pero se decidió finalmente por la política, la literatura y el teatro. Comenzó a escribir para periódicos de izquierda y de tendencia republicana y democrática. Fue perseguido y desterrado por su participación en la revolución de 1848.

Afiliado al Partido progresista, fue diputado y senador por Valencia, Cádiz e Islas Baleares. Realizó, a partir de 1853 un extenso viaje por Cuba, México, Argentina, Chile y Perú. En México escribió poesías, buscó los restos de Hernán Cortés y fundó el periódico Eco de España. De regreso a Espana, Eduardo Asquerino se destacó en la revolución de 1854, tras la cual se le nombró encargado de negocios y cónsul general en Chile.
Fundó en 1857 la revista La América (1857-1886), de la que fue director hasta 1870. También dirigió la revista El Universal (1867). Se desempeñó, entre 1868 y 1871, como ministro plenipotenciario en Bruselas. También fue representante de España en La Haya y ministro plenipotenciario en Austria. Durante el gobierno republicano de Emilio Castelar, en 1873, intentó sin éxito trasladar los restos de Hernán Cortés a España. Recibió la Gran Cruz de Isabel la Católica y la Cruz del Mérito Militar. Al morir había sido electo senador por la minoría democrática-progresista en la provincia de Huelva.
Escribió Horas perdidas (1842), Ensayos poéticos (1849) y Ecos del corazón (1853). Colaboró en Los españoles pintados por sí mismos (1843 y 1844) y con varios periódicos y revistas. Fue autor, en solitario o como coautor, de varias obras de teatro: Doña Urraca (1838), La judía de Toledo (1843), Casada, virgen y mártir (1843), Españoles sobre todo (1844), Los tesoros del rey (1850), Eulalia (1851), entre otras. En Amor patrio (1879), criticó al gobierno español por no haber abolido la esclavitud en Cuba.
Asquerino en Matanzas
Eduardo Asquerino llegó a Cuba en noviembre de 1865. Su visita significó un espaldarazo a las aspiraciones reformistas de los cubanos, en especial de los agrupados en torno al periódico El Siglo. En La América, revista donde colaboraron destacadas personalidades cubanas como José Antonio Saco, Antonio Bachiller y Morales, Calixto Bernal, entre otros, Asquerino había sido un apasionado defensor de las reformas para las Antillas.
Esto explica el apoteósico recibimiento que se le hizo en La Habana y en otras ciudades de Cuba. Entre ellas estuvo Matanzas, donde Eduardo Asquerino fue homenajeado con un banquete, que según la reseña de El Siglo fue “suntuoso”, en diciembre de 1865. Este evento se celebró en el Teatro Esteban, imponente edificio que llevaba pocos años en funcionamiento, que mostró el gran salón adornado con “elegante sencillez”.
Entre los participantes se contó con lo más escogido de la sociedad matancera de la época. Estuvieron presentes el filántropo, abogado y educador José María Casal, el naturalista, bibliógrafo e historiador Francisco Jimeno y el reconocido farmacéutico Ambrosio C. Sauto. También el ingeniero Rafael R. Carrera, el poeta y pedagogo Emilio Blanchet, el maestro Antonio Guiteras y el médico Domingo Cartaya. Desde La Habana había viajado José Manuel Mestre, quien había participado activamente en el homenaje que Asquerino recibió en esa ciudad.
Al comenzar el banquete, el primer brindis, realizado por Laureano Angulo, se dedicó a la reina Isabel II. Tras otras breves intervenciones, José María Casal brindó en honor del gobernador Pedro Esteban, por saber ejercer su cargo “…con prudencia, con imparcialidad y justicia”. En su turno, Emilio Blanchet realizó una intervención bien audaz:
“¿Para qué nos reunimos hoy en fraternal banquete? Para declarar, como ya lo hicieron nuestros hermanos de la Habana, y como hacerlo deben los demás, a fin de que plenamente conste la verdad, que es Cuba digna, dignísima de alcanzar, en todas las esferas de la existencia social, los adelantos de este siglo, adelantos que fervorosamente anhela. Venimos a declarar que nuestra patria no puede ser odalisca; sí mujer en la más alta acepción de la palabra, mujer acreedora al más noble cariño. Al ver su risueña hermosura, al ver que el cielo y los mares la enamoran a porfía juzgáronla idónea para el harem”.
“No puede serlo la madre de poetas como Heredia y Milanés, de filósofos como La Luz y Varela, de guerreros como Cagigal y Aguiar, de naturalistas como Poey, de químicos cual Reinoso, de estadistas como Arango y Parreño, de jurisconsultos como Bermúdez y Escovedo, de rentistas como Pinillos; no puede serlo la madre de esa gallarda juventud, tan rica de generosas aspiraciones, tan ávida de luz. También a Italia la imaginaron apta únicamente para la molicie, y ya veis lo que es, ya calculáis lo que será”.
Para Bernabé Maidagán, tiempo después un renombrado periodista, la ocasión era propicia para destacar una conquista:
“Hemos estado tanto tiempo condenados al silencio; hemos tenido que detener en la garganta la palabra pronta a escaparse, que cuando por primera vez es dado a nuestro pensamiento toma alas, no acierta el labio a permanecer mudo, y todo lo arriesga, hasta la seguridad de una derrota por la dulce satisfacción de hacer uso de un derecho de que estaba desposeído. Dichosos tiempos aquellos en que se puede decir lo que se quiere, porque entonces, solo entonces, hay la seguridad de que se dice lo que se piensa. —Y hoy señores parece que se acercan esos tiempos para nosotros: parece que ha pasado ya para nunca más volver, la época triste, muy triste, en que el pensamiento era aquí una carga muy pesada, y en que para muchos era hasta un crimen el no pensar de cierto modo”.
A este apasionado discurso le siguió el de José María Casal, que fue leído por José Morejón. Casi al finalizar se expresó:
“…brindemos por todos los que favorecen sus hijos nacidos en América pidiendo las leyes políticas que son las que aseguran el cumplimiento de las demás:— brindemos por todos los españoles que no hacen a los cubanos la injuria de suponerlos contentos sin esas leyes:—brindemos por los españoles que piden, reclaman e instan pan que se libre de tutela a esta isla, que tantas pruebas tiene dadas de su virilidad, discreción y adhesión á sus antepasados:—brindemos por todos los españoles ilustrados y justos que trabajan porque sus hijos sean hombres y tengan dignidad:—y por último, brindemos, señores por todos los nacidos en Cuba que pidiendo las leyes políticas se haca dignos descendientes de la noble y liberal España, cuyas cualidades reflejan sus distinguidos escritores, y sus ilustres generales”.
A los brindis y palabras dichas hasta ese momento respondió Eduardo Asquerino con un “…sentimiento de gratitud hacia los cultos y generosos hijos de la bella y venturosa Matanzas”. Después recordó la “gloriosa memoria” de José Jacinto Milanés y José María Heredia, como
“…dos esclarecidos cubanos, genios que la fama coronó, y serán siempre los más bellos ornamentos del templo inmortal del arte…”.
Tras una breve intervención del ingeniero Rafael Carrerá, hizo uso de la palabra el invitado José Manuel Mestre. En ellas rindió homenaje, sobre todo, a la ciudad que los acogía:
“Nunca ha pesado tanto mi insignificancia como en este momento solemne. Al verme invitado por algunos amigos para levantar mi voz entre vosotros, yo, que acaso soy el único habanero que tiene la satisfacción de participar de esta brillantísima fiesta (porque otros muy distinguidos que desde aquí diviso, Matanzas nos los tiene robados), quisiera valer todo lo bastante para poder representar dignamente a mi adorada ciudad natal, y entonces a su nombre, en el nombre de vuestra hermana la Habana, exclamaría: ¡Matanzas! ¡Has hecho bien! ¡Yo te felicito por ello!… ¡Esta manifestación magnífica es por su espíritu, por sus tendencias, por sus nobles aspiraciones, por todas sus circunstancias, una prueba evidentísima de que nuestro pueblo posee todo el desarrollo, toda la virilidad que constituye la aptitud para la vida política! ¡Señores! ¡Brindo, por la más bella entre todas las ciudades de Cuba! ¡Brindo por Matanzas!”.
El último orador, cuyas palabras fueron aplaudidas, como las de todos los que hablaron, con “frenético entusiasmo”, fue José Luis Alfonso, Marqués de Montelo. La dedicó a las mujeres matanceras:
“La culta y poética ciudad de Matanzas, madre de distinguidos literatos, que ostenta en su seno y alrededores mansos ríos, valles pintorescos y maravillosas cuevas, goza también del envidiable privilegio de dar vida a las mujeres más hermosas de Cuba. El bello sexo matancero, esa mejor mitad de esta población, tiene, como nosotros, un corazón patriótico, y como nosotros, daría aquí la bienvenida al celoso campeón de nuestros derechos y libertades, si la etiqueta o las costumbres les permitiesen concurrir a reuniones de un carácter político, como la presente. Por tanto, señores, yo quiero tener el honor de ser su órgano, brindando a nombre suyo por nuestro distinguido huésped, el Sr. D. Eduardo Asquerino”.
Tras esos exaltados discursos, motivados por la creencia en el logro de las reformas liberales que Cuba necesitaba, concluyó el banquete. El reloj marcaba las nueve y media de la noche.
Asquerino en Cárdenas
El 2 de enero de 1866 Eduardo Asquerino llegó a Cárdenas. Lo hizo desde el paradero de Bemba, hoy Jovellanos, a donde arribó en un tren extraordinario, despachado especialmente para su traslado. Fue a recibirlo una comisión y junto a sus integrantes arribó a la ciudad a las seis de la tarde. Se hospedó en la casa quinta de Joaquín de Rojas. Allí se le tributó una serenata sobre las 10 de la noche. Durante la cena recibió felicitaciones a nombre de los artesanos cardenenses, expresadas por Francisco Plon. Al día siguiente, 3 de enero, se le realizó un banquete en el local del Liceo de Cárdenas, donde
“A un extremo del vasto salón se veía el retrato de S. M. la reina, original del célebre Madrazo, al otro extremo la bandera nacional, y a los lados escritos con letras de oro sobre cintas de raso blanco los nombres de los esclarecidos varones, a quienes debe Cuba amor y gratitud por sus costantes esfuerzos en pro del planteamiento de las reformas políticas y económicas que tanto anhela…”.
Las primeras palabras, dichas por Carlos Ceruzat, regidor del ayuntamiento y presidente del Liceo, se dedicaron a la reina Isabel II. Después hablaron José Miguel Macías, quien exaltó “…la magnánima nación española…”; José Sixto Bobadilla, con palabras de homenaje a la prensa y al periodista español, por haber
“…contribuido eficazmente a desarraigar antiguas preocupaciones patentizando la necesidad de introducir reformas de todo género en el régimen de esta Isla y haciéndose por lo mismo acreedor a nuestra más ardiente gratitud. Brindo, pues, por la prensa liberal española, y por su digno representante en este sitio, el Sr. D. Eduardo Asquerino”.
Le siguió el propio Asquerino, con un discurso en el cual rindió tributo a la villa que lo acogía:
“Saludo a Cárdenas, cuyos hijos inteligentes y laboriosos fueron siempre en Cuba los más entusiastas partidarios del progreso. Sí, del progreso moral, como del progreso material, pues no hay pueblo que tan rápidamente se haya extendido, hasta formar en pocos años, triunfando de dificultades inmensas, la población de que más se envanece la reina de las Antillas”.
“Yo saludo con júbilo y veneración, al primer pueblo de America, que levantó una estatua al descubridor del Nuevo Mundo: los pueblos que en su nacimiento dan ejemplos tan sublimes, están destinados por la Providencia a realizar en el porvenir las más grandiosas empresas”.
“Ayer, entre los acordes de la serenata con que me agasajasteis, una comisión a nombre de vuestros obreros me dispensaba la honra de saludarme; yo amante de mi país como buen catalán, brindé porque los obreros de Cárdenas, modelo de laboriosidad y cultura, se asemejaran siempre a los de Barcelona, de cuyas virtudes me ocupe con orgullo.—Hoy, después de recorrer esta hermosa villa hija improvisada de vuestra actividad e inteligencia, recordé también a Barcelona; que es achaque harto común comparar todo lo bueno de otros países, con aquel en que nacemos: Cárdenas y Barcelona crecieron rápidamente, ambas se hallan animadas de un sentimiento liberal, ambas están cercadas de comarcas riquísimas; ambas serán, no lo dudo una, la primera ciudad de la península, y la otra tal vez la primera ciudad de la isla: brindemos por la Barcelona de Cuba”.
Al referirse al acto de homenaje en su honor destacó:
“Después de presenciar tan magnifico espectáculo, a los que digan todavía que no está Cuba bastante ilustrada para ejercer ciertos derechos les contestaré con vuestros brindis y con los nombres de tantos cubanos que así en artes como en ciencias alcanzaron lauros inmortales”.
Tras esta idea dedicó varios párrafos a la ciudad de Matanzas:
“Permitidme que agradecido vuelva la vista atrás, y recuerde en este brindis a una ciudad vecina: Matanzas. Cárdenas y Matanzas, siempre hermanas, nunca rivales, bellas las dos; libres las dos hasta ahora del aliento emponzoñado de los apóstoles del fanatismo, las dos feraces y ricas, constituyen unidas, y permitidme la metáfora, un árbol el más bello y fecundo de que la naturaleza pudiera envanecerse: Matanzas es la flor. Cárdenas el fruto. Árbol alimentado por la misma savia, por el mismo espíritu liberal, al nombrar y enaltecer a una, se nombra y enaltece a la otra”.
“En el mundo físico, señores, hay acontecimientos, fenómenos que parecen corresponder a los del mundo moral, y en la patria de Milanés la naturaleza nos ha ofrecido en dos ejemplos, copia exacta de los dos sistemas políticos que para su engrandecimiento o su ruina siguen las naciones; veamos cómo”.
“Extiéndese Matanzas, la ciudad risueña, la pintoresca Nápoles de América adormida junto a dos valles, paloma entre claveles, asomada a la orilla del mar como el ánade en las espumas: enriquecido su manto con todas las galas tropicales y coronada de olorosas flores y eterna verdura, canastillo de arrayanes y jazmines que a las pintadas luces de la aurora, tejieron con sus dedos de nácar y rosa entre cánticos los ángeles. Nido de amores, concha de Venus, donde un tiempo las hadas, imágenes fieles de las hermosas matanceras se asomaban en danza bulliciosa abandonando los misteriosos lagos y cascadas y las afiligranadas galerías de su encantado palacio, del diamantino maravilloso alcázar de Bellamar”.
“Si celosos los querubes la escondieron, entre dos valles, temerosos la guardaron entre dos montes: el Pan de Matanzas y el Abra”.
“Levantase aquel al Oeste de la ciudad, erguido centinela de la reina de las Antillas, que el navegante divisa ansioso desde lejos separado por una cañada de otra eminencia al Palenque, asilo y guarida hoy de cimarrones montaraces”.
“Cuéntase que ambos unidos formaron en tiempos remotos una grandiosa barrera a cuyo pie se estrellaban las olas embravecidas, y se perdían las auras del mar, que vanamente intentaban trasponer las alturas, ganosas de refrescar la fértil comarca extendida al opuesto lado. La brisa siempre contrariada, acariciaba la roca gigantesca que desdeñosa alzaba la frente hasta los cielos sin conmoverse ni apiadarse, hasta que un día convertida en huracán llegó en alas de la tormenta y rebramando enfurecida hizo estremecer la montaña hasta quebrantarla y dividirla, y abriéndose paso extendióse triunfante por la ansiada floresta, destruyendo cuanto a sus furores se oponía: el valle fue yermo, y aquellos campos de dicha y abundancia trocáronse por largos años en estériles arenales”.
“Cuéntase que a la vez el Abra, que se eleva al Este de la ciudad, como un gigante de piedra cerraba el muro de un anchuroso lago, hoy valle, el pintoresco y sin rival Valle de Yumurí. Dícese también, que entre el lago y el mar al pie del monte, se extendía estéril un arenal, donde no crecían ni las palmeras reales, ni la selva secular, ni aun el árbol de la ingratitud, el parricida jagüey: las ondas del lago, ansiando regar la tierra vecina, con tiernos suspiros, besaban el Abra que al día propicio a su anhelo abrió sus poros a las aguas, y dejó que lentamente destilasen, hasta que los hilos de plata se convirtieron en arroyados, y los arroyos en caudaloso río, facilitando así paso tranquilo a las corrientes que se extendieron, convirtiendo el yermo arenal en florida y abundosa vega”.
“Señores, como el Pan de Matanzas se desgajó violento a impulsos del huracán, así las revoluciones a veces devastan a los pueblos, estallando furiosas, cuando los poderes, su gran muro de contención, desoyendo la voz del progreso y de la reforma, cierran el paso a toda innovación intolerantes y soberbios”.
“Y así también como el Abra, que benéfico dejó a las corrientes del lago, en vez de comprimirlas, que buscaran su nivel, y fecundizasen la tierra, los gobiernos prudentes y previsores, abriendo ancho cauce a las ideas, que nada bastaría a estancar en el siglo del vapor y la electricidad, evitan a los Estados, terribles y sangrientas convulsiones que siembran la desmoralización, turban su ventura y acaban con su riqueza”.
“Brindo, señores, porque dando al olvido los muros de contención que solo sirvieron para embravecer las pasiones, poniendo a Cuba al borde del abismo, el gobierno de la Metrópoli sea para esta preciada provincia lo que el Abra para el valle de Matanzas, cauce fecundo de las ideas modernas, y material abundoso de reformas políticas y mejoras materiales, reformas que serán, si no la realización completa de nuestras aspiraciones, el medio seguro y tranquilo que nos lleve a la práctica de los grandes principios que forman nuestro credo político”.
Las últimas palabras de su largo discurso los dedicó nuevamente a Cárdenas:
“Para concluir nobles hijos de Cárdenas, cuya vega cubierta de ingenios, como una bandada de palomas entre rosales, me recuerda la de Granada, son tantas las pruebas de afecto conque me enaltecéis, que levantando el alma grandes deseos por la vez primera, me siento herido del áspid de la ambición”.
«Ambiciono, y por ello finalmente brindo, que un día cercano, triunfantes en la Península todos los derechos, y extensivos a Cuba, sea yo el mensajero de concordia que traiga ese estrecho lazo de amor entre la madre y la hija, la paloma de paz que, atravesando los mares, os entregue el ramo de oliva, a cuyo contacto se abra para vosotros, tras diluvio de tantos infortunios, el arca santa de todas las libertades”.
Tras el “prolongado aplauso”, siguieron las palabras por parte de varios de los presentes. Entre ellos los médicos Miguel Bravo Sentíes y Patrocinio Freixas. También hablaron el agrónomo Francisco Javier Balmaseda, el hacendado Félix Cervantes y Manuel Alcántara, director del Boletín Mercantil, entre otros de los presentes.
La crónica de este evento político, publicada en la revista La América el 25 de febrero de 1866, concluyó con estas palabras:
“El director de La América sigue recibiendo numerosas muestras de aprecio y simpatía; ha salido de la Habana para visitar a Puerto-Príncipe, Trinidad y Santiago de Cuba, habiendo sido obsequiado con bufets y serenatas en los pueblos del tránsito, tan notables como Bemba, Sagua, Cienfuegos y Villaclara. Jamás podremos olvidar tan espontáneas manifestaciones que nos inspiran la gratitud más viva hacia nuestros cariñosos hermanos de Ultramar”.
De acuerdo a esta misma fuente, el día 4 de enero de 1866, después de recibir tantos homenajes en Cárdenas, Eduardo Asquerino
“…se ausentó, según se nos ha dicho, con dirección a una finca de campo, habiendo asistido a su despedida un número considerable de personas”.

Ecos
Así se desarrolló, la visita de Eduardo Asquerino a Matanzas y Cárdenas en 1865 y 1866. Fueron otros espacios, además de La Habana, donde se le rindió pleitesía y se invocó la necesidad de reformas para Cuba. La significación de ambas urbes en la economía y la política insulares influyeron en el paso por ellas del popular político liberal.
Tras la muerte de Eduardo Asquerino, en la revista La América se le dedicó un sentido artículo de homenaje. Sobre la estancia en Cuba expresó su autor, el escritor Miguel Moya, lo siguiente:
“En noviembre de 1865 emprendió un viaje a Cuba. Las ovaciones que en todas partes se le tributaron durante este viaje fueron tan entusiastas como justas. Banquetes, reuniones literarias y políticas en los teatros, serenatas, manifestaciones… No hubo en la mesa de la popularidad una copa de la que no gustara. Pronunció elocuentes discursos dignos de aplauso por su corrección y por la vehemencia y la fe inquebrantable que revelaban”. (ALH)
