Al pie de un trapiche en Sabanilla del Encomendador, un vientre esclavo logró comprar la luz para un hijo antes de que este naciera. Así trajo al mundo, libre entre las cadenas, aquel que Fidel definiría como “figura gloriosa”: Juan Gualberto Gómez.
Su cuna fue el ingenio Vellocino, pero su primer juguete fue la libertad, por eso su mirada aprendió pronto a distinguir las sombras largas que proyecta un imperio.
Martí lo llamó “una joya grande” y le confió el hilo más secreto de la conspiración. Porque Juan Gualberto no era un soldado de a pie, sino un tejedor de ideas: desde las redacciones de La Fraternidad y La Igualdad, donde convirtió cada palabra en un fusil contra la discriminación y el atraso. Y esa pluma, que escribía el porvenir, fue el instrumento exacto para desatar las órdenes del 24 de febrero de 1895.
Llegaría la hora de la República, esa que muchos creían el final del camino. Pero en la mañana del 20 de mayo de 1902, cuando se izaron las primeras banderas, el patriota matancero no alzó la copa. Porque aquella república que nacía engrilletada por la Enmienda Platt, y mediatizada por el poder del Norte, era para él una celebración a media asta. En la Asamblea Constituyente había lanzado su advertencia cuando sentenció que “La independencia y soberanía de la República cubana se han reducido a un mito”.
Fue entonces que retumbó su réplica «¿Qué seguridad tenemos —preguntó entonces Juan Gualberto— de que ésta será la última enmienda que nos imponga Estados Unidos?». Por eso no guardó la pluma nunca, sino que la usó como un machete para denunciar la farsa fundacional.
Hasta el final de sus días, cuando Gerardo Machado quiso domesticarlo con una medalla, el viejo patriota se mantuvo entero. Murió el 5 de marzo de 1933, pero su voz no se apagó jamás. Cada 20 de mayo, desde el bronce y la memoria, vuelve a erguirse en Matanzas, para recordarnos que una patria con condiciones impuestas, es solo una colonia disfrazada.
