Viejo guerrero de piedra y pasión, El Sadar se vistió de noche grande para recibir al líder. Como un navío que desafía al gigante, Osasuna esperaba con la paciencia de un cazador, a sabiendas de que en sus gradas anida un rugido capaz de estremecer los cimientos de cualquier imperio, incluido el del mismísimo Real Madrid.
El vigía croata Ante Budimir ya había advertido, con dos testarazos, que la muralla blanca tendría grietas. Thibaut Courtois, con manos de porcelana, sostenía a duras penas el vendaval rojillo que amenzaba con desbordar la primera mitad.
Fue en el minuto 38 cuando el destino, este escribano caprichoso, dictó sentencia desde los once metros. Budimir, frío como la piedra de su estadio, engañó al guardameta belga mientras la grada contenía el aliento para, acto seguido, desatar la tormenta. El líder sangraba por primera vez en el año, y el orgullo herido del coloso se reflejaba en la mirada ausente de Kylian Mbappé, errante en el páramo de la creación madridista.

Pero la estirpe blanca nunca se rinde, y Fede Valverde, toro bravo entre la maleza, tomó el balón como quien empuña una bandera. Su carrera en el minuto 72 fue un poema de rebeldía, abriendo la selva de piernas rivales para que Vinicius, hecho un resorte de seda y gol, fusilara a placer y devolviera la esperanza de un Madrid que hasta entonces apenas había existido. Por un instante, El Sadar enmudeció, presintiendo la injusticia de ver escapar la gesta.
El tiempo, sin embargo, juega a veces del lado de los valientes. Cuando el reloj expiraba en minutos y el empate parecía definitivo, Raúl García recogió un balón en la frontera del área. Con un recorte que humilló al propio Asencio, el delantero navarro ejecutó un disparo que entró en la historia: ajustado al palo, ante la mirada impotente de Courtois. El silencio inicial, roto por el estandarte del asistente, fue solo un preludio. El VAR, ojo crítico de este fútbol moderno, certificó lo que el alma rojilla ya conocía: el gol era legal, y la épica también.
Explotó entonces El Sadar, como un volcán dormido por quince años. Década y media sin doblegar al gigante en casa, borrados de un solo zarpazo en el minuto 90.
La victoria, más que tres puntos, supo a reivindicación de un balompié que no entiende de presupuestos ni galaxias de estrellas. Entiende de corazón, fe y el aliento de una afición que empuja hasta temblar los pedestales.
Mientras los blancos se marchaban con la cabeza gacha, rumiando la posibilidad de que el Barcelona le arrebate la cima, Osasuna celebraba la confirmación de que los sueños también se escriben con letras de molde.
