Para alguien que a los seis años tuvo que ver cómo ejecutaban a su abuelo, la vida debió haber sido dura. Y lo fue. Viviendo en hoteles de acogida, siendo refugiado de guerra y con el recuerdo de la muerte grabado en el alma, la vida de Luka parecía destinada al anonimato.

Pero no lo fue. El dueño de uno de esos hoteles lo vio jugando al fútbol en el estacionamiento y le dijo a los padres que había genuino talento. Su padre, un técnico que arreglaba autos de guerra, se entregó por él. Su madre, una costurera, se parchó los dedos por él. Y él aprendió con el ejemplo.

A los 16 años fichó con el Dinamo de Zagreb y lo mandaron a préstamo a Bosnia-Herzegovina. Fue el mejor de la liga. Después lo enviaron a préstamo a otro equipo croata y fue subcampeón. Finalmente, en su tercera temporada como futbolista, fue campeón con el Dínamo. Ahí el ascenso fue meteórico.

Cuatro años en el Tottenham y el fichaje en el Real Madrid, que lo catapultó al estrellato. Fue campeón de lo que quiso y cuando quiso. Fue capitán de su selección, lideró a su joven país a la final de un Mundial y al tercer lugar en otro, y fue elegido el mejor jugador del mundo. Personificó la bandera de Croacia y representó los valores del esfuerzo, el trabajo y la humildad. Fue el orgullo de sus padres y de su abuelo, y en una entrevista declaró que el lugar donde era más feliz, era en la cancha. Y se notó.

Jugó su último torneo con Croacia y lo hizo entregando su impronta: talento y fútbol. Aún le quedan botines para gastar, pero su legado ya está escrito y su trabajo ya está hecho. Quién sabe como terminará su carrera. Pero lo indiscutible es que Luka Modric tenía todo para vivir una vida anónima con el recuerdo gris de la muerte, y a punta de fútbol, humildad y talento regaló una vida que dejará el colorido recuerdo de un niño que creció en la guerra y se convirtió en el mejor jugador del mundo.

Y eso tiene que contarse. Gracias Luka. Gracias eternas por escribir una vida que no se trazó para ti.

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