Fue el 24 de octubre de 1950 cuando comenzaron las transmisiones televisivas en Cuba, lo que convirtió a nuestro país en uno de los primeros del mundo en disfrutar de la magia y los sobresaltos que llegaban desde una pequeña y luminosa pantalla.

Han transcurrido desde entonces 76 años, y ese poderoso medio de comunicación sigue teniendo un profundo arraigo e impacto entre los cubanos, a contrapelo de las múltiples alternativas y los diversos soportes tecnológicos existentes en la actualidad.

Nuestra televisión no es la mejor del mundo, porque ninguna lo es. Pero le asiste el irrebatible mérito de haber transitado, o más bien, de haber afrontado los más complejos desafíos, identificándose con su fiel y habitual teleaudiencia, que desde los albores de los años cincuenta casi la ha considerado como un miembro más de la familia. Y, como con la familia, los cubanos solemos ser indistintamente tan indulgentes como intolerantes. A nuestra televisión le disculpamos a veces ciertos desaguisados, mientras que en otras ocasiones nos tornamos muy exigentes.

El hecho de que nuestra población recibiera tan tempranamente el influjo de un medio tan impactante quizás no solo haya condicionado su perdurable atractivo, sino también el elevado sentido crítico —y, en ocasiones, hipercrítico— con que se valoran sus propuestas, especialmente cuando se trata de programas de factura nacional.

Ni una ni otra deberían ser las actitudes extremas con que nuestro pueblo juzgue las propuestas televisivas, aunque, sin duda alguna, corresponde al personal artístico, técnico y directivo involucrado en ellas la responsabilidad de ofrecer productos de altos valores estéticos y éticos. Esa es, en Cuba, la suprema razón de ser de un medio de comunicación tan masivo e influyente, obligado a promover contenidos en los que se reflejen lo mejor de la cultura nacional y universal, así como los principios que inspiran y sustentan nuestra sociedad.

Aún dista nuestra televisión de ofrecer, en toda su parrilla de programación, productos de tan altos quilates. Sin embargo, justo es reconocer que, a pesar de incontables insuficiencias y carencias, ha puesto su empeño en la defensa cabal de la identidad nacional. Se trata de un elevado cometido que debe preservarse de equívocos y excesos que propicien la banalidad y la vulgaridad.

De cualquier modo, y sin que ello conduzca a una complacencia acomodaticia que dilate la búsqueda de las soluciones necesarias, existen no pocos motivos para sentirnos orgullosos de nuestra televisión, conscientes de que cada día debe continuar perfeccionando sus diversas ofertas con mayor creatividad, credibilidad, autenticidad y oportunidad.

Solo así podrá seguir siendo, en pleno siglo XXI, ese maravilloso vehículo de instrucción, información y esparcimiento que merece y necesita nuestro pueblo. ¡Que así sea!

Rosa Blanca Pérez / Tomado de Televisión Cubana

Fotos TV Cubana

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