Hay momentos donde el ridículo trasciende lo anecdótico para convertirse en categoría política. Ahora, en nuestra sección, le invitamos a analizar uno de ellos.
Mientras la maquinaria propagandística del imperio nos obnubila con asuntos de «seguridad nacional» y «amenazas extraordinarias», la realidad dentro del Despacho Oval parece sacada de una mala película satírica. Porque si algo ha logrado la administración Trump en estos meses no es precisamente proyectar una imagen de eficiencia, sino consolidar un repertorio de situaciones surrealistas.
Una de esas escenas, revelada por el Wall Street Journal a principios de marzo, es digna de una comedia de situación de los años 50, o -quizás- de pesadilla kafkiana. Donald Trump, sentado tras el Resolute Desk, fija su mirada en los pies de sus invitados. «Marco, JD, ustedes tienen unos zapatos de mierda», les espetó al vicepresidente J.D. Vance y al secretario de Estado Marco Rubio en una reunión en diciembre. Acto seguido, saca un catálogo de la marca Florsheim, pregunta la talla, y ordena un par nuevo.
Trump ha convertido la elección de calzado en una prueba de lealtad que recuerda a aquellas antiguas ceremonias cortesanas donde el vasallo aceptaba cualquier prenda del soberano como señal de sumisión. El catálogo de Florsheim —una marca de 145 dólares el par y que se produce actualmente en China, Camboya, India y México, lo que añade una capa extra de ironía para un gobierno que pregona el «America First»— se ha convertido en el santo grial de la nueva corte trumpista.
El resultado es una galería de imágenes que observamos con asombro y, sobre todo, con risa contenida. Marco Rubio, que según Vance respondió con una talla grande, aparece en fotografías oficiales con unos zapatos que claramente le quedan demasiado grandes. Un par de centímetros de espacio entre el talón y el contrafuerte, caminando como quien ha heredado las botas de su padre mayor. «Parece que lleva zapatos de payaso», comentó un usuario en X, mientras Bill Maher, el popular cómico estadounidense, ironizaba en su programa sobre que «es un poco raro que un hombre mire a otros hombres y les pregunte: ‘¿Qué tienes ahí abajo, un nueve y medio?'».
Pero el asunto trasciende la broma. Hay una «habilidad de los aduladores en transformar lo ridículo en normalidad, la humillación en gratitud». J.D. Vance, que mide 1.80 y calza 13, recibe sus zapatos con la misma sumisión con la que poco antes había justificado los aranceles que encarecen la vida de los estadounidenses. Un secretario del gabinete —cuya identidad no ha trascendido— se quejó en privado de tener que retirar sus zapatos Louis Vuitton favoritos para usar los Florsheim presidenciales. Nadie se atreve a no usarlos. Una funcionaria de la Casa Blanca lo resume con una frase que debería servir de diagnóstico sociológico: «Todos los chicos los tienen. Es hilarante porque todo el mundo tiene miedo de no usarlos”.
Pero el circo de los zapatos no es más que la punta del iceberg de una administración que parece moverse por el puro instinto de supervivencia mediática. El 5 de marzo, apenas unos días antes de que se conociera la historia de los Florsheim, Trump despidió a la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem. Fue el primer despido de un miembro del gabinete en su segundo mandato, y el motivo es una antología del desastre.
Noem, la misma que en redes sociales llamaba «escoria humana» a los migrantes, que se jactaba de liderar las redadas más brutales del ICE, que había sido presentada como la «mujer fuerte» del trumpismo, cayó en desgracia por una acumulación de escándalos.
Estaba el asunto de los 2.2 millones de dólares en publicidad —perdón, 2.200 millones— de un contrato publicitario que la promocionaba a ella misma con fondos públicos, sin licitación previa. Estaba el caso de los dos ciudadanos estadounidenses asesinados por agentes federales en Minneapolis, que ella calificó de «terroristas domésticos» hasta que los videos demostraron lo contrario. Estaba, para rematar, la acusación de una congresista demócrata de que mantenía una relación extramarital con su jefe de gabinete, Corey Lewandowski.
Trump, según fuentes citadas por The Wall Street Journal, vio el interrogatorio en el Congreso y «se enfureció». Al día siguiente, la despidió. La anécdota es tan elocuente como la de los zapatos. Una administración que se jacta de su «eficiencia» y su «mano dura» resulta ser un mosaico de lealtades personales, contratos millonarios sin control y decisiones que dependen del humor del jefe.
¿Y qué piensa el mundo de todo esto? Esa es la pregunta que deberían hacerse en Washington, pero probablemente no se la hacen porque están demasiado ocupados eligiendo la próxima talla de zapato.
Las imágenes de Rubio con zapatos de payaso dan la vuelta al mundo. Los periódicos europeos titulan con sorna. Los asiáticos se preguntan cómo un país con este nivel de teatralidad puede pretender dictar las reglas del comercio global.

No es que Trump no lo intente. La semana pasada, cuando el periodista de Fox News Brian Kilmeade le preguntó por los zapatos, el presidente lo negó todo y lo confirmó todo en la misma frase. «No, no les exijo que los usen. Pero es que a mí no me gusta que mis ministros usen zapatillas deportivas. Las zapatillas están muy bien, pero no quiero que mis ministros las usen. Así que cuando me dicen que tienen problemas, les digo: ‘Déjame conseguirte un par de zapatos’. Parece que funciona bastante bien. Ahora están todos elegantes y guapos”.
Traducción: sí, los obligo a usar los zapatos que yo elijo, y si no los usan, tendrán un problema.
En un gobierno donde la lealtad se mide por la aceptación de un par de Oxford negros fabricados en China, no es de extrañar que la política exterior se base en aranceles improvisados, amenazas a aliados y guerras sin plan de salida.
Al final, lo que estamos viendo es la metamorfosis del poder en espectáculo, y del espectáculo en caricatura. Mientras en Irán los misiles hipersónicos abren brecha en las defensas de la Quinta Flota, en Washington se discute si Marco Rubio calza 11.5 o 10.5. Mientras la economía mundial tiembla ante la amenaza de un cierre del estrecho de Ormuz, la prioridad de la Casa Blanca es que sus ministros no usen zapatillas.
Hay algo profundamente revelador en esta obsesión. «Al poder no solo le gusta que lo obedezcan, sino que le encanta ser interiorizado». Y esa interiorización alcanza sus cotas más grotescas cuando los adultos, los ministros, los senadores, los secretarios de Estado, aceptan no solo el regalo, sino la deformación que conlleva. Caminar con zapatos demasiado grandes requiere técnica. Hay que apretar los cordones, compensar el hueco, adaptar los pasos. Es incómodo, inestable y absolutamente ridículo. Pero, sobre todo, requiere una decisión: fingir que calzan a la perfección.
Esa es la verdadera habilidad de los aduladores: transformar lo ridículo en normalidad, la humillación en gratitud, la genuflexión en elegancia. Y mientras tanto, el mundo observa, toma nota, y comprende que el gigante no solo tiene los pies de barro, sino que además los calza mal.
