Hay decisiones que se explican con números y otras que solo se explican con razones del corazón. La de estos jóvenes pertenece a las segundas.
Egresados de distintas facultades, pudieron haber tomado el camino que tantos les auguraban: plazas en centros con mayor remuneración, contratos cómodos, una vida profesional sin sobresaltos. Y sin embargo, se quedaron. Se quedaron en la Universidad, esa casa que los formó, para convertirse en sus profesores.
No todos estudiaron carreras pedagógicas. Pero el interés fue naciendo despacio, casi sin aviso, en el día a día de la academia, en el roce con docentes que eran ejemplo. Descubrieron que enseñar era también una forma de seguir aprendiendo, y que la Universidad podía ser mucho más que un lugar de paso: un espacio para crecer personalmente, para madurar, para encontrarle sentido al esfuerzo.
Hubo quienes, aun teniendo delante ofertas más generosas, cambiaron su proyecto de vida y eligieron quedarse. Porque entendieron que apostar por el país empieza por apostar por sus espacios formativos, y que la Universidad es uno de esos espacios donde se puede construir algo que trasciende. Quedarse, para ellos, no fue resignación: fue una forma de compromiso.
Hoy, esos mismos jóvenes, se preparan con conciencia de sus límites. Participan en un diplomado pensado para profesores jóvenes que les permitirá desempeñarse mejor en la docencia, afinar herramientas y pensar su práctica. Porque quedarse no basta: hay que quedarse preparado, con la disposición de quien sabe que enseñar es un oficio que se aprende toda la vida.
Los que se quedaron no son los que no pudieron irse. Son los que eligieron, con lucidez y con afecto, quedarse donde late lo que más importa: la posibilidad de que otros, como ellos alguna vez, encuentren en la Universidad un lugar para crecer.
Tomado del perfil de la Universidad de Matanzas