Personalidad de la educación cubana, la obra de Antonio Guiteras Font está unida al Colegio La Empresa.
Antonio Guiteras Font es el menos conocido de una trilogía de hermanos matanceros que dio prestigio a Matanzas y a Cuba. Las obras que publicaron Pedro José (1814-1890) y Eusebio Guiteras Font (1823-1893), los hicieron famosos. Esto, quizás, ha opacado la significación de su otro hermano, alguien que se consagró a educar. Como dijo José Martí de José de la Luz y Caballero: a escribir en el alma de los hombres.
La calle Río
En la casa número 9, de la conocida calle Río, nació Antonio Guiteras Font el 20 de junio de 1819. Estudió los primeros grados en la escuela de Ambrosio José González, primer educador de renombre que tuvo Matanzas. En este centro fue condiscípulo de José Jacinto Milanés. Después matriculó en el Colegio San Cristóbal de Carraguao, donde fue discípulo aventajado de José de la Luz y Caballero. Inició los estudios de derecho en la Universidad de La Habana en 1841, los que concluyó en Madrid. Aunque se graduó, nunca ejerció como abogado.
Al finalizar los estudios universitarios, viajó con su hermano Eusebio por varios países de Europa y el Oriente. El objetivo de ese periplo era conocer los sistemas educacionales más avanzados, con vistas a fundar un centro educativo en su ciudad natal. Ambos visitaron Grecia, Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, Holanda y Egipto. Acerca de este recorrido Eusebio Guiteras publicó la crónica “Relación de un viaje a Grecia”, donde expresó:
“Es un placer muy grande, a los veinte años, oír el murmullo de las fuentes de la Alhambra, sentir el movimiento universal de Paris, sentarse sobre las ruinas de Roma, subir al Vesubio, pasearse bajo las bóvedas de los orgullosos palacios de Venecia. Nada de esto, sin embargo, satisface cuando se tiene en perspectiva un viaje a Oriente. Así es que con el aliento de quien da principio a su viaje, llegamos a Trieste hacia la mitad de agosto de 1844, en busca de los vapores de levante”.
De regreso a Cuba, Antonio Guiteras Font volvió a Matanzas y contrajo nupcias con Teresa Gener Puñales, madre de sus 13 hijos. Entre ellos estuvo José Ramón Guiteras Gener, quien, ansioso por incorporarse a la lucha por la independencia de su patria, viajó a Cuba como expedicionario en 1870, fue apresado por los españoles, condenado a muerte y fusilado. Otro de sus hijos, Calixto, fue el padre el conocido revolucionario cubano Antonio Guiteras Holmes.

Una vez establecido definitivamente en Matanzas, Antonio Guiteras Font impartió clases en el Colegio de Santa Teresa de Jesús. En este estudiaban niñas y era dirigido por Pío Campuzano. Se destacó desde entonces por sus cualidades como maestro, que enseguida fueron reconocidas por sus coterráneos. Sobre esa base, su hermano Eusebio lo recomendó para integrar el claustro del Colegio La Empresa.
Fue de la mano de su hermano Eusebio, nuevo director nombrado en 1850, que Antonio Guiteras Font llegó al Colegio La Empresa, centro que también radicó en la calle Río, pero en el número 40. Eusebio confió en la dedicación y las habilidades pedagógicas que poseía. No se equivocó y el nuevo profesor superó con creces las expectativas iniciales. En esta institución educativa su nombre se insertó para siempre en la historia de la educación cubana.
Fue tal su dedicación a La Empresa, que Antonio Guiteras Font asumió en 1852 la dirección de ese colegio en sustitución de su hermano. Ocupó el cargo por 17 años, hasta 1869. Fue, por tanto, bajo su conducción que ocurrió el período de más fama y brillantez pedagógica de la célebre escuela. Esto sólo lo pudo interrumpir el inicio de la Guerra de los Diez Años y la clausura de La Empresa, por las autoridades españolas, en octubre de 1869.

Los libros que publicó estuvieron vinculados a la labor docente que realizó en La Empresa. Fue el caso de Nueva gramática castellana. Dividida en tres partes (1856) y Gramática castellana, adaptada a la capacidad de los niños tiernos en el segundo y tercer año de esta enseñanza, dispuesta para servir de texto en la tercera y cuarta clase del colegio La Empresa (1859; con otras tres ediciones). También fue autor de Rudimentos de gramática castellana (1859, reeditado en 1863) y de Rudimentos de gramática castellana, adaptados a la capacidad de los niños tiernos en el primer año de esta enseñanza, dispuestos para servir de texto en la segunda clase del colegio La Empresa (1867-1868).
Acosado por las autoridades a causa de su militancia independentista, Antonio Guiteras Font debió emigrar para salvar su vida y la de su extensa familia. Se radicó en Barcelona, donde continuó escribiendo y terminó la que muchos consideran su obra mayor: una traducción de la Eneida de Virgilio, en la cual trabajó por varias décadas. Murió, hace 125 años, el 17 de agosto de 1901, en el pueblo de San Hilario Sacalm, Cataluña, cerca de los Pirineos.
Con la muerte de Antonio Guiteras Font, terminó una estirpe de hermanos que dio gloria a Matanzas y a Cuba. En la prensa española se publicó la siguiente nota:
“En 17 de agosto último falleció en San Hilario Sacalm a la edad de 88 años, D. Antonio Guiteras. Nació en la Habana, siendo sus padres oriundos de Canet de Mar (provincia de Barcelona). Fue director del Colegio La Empresa que en Cuba alcanzó gran nombradía y escribió una traducción de la Eneida. Era autor además de varios trabajos literarios y de erudición”.
Años después, Dolores María de Ximeno lo recordó, estrechamente unido a su amado colegio, de la siguiente forma:
“En el magnífico colegio a que tantas veces he hecho referencia y bajo la dirección de hombres escogidos durante el período de casi treinta años que de vida tuvo el plantel, sobresale en el lapsus de unos diez y ocho, la sabia dirección de don Antonio Guiteras y puede decirse que asume él toda la gloria, gloria como la de don José de la Luz, única, y de ellos solos”.
“Allí formóse el carácter, el cultivado intelecto de cubanos que en todo tiempo honraron a su patria, ya como intelectuales ilustres, ya como sencillos padres de familia adelantados y cultos, que en todos quedó fijo indeleble sello”.
“Vasto el campo de los conocimientos preparaba sólidamente las orientaciones, que es cosa que desde la más tierna edad despunta con la vida el inicio de la vocación, y por eso de la sencilla lección de Historia surgieron guerreros, héroes y mártires…”.
Uno de sus discípulos, el después destacado pedagogo Manuel Valdés Rodríguez, evocó su ejemplo:
“Recuerdo con viva impresión el rostro y la actitud de Guiteras, emblema de un respeto que nadie osaba atentar. Alto, algún tanto escaso de carnes, la pulcritud de su traje era digna de su sencillez en el vestir. La expresión de su rostro era casi fría, sin que nada lograra perturbarla. Esta expresión de severidad fue la característica de los grandes maestros de la época”.
“La compostura, regularidad y temperamento severo e inflexible de Guiteras, no fue discutida ni por discípulos ni por maestros, porque, no sólo tuvo el talento de atraerse los mejores ingenios de su época, sino que hizo de su famoso colegio un verdadero seminario de maestros. En este sentido, fue padre de una brillantísima porción de jóvenes talentosos, capaces para acometer las más generosas tentativas…”.
“Era evidente que el lucro no podía ser la aspiración de Guiteras. Por su desinterés y su ideal que no desmentía, fue verdadero sacerdote. Todo lo abandonaba para ser sangre, alma y vida de su privilegiado colegio”.
Tres anécdotas del maestro
En su libro de memorias, Dolores María de Ximeno, recordó la impresión que causaban los estudiantes de Antonio Guiteras Font en La Habana:
“Su intelectualidad era mucha, sosteniendo parte la brillante exposición de ella, don Antonio Guiteras en el afamado colegio La Empresa, cuando concurría con sus discípulos a la capital a los exámenes anuales del Instituto, llenándose aquel centro de admiradores, al sugestivo reclamo de «Ahí están los de La Empresa, ahí están los de Matanzas», que decir quería inusitado lucimiento, éxitos especiales”.
Sobre la rectitud que lo animaba en su labor, en una ocasión se recordó lo siguiente:
“En otra ocasión un profesor imponía merecida penitencia al hijo mayor del gobernador de Matanzas, que por aquella época era nada menos que un brigadier del ejército español, con todas las prerrogativas de un virrey de las Indias. Llegó la hora de la comida en el palacio de la Plaza de Armas y la señora del Gobernador mandó un recado para que el niño fuera a comer, a lo que, aunque en forma muy cortés, se negó Don Antonio. Molesta y temerosa la madre de que el hijo no comiera o la hora acostumbrada, hizo intervenir al esposo, y este mandó o un ayudante con nueva petición que fue, como la anterior, denegada. Entonces el Gobernador dirigió una comunicación al Director, participándole que, habiendo determinado quitar al niño del Colegio, esperaba que lo dejase salir, acompañado por el mensajero; pero, con gran extrañeza del padre. Don Antonio contestóle que sentía la determinación y que le enviaría a su hijo tan pronto como hubiese cumplido la penitencia. El Brigadier no insistió y su hijo cumplió como otro escolar cualquiera los preceptos seguidos en el colegio. Dejó de mandarlo algún tiempo; pero, sugestionado por la severidad de Don Antonio y, sobre todo, por lo enseñanza que allí se impartía, volvió a inscribirlo como alumno del plantel”.
Otra anécdota destacó su carácter estoico y sentido de la responsabilidad:
“Finalizaba un mes y Don Antonio, sentido en su pequeño escritorio, a lo izquierda de aquel alto reloj (cuyas horas y medias esperábamos con impaciencia de escolar) llenaba en persona los estados que periódicamente remitía a los padres de sus educandos. Entra con gran precipitación un vecino de su vivienda particular o un criado de la casa y le dice: —«Acaba de caer un escaparate en la casa de usted, aplastando a uno de sus hijos». —«¿Ha muerto el niño?» —«Sí, señor». Don Antonio levanta la pluma y con voz firma dice a su interlocutor: —«Bien, avise a casa que cuando distribuya las clases iré». Pocos minutos después, la campana del del reloj anuncia la hora de salida. Don Antonio, como siempre, da lectura a la lista de penitenciados, llama pausadamente clase por clase y, una vez que ha cumplido con su deber, entra en la dirección y comunica a varios profesores allí reunidos la desgracia que le abruma, y, sin descomponerse, con su andar rítmico habitual, toma su sombrero y se encamina o su conturbada casa. Hora y media después, y conteniendo las explosiones de su dolor, vuelve al Colegio a cumplir con su ministerio de director”. (ALH)
