Hay apagones que no se miden en horas, sino en la densidad del silencio que los habita. Esta noche, como casi todas, Matanzas es un territorio de vértigo. Las calles son un río de tinieblas donde los faroles parecen párpados cerrados para siempre. Pero en la sala de teatro, el suelo de madera es una membrana que separa dos mundos. Dentro, la oscuridad no es ausencia, sino materia prima. Y en el centro de esa penumbra aguarda un hombre vestido como un arcoiris que se hubiera vuelto loco.

Es el payaso. No exhibe nombre ni cartel, sólo una promesa: “Hoy, la risa no necesita corriente”.

Cuando el apagón cayó sobre la saleta como una losa de terciopelo negro, muchos pensaron que la función se cancelaría. Pero él apareció con una linterna que le dibujaba un tercer ojo de luz, y su silueta, tan extravagante como un sueño de García Lorca en La Habana, se recortó contra el telón de fondo.

Lleva una chamarra de grandes bolsillos que parecen hechos con retazos de atardecer, de un color tan azul que desafía al propio racionamiento. Los zapatos, dos lanchas descomunales, rozan las tablas con un rumor que el público recibe como una caricia.

Tiene la cara pintada de blanco como en un lienzo, y la boca trazada en sonrisa que es casi un gesto de guerra. Los ojos del payaso brillan en la opacidad de manera tan intensa que no proviene de ningún foco. Son dos brasas de humanidad que recorren la sala, reconociendo a cada niño, a cada madre que aprieta el bolso contra el pecho, a cada padre que llegó del trabajo sin saber si encontraría luz en casa.

Cuando levanta un brazo, la manga estrafalaria dibuja un arco en el aire quieto. Los niños, que al principio se aferraban a las faldas maternas como náufragos a un mástil, comienzan a soltarse. Una niña ríe con una carcajada, cual cristal rompiéndose para volverse luz.

En el centro, el actor principal mete la mano en un bolsillo deshilado y extrae un globo desinflado. Lo lleva a los labios, y allí, en ese acto tan primitivo del primer aliento, comienza a inflarlo. El globo crece, se estira, se tiñe de rojo mientras sus pulmones bombean aire contra la noche. El público contiene la respiración. Y entonces, con un giro de muñeca que parece sortilegio, retuerce el globo y lo convierte en corazón. Un corazón rojo, perfecto, palpitante en lo oscuro. Lo sostiene con la punta de los dedos, como si pesara más que todos los apagones de la Isla.

Los globos llenan el espacio, suben y bajan como una parvada de rubíes. Los padres se miran, y por un momento nadie se acuerda del colapso energético, del carbón que aguarda cuando lleguen a casa, de las horas infinitas sin ventilador. Sólo existe este hombre vestido de colores imposibles, esta criatura de trapo y pintura que ha convertido un apagón en una galaxia de risas.

Cuando la función acaba, el payaso se sienta en el borde del escenario con los zapatones colgando. Él reparte los últimos globos con una parsimonia de sacerdote oficiante. Al salir, la tarde noche sigue siendo la misma: calles despobladas, postes mudos, y la provincia toda sumida en un silencio de pez abisal. Mas, cada niño lleva en la mano un corazón de látex, y cada corazón parece contener un pedacito de esa luz que el payaso supo encender sin necesidad de cables.

Atrás queda la sala vacía, y sobre las tablas, un par de zapatones enormes que simulan dos barcos varados. Mañana habrá otro apagón, pero esta noche en Matanzas, un payaso con ropa de arcoiris y globos en forma de órgano vital le ganó una batalla a la oscuridad. Y la victoria, modesta como la de todos los payasos, duró lo que duran las horas en un reloj detenido, que es, en definitiva, la eternidad que cabe en la carcajada de un niño.

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