En el corazón de Matanzas existe un hombre cuya existencia es un puente entre el pasado y el presente. Ercilio Vento Canosa camina por la ciudad como un guardián de memorias. Como viajero en el tiempo lee los pergaminos y descifra los secretos de cada libro. Su mirada combina la curiosidad de un niño y la serenidad de un sabio.
A quienes le atraen los laberintos de curiosidades, la Historia y la antropología, la presencia de Ercilio Vento Canosa resulta un regalo para el intelecto. El Doctor en Medicina transita por la Atenas de Cuba con la serenidad de quien hace de la urbe un territorio de alma y pensamiento. Nace un 17 de octubre de 1947, y desde entonces su vida teje un vínculo íntimo con el pulso de la tierra que lo ve nacer.
Amante de los idiomas, de la medicina y del arte, Ercilio deviene un explorador de mundos, un alquimista que transforma el conocimiento en disciplina. Su voz tiene la cadencia de un río que arrastra recuerdos y descubrimientos. En cada gesto construye la ciudad misma como luz en la penumbra. Este es el testimonio de un hombre que hace de la vida un laboratorio del alma y lienzo.

El niño de los ojos inquietos
Desde la infancia, Ercilio fue un espíritu insaciable a la luz del conocimiento. Hijo único, sus padres, aunque apenas instruidos en la escuela primaria, poseían la insaciable curiosidad de quienes devoran libros como respiran. Ellos lo condujeron por los territorios densos y solemnes de la literatura, por mapas y misterios de las civilizaciones antiguas.
Los relatos infantiles demoraron en llegar a su vida. Antes de ellos, su imaginación fue conquistada por los egipcios, los mayas, los aztecas; por pirámides que se elevaban hacia el cielo. Allí, en ese mundo de voces y sombras, se sentaron los cimientos de su cultura, un armazón intelectual que su padre, con destellos de fantasía, adornaba con narraciones que flotaban entre la historia y la invención.
Su padre, Ercilio Lorenzo Vento Pichardo, personificaba un caballero a la antigua, a un hombre cuya presencia declaraba elegancia. Vestía para imprimir respeto y dignidad en el aire mismo que lo rodeaba, pero su grandeza residía en la cortesía de cada gesto y en la bondad. Su madre, por el contrario, era un faro de valentía. Cada proyecto de su hijo recibía su aprobación como si fuera una promesa del mundo que debía cumplirse. Participante activa de la clandestinidad. Su temple se imprimió en Ercilio con la fuerza de un hierro en el yunque, y con ello le enseñó que la integridad y la audacia dependen del corazón.

“Desde 1952, mi familia se sumerge en la lucha contra la tiranía. Tenía cinco años y aún así comprendo con lucidez la magnitud de aquel conflicto. Fui depositario sin correr peligro, de secretos y documentos que no podían existir en papel: memorizaba versos y noticias clandestinas que luego eran consumidos por el fuego. Mi memoria se convirtió en un santuario de información prohibida; cada hoja aprendida era un acto de resistencia, cada documento memorizado un pequeño acto de inmortalidad”. Vento Canosa también recuerda que la cocina de su casa guardaba un secreto: una mesa con un compartimento diminuto, construida por su tío, que se abría a mundos invisibles, donde se escondían los papeles que debían sobrevivir al olvido.
Este rigor de la infancia cultivó en él un amor insaciable por la lectura. “Hoy, mi promedio anual de lectura es de cincuenta libros; no por capricho, sino una necesidad vital. Si llego a cuarenta un descontento silencioso me perturba”. Para Ercilio, leer no es solo un placer; es un rito, un acto de supervivencia intelectual, un modo de ordenar el caos del mundo en las páginas que puede sostener entre sus manos.

El bautismo del escalpelo
Desde muy joven, la medicina se presenta ante Ercilio como un llamado inevitable. Nadie le impulsa; sus inclinaciones surgen con la claridad de un amanecer. La vocación se manifiesta con la misma intensidad con que un río encuentra su cauce: natural, ineludible, vital. “Aunque admito que mi madre siempre quiso que yo fuera médico”, nos cuenta. Su infancia y adolescencia laten felices, incluso con las privaciones habituales de un cubano de su época. Por suerte del destino sus padres le acompañan durante sesenta años, sostienen su crecimiento y le ayudan a desplegar su curiosidad sin obstáculos.
La vocación por la medicina se manifestó en Ercilio como un llamado temprano, casi profético. “Yo tenía apenas trece años cuando, como si el destino me condujera, supe de una autopsia que se iba a realizar en el cementerio y pedí estar presente”. La incredulidad se extiende a su alrededor: nadie espera que un niño, delgado y menudo como una pluma, solicite contemplar la muerte de cerca.
El doctor Alfredo Triolet, médico forense del municipio, se resiste y duda que un cuerpo en descomposición sea contemplado sin horror por un niño. Pero Ercilio, con la firmeza de un navegante que enfrenta mares bravos, replica: «No me da miedo, está difunto; ni asco, porque no habré de comerlo». Y así, con bata y guantes, se acerca al cadáver de un individuo ahogado en la bahía, un cuerpo putrefacto. Fue entonces, en la morgue del cementerio, cuando el doctor le ofrece un puesto como ayudante, y Ercilio acepta con la naturalidad de quien se siente en casa frente al umbral de lo desconocido.
El mundo que se abre ante él era otro, vasto e inabarcable. Los atractivos comunes de la infancia, jugar a las bolas, empinar papalotes, se disuelven frente a la majestuosidad silenciosa de la ciencia y la anatomía. Allí, entre bisturíes y cadáveres, el joven Ercilio descubrió su vocación, un fuego que consume su vida y la convierte en un instrumento de conocimiento. Allí recibe el bautismo del escalpelo.

Hallazgos que traspasan el tiempo
Con los años, aquel niño desafia la incredulidad de los adultos y se transforma en un profesional de renombre, con cerca de doscientas investigaciones a cuestas. Entre ellas, destaca el descubrimiento de la sífilis precolombina en las Antillas, un hallazgo tan fortuito como extraordinario. Era el 17 de marzo de 1969, bajo un aguacero que empapaba hasta los huesos. Refugiado en una cavidad de la orilla oriental del Canímar, enciende una fogata improvisada y, entre las sombras danzantes de la llama, encuentra restos humanos que revelan la presencia de la treponematosis, el agente productor de la sífilis.
El silencio se convierte en su aliado: no puede hacer público aquel descubrimiento hasta el 1990, tras veintiún años de espera. “El doctor Rivero de la Calle me había advertido sobre la rigurosidad y elitismo del mundo de la paleopatología, donde una declaración prematura puede condenar a la incredulidad y al olvido”. Así, el secreto se vuelve un acto de disciplina, una lección temprana en paciencia y responsabilidad científica.
Otro de sus trabajos emblemáticos fue la preservación del cuerpo momificado de Josefa Ponce de León, un testimonio tangible del pasado revela a su biblioteca en un santuario. Allí, dentro de un contenedor diseñado por su padre, la momia permanece protegida de curiosidades insensatas y del tiempo. Para Ercilio, Josefa nunca fue objeto de morbo, sino un rescate histórico de valor incalculable. “Yo siempre lo vi desde el punto de vista del rescate, incluso es la única momia que existe en Cuba y su estudio tiene repercusión”, nos aclara Vento Canosa. Su labor trasciende fronteras. Él integra grupos internacionales de investigación de momias en España y con frecuencia publica estudios en Alemania y España, consolidando un acto local en patrimonio global.
El santuario de los objetos

La casa de Ercilio Vento reluce como un cosmos donde conviven la historia, la ciencia y la pasión. Su biblioteca, con más de seis mil ejemplares, se despliega como un templo del conocimiento. En casa se encuentran los libros hasta en los rincones más insólitos, incluso en el baño, siguiendo la costumbre de Ernest Hemingway. Cada volumen es un amigo silencioso, un testigo que lo acompaña en la búsqueda de saberes y enigmas.
No menos apasionado eleva su amor por el modelismo naval. “Yo soy modelista naval, tengo una colección de barcos”, asegura. Los buques en miniatura reposan en vitrinas a su alrededor como relicarios, fieles guardianes de una belleza ordenada y precisa. Cada objeto, cada página, cada herramienta late entre los fragmentos de su propio universo, un reflejo de la eterna bondad de preservar la historia con la devoción de un sacerdote ante el altar del pasado.
El empedernido investigador no comparte sus tesoros con facilidad. Cada libro de su biblioteca, cada herramienta, cada objeto que acumula con el paso de los años constituye una pieza de su trayectoria, un testigo silencioso de una historia por contar. “Jamás presto un libro; ni siquiera lo considero. Que no me los pidan porque no los voy a prestar. Ni tampoco presto herramientas, ni la motorina”, y lo dice con sana tranquilidad. “Es que soy muy celoso, extremadamente cuidadoso”, aclara el doctor.
En sus textos las páginas permanecen intactas: nunca las subraya, dobla las hojas; nunca permite un roce que no sea suyo. La devoción con que cuida sus libros se asemeja a un ritual: los protege con el desvelo de quien guarda la eternidad en sus manos, consciente de que cada ejemplar contiene mundos enteros que podrían perderse con un simple descuido.
El arte como respiración
Pero Ercilio, además de médico, historiador y antropólogo, destaca como pintor, un creador de paisajes y silencios. Su vínculo con las artes plásticas a se remonta a la infancia más temprana. A los seis años, Manuel Rodolfo Tardo, director de la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas, lo vio pintando en su casa y, admirado por la intensidad de aquel gesto infantil, lo invitó a unirse a la academia. Fue el inicio de un diálogo íntimo entre el color y la forma, entre la ilusión y la mano que dibuja.
Incluso antes, a los cinco años, había pintado un San Miguel en la pizarra de la escuela de monjas “La Virgen Milagrosa”, y recibió por ello su primera medalla. Desde entonces, la pintura se convierte en un refugio, un mundo propio donde puede abstraerse de todo lo demás. Hoy, paisajista por excelencia, se sumerge hasta dieciocho horas seguidas en su trabajo, envuelto en música italiana de los años sesenta, donde cada pincelada se balancea en un compás y cada color en un verso. El arte es, para él, respiración y pensamiento.

Matanzas: La ciudad del alma
Su corazón y su vida están profundamente entrelazados con Matanzas. “No puedo imaginarme fuera de esta ciudad que me vio nacer y crecer; ni siquiera los viajes al extranjero quiebran ese vínculo”. En 2009, casi por azar, se convierte en Historiador de la Ciudad. “Tras un encuentro fortuito con Pedro Betancourt, entonces primer secretario del Partido: me dijo “¿Para dónde vas? Para una reunión, le dije. Ahí como por arte de magia me felicita y me comenta que seré el nuevo histriador de la ciudad. Y así, en un gesto casi improvisado, me confía la custodia de la memoria de Matanzas, un rol que asumo con humildad y pasión”.
Desde entonces, su vida se ha transformado en un acto constante de entrega: proteger el patrimonio, revitalizar la ciudad y transmitir la historia con la intensidad de quien vive la memoria como un acto de amor.
Puertas al conocimiento universal
“A mi me encanta dar clases”. El aula es para Ercilio un escenario donde la historia, la ciencia y la literatura se entrelazan. Durante más de cincuenta años, cultiva una pedagogía basada en el diálogo, en la cercanía, en la amistad con sus estudiantes. No dicta lecciones, sino que abre puertas; no impone saberes, invita a recorrerlos.
La clase invertida, en su interpretación, es un encuentro de mentes que se confían mutuamente el conocimiento, un espacio donde la curiosidad combina hábito y reflexión. Cada estudiante le acompaña en un viaje, explora en los laberintos del pasado y del pensamiento, guiado por la voz y la mirada de quien ha hecho del saber un arte. “Me gusta que mis alumnos sean mis amigos, que se sientan cómodos en la clase, no presionados», dice el maestro.
Desde la infancia, Ercilio Vento siente la curiosidad insaciable por los idiomas. No espera a los maestros: aprende solo, como quien descubre un jardín secreto. Explora cada lengua como un territorio nuevo, un mapa del pensamiento humano. Hoy, su voz puede surcar varios idiomas, y cada uno de ellos es un instrumento que amplifica su percepción del mundo.
A veces, como un acróbata de la mente, estudia tres lenguas simultáneas. Para él, aprender idiomas es adquirir palabras, abrir ventanas y puertas a civilizaciones, a pensamientos que trascienden calendarios y los muros de la memoria.
La antropología: una aventura
La medicina y la antropología convergen en su vida como ríos en un delta de saberes. Su pasión por la espeleología, inicia en 1963 y lo conduce a mundos subterráneos donde el tiempo parece detenerse. La arqueología y la antropología se manifiestan en cada estalactita, en cada hueso olvidado.
En cavernas y oscuridades, conoce a personas de talla internacional, desde asesores del FBI hasta expertos en antropología forense, quienes lo guían en la creación de su tesis sobre la paleopatología infecciosa aborigen de Cuba. Vento disfruta aquella tesis acto como un viaje intelectual en el que cada descubrimiento abre una ventana a mundos ocultos. Por supuesto, la etapa investigativa no estuvo exenta de espinas, de obstáculos propios de la rigurosidad científica, pero cada página escrita consolida su vocación y su amor por el conocimiento.
El hombre enamorado y la familia como refugio
Tras el estudio y los laboratorios, Ercilio vive con intensidad el amor. Más que un sabio que conquista idiomas y descifra huesos antiguos; es un guardián de afectos, un viajero. Su vida demuestra que la erudición y el amor son ríos que corren paralelos.
Cuando habla de su hijo se emociona como navegante que descubre un puerto secreto tras una larga travesía. Su fruto, médico destacado en un hospital de la capital china, refleja los valores que le transmitió: perseverancia, disciplina y el arte de volar alto sin miedo a la vida. “Mi hijo es el hijo que siempre soñé tener”, confiesa Ercilio con un hilo de emoción.
“Le enseñé a volar, a perseguir sus sueños, a no dejarse vencer por nada ni por nadie. Y lo logró. Ahora brilla el hombre que admiro profundamente, no solo por sus logros, sino por la claridad con que identifica el camino hacia ellos”. La ternura se extiende hasta su nieto, un niño que ya desafía al tiempo y al idioma. “Mi pequeño ‘chinito’, como le llamo, habla inglés, español, coreano y mandarín”, dice con orgullo desbordante.
“Mi esposa es como una niña que me acompaña desde hace dos décadas. El eje de nuestro amor resulta la amistad, el respeto, la admiración y la certeza de un vínculo que desafía el tiempo. “El amor verdadero”, aclara, “requiere esas cosas: amistad y admiración, porque de ahí surge el respeto. Ella es bella, elegante, radiante. ¿Yo? El feo soy yo”, agrega con humor y esboza la sencillez de un hombre que aprende a medir la vida por el corazón y no a través del espejo.

Reconocimientos, placeres y aventuras
El Premio Nacional de Espeleología, no fue solo un galardón más: es el reconocimiento de un país entero, de sus colegas, de todos los espeleólogos que lo propusieron y lo eligieron como custodio de un legado subterráneo. Ercilio recuerda con respeto el momento en que asumió la presidencia de la Sociedad, tras la muerte de Antonio Núñez Jiménez: doce años de responsabilidad, de liderazgo y de amor por las cavernas y sus secretos. “Fue una tarea enorme”, confiesa, “pero lo asumí con la humildad de quien sabe que el conocimiento despierta el interés colectivo y el personal”.
A pesar de su inmensa erudición, Vento se regocija en los pequeños placeres de la vida: los espaguetis a la italiana, los camarones enchilados y el descanso tranquilo en la cama. Pero hay una regla inviolable: su amor no se comparte con la vulgaridad, y cada gesto de afecto se reserva para quienes lo merecen.
Al concluir este recorrido por su existencia, Ercilio Vento se revela como un arquitecto del tiempo, un hombre que aún construye su vida entre la ciencia, la historia y la pasión por el conocimiento. Cada descubrimiento médico, cada hallazgo arqueológico y cada trazo de su pincel son testigos de su curiosidad insaciable y de su vocación por iluminar los rincones olvidados del mundo.
Más allá de títulos, honores y reconocimientos, perdura su don de convertir el pasado en presente. La magia radica en hacer que los ecos de la historia resuenen en los espacios donde habita, y de ofrecer el fruto de sus saberes a quienes buscan comprender la vida.
Ercilio deja suspendida en el aire la certeza de que la grandeza humana se nutre de curiosidad, esfuerzo y afecto. Su vida se despliega en actos, en cantos escritos con la tinta de la pasión y la perseverancia; en la invitación a explorar, cada día, como un fragmento aún por descifrar.
Con la modestia de un maestro y la audacia de un explorador, nos recuerda que la verdadera riqueza no se acumula, sino que se comparte. Así, cada jornada constituye una página nueva en el libro que somos capaces de escribir, siempre con el coraje de aprender y de asombrarnos.
Cuando se le pregunta qué le falta por vivir, responde con la serenidad de quien recorre mundos, aprende lenguas y explora cavernas: “No sé… siempre es una aventura: una aventura, recalca”. Y, en efecto, cada día de su vida constituye un viaje a través de la ciencia, la historia, el arte y del corazón humano.
I Foto: Tomada de Internet



