Ese día era uno más como otro cualquiera, con la distinción, de ser feriado por conmemorarse los 205 años de la Batalla de Carabobo de 1821 y Día del Ejército Nacional Bolivariano, por lo que una buena parte de los venezolanos estaban en sus hogares compartiendo en familia.
La tarde de ese miércoles inolvidable a las 18:04:33, hora local, Caracas y otras seis regiones del litoral costero norte, se estremecieron con dos fortísimos sismos de 7,2 y 7,5 grados de magnitud en la escala abierta de Richter con una diferencia de solo 39 segundos entre uno y el otro, que la ciencia considera uno de los eventos más peligrosos en la sismología.
El segundo seísmo duró 23 segundos que parecieron eternos en un tiempo indetenible, y experimentarlo, a una altura de 22 pisos, fue sentir la sensación de la fragilidad del ser humano ante una fuerza potente, avasalladora e inhumana que te hace pensar hasta en la muerte.
Vivir ese ruido ensordecedor, el movimiento irrefrenable de paredes y objetos de todo tipo que caen, los gritos aterradores de personas pidiendo a Dios, clamando por sus seres queridos, no es igual a percibirlo en imágenes y leerlo, aunque también se sufre a la distancia.
Descender por las escaleras corriendo (literalmente volando), aún bandeándote de un lado a otro, ver a mujeres, ancianos, algunos desvalidos, padres con hijos en brazos por su condición física, estremece y conmueve, pero ratifica ese instinto que llevamos dentro por la supervivencia.
Ya en los bajos del edificio, supuestamente protegidos, percibes el pavor, desamparo y el miedo en los rostros de cada ser que pasa a tu lado, reparas en las lágrimas de no pocos que, con teléfono en mano, intentan comunicarse con familiares y amigos, son minutos donde la incertidumbre se apodera del corazón y la mente, sin encontrar consuelo.
Aunque la calma va regresando al cuerpo, poco a poco, el miedo se escabulle sin irse del todo, y la esperanza de estar vivo “por milagro de alguien o no sé qué”, es entonces cuando comienzan las historias que hacen llorar o reír como la amiga que contó que “estaba bien, pero su gato se resguardó en el closet sin querer salir”.
La noche del 24 de junio fueron miles los que pernoctaron a la intemperie, en calles, parques y plazas públicas, muchos de los cuales permanecen hoy, ante el temor de las heridas dejadas en sus viviendas o edificios, a los cuales temen regresar por las insistentes réplicas que en más de 600 mantienen la zozobra.
Si bien los segundos de impacto del movimiento de tierra son espeluznantes, no menos resultan los acomodamientos posteriores de las placas tectónicas, que de forma caprichosa te mantienen en vilo, bajo permanente desasosiego y estrés, que nada ni nadie puede pretender cambiar.
El haber sido reconocido este evento como la “tragedia natural” más grande en la historia de Venezuela, no es poca cosa, cuando se miran los números de fallecidos, heridos, destrozos de infraestructuras de todo tipo y, en especial el alma, que queda marcada para toda la existencia.
Más allá del dolor imperturbable del momento y sus secuelas que te calan: días, horas, semanas, meses y quizás hasta años, quién sabe hasta dónde, vemos entonces que la fuerza del ser humano no tiene fin y la esperanza se mantiene firme en medio de tanto desconsuelo.
Cada niño, mujer, hombre o animal de compañía rescatado bajo los escombros se transforma en aplauso, risa, llanto, en algo mágico indescriptible; la solidaridad alcanza el paroxismo en todas sus formas, aunque también sale a relucir, en mucha menor cuantía, esa parte oscura de algunos como si el “diablo” de verdad existiera.
Caracas, Falcón, Aragua, Carabobo, Yaracuy, Miranda y La Guaira, sobre todo este último territorio, lloran hoy a sus hijos, madres, padres, abuelos, primos, amigos y conocidos muertos, pero por doquier se escucha una sola voz como indicativo de que “estamos vivos y nos recuperaremos”.
La naturaleza tiene caprichos imprevistos e impredecibles, el Hombre: la fe, la esperanza, el consuelo y fuerza para subsistir junto a ella, no importa lo difícil, mañana será mejor, aferrarse a ello es el reto. (ALH)
