El maestro y pedagogo Arturo Echemendía fue uno de los pensadores matanceros más fecundos.

Nacido en Matanzas el 1 de septiembre de 1880, Arturo Echemendía Molino es una de las personalidades más sobresalientes de la historia de la educación matancera. Muy joven se vinculó a la instrucción pública como empleado de la Superintendencia de Escuelas en la ciudad yumurina. Aunque, por no inmiscuirse en la política, fue cesanteado a pesar de su probada dedicación a las funciones que desempeñaba.

Decidido a emprender la carrera magisterial, Arturo Echemendía alcanzó el grado de Doctor en Filosofía y Letras en 1911. La tesis que presentó se tituló “Importancia que tiene el estudio del poema «De rerum natura» desde el punto de vista lingüístico, literario y filosófico”. Se publicó en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, en el número correspondiente a marzo de 1911, por recomendación especial del tribunal que lo examinó.

En 1923 ganó en exámenes de oposición la Cátedra de Lógica del Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas. Le correspondió sustituir a un gran profesor y patriota, el doctor Mateo Ignacio Fiol. Poco tiempo después fue electo por el claustro como director de esta institución. Durante los años de servicio en esa responsabilidad, Arturo Echemendía cimentó un sólido prestigio que agigantó su figura ante la sociedad matancera.

Tras una visita a Matanzas en 1926, el secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes destacó en el informe oficial que habían quedado demostradas

“…las simpatías y las consideraciones de que goza en aquella sociedad el Dr. Arturo Echemendía, director del Instituto y persona de vastos conocimientos”.

Fue, además, director del Liceo de Matanzas. Fundó y dirigió el célebre Colegio de los Catedráticos, que después se convirtió en el Colegio Arturo Echemendía, escuela que radicó primero en la calle Jovellanos y después en la calle Río, de la ciudad de Matanzas.

Arturo Echemendía murió en Matanzas, el 16 de mayo de 1934. La prensa de la época, que había dado seguimiento al desarrollo de la dolencia que lo llevó a la tumba, reflejó fielmente el dolor del pueblo matancero ante la pérdida de uno de sus egregios maestros. Así lo reflejó Manolo Jarquín, corresponsal del Diario de la Marina, al destacar la muerte

“…del ilustre —bien ilustre— sabio, digno y prestigiosísimo educador, que por tantos años fue Director del Instituto y creó después esa Academia de la calle de Jovellanos, que es Centro de Enseñanza, quizás hoy, entre los de índole privada, el más valioso de la República”.

“Todo lo tenía el hombre que acaba de bajar a la tumba, a una edad en que podía esperar la Patria de él, mucho, mucho más, de lo muchísimo que ya le diera”.

“Muere a los cincuenta y tres años el insigne mentor y se apaga a edad tan temprana aquel cerebro, como pocos equilibrado, como muy pocos faro y guía de la juventud cubana”.

“Todo lo reunía el Dr. Echemendía, (…), porque a su inmensísimo talento, a su vastísima cultura, a su profunda ilustración, aunaba la sencilles de carácter, la bondad de alma, la generosidad de espíritu, que lo hacía un ser casi superior”.

Por último, señaló:

“Matanzas llora hoy la desaparición de uno de sus elegidos, de uno de sus más grandes hijos”.

Ideas pedagógicas

La obra escrita de Arturo Echemendía no fue muy extensa, pero sí muy profunda. Nunca se han recopilado todos los textos que dedicó a temas educacionales, aunque lo que se conoce da una idea fehaciente de lo atinado de sus propuestas para enfrentar los problemas de la escuela cubana de la época en que vivió. Se le consideró una verdadera autoridad en los temas relacionados con la segunda enseñanza o enseñanza secundaria.

Con otro educador matancero, Raúl Miranda Fernández, publicó el texto Alrededor de la escuela (1909). Al momento de salir de las prensas este volumen, Joaquín N. Aramburo, redactor del Diario de la Marina, resaltó que entre los libros publicados sobre temas educaciones,

“…tal vez ninguno ha sido escrito en lenguaje más escogido, con mayor profundidad de observación y más altas finalidades filosóficas…”.

Portada de La personalidad de Echemendía, por Medardo Vitier. Archivo del autor.

En la Revista de Instrucción Pública dio a conocer varios trabajos, en los que plasmó consideraciones pedagógicas acerca de la organización de la segunda enseñanza en Cuba. Fue el caso de “La Educación Secundaria en los Institutos durante el régimen republicano” (1925) y “Las escuelas primarias superiores” (1925). Otros temas generales que abordó en esta publicación fueron “La lógica infantil” (1926), “La enseñanza cívica en las escuelas secundarias” (1926), “Algunas investigaciones científicas sobre la lectura” (1926) y “Principios fundamentales de la metodología de la lectura” (1926).

Debido a sus conocimientos y autoridad como educador, el criterio pedagógico de Arturo Echemendía fue consultado y tenido en cuenta. Esto sucedió en varios los momentos. En 1926 el Diario de la Marina dio a conocer dos informes que elaboró para la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes sobre el tema, entonces candente, de la reforma de la Segunda Enseñanza. Estos fueron “La duración de los estudios de bachillerato” e “Informe acerca de los libros de texto para la segunda enseñanza”, el último escrito junto a Francisco Marcer.

En 1938 la Dirección de Enseñanza de la Secretaría de Educación compiló parte de su obra en el libro Alrededor de la escuela secundaria. Este fue el segundo volumen de la Biblioteca de Educadores Cubanos.

La huella de un hombre

Desde muy joven Arturo Echemendía se ganó la admiración de sus contemporáneos. En 1909 se le elogió en el Diario de la Marina como

“…una de las inteligencias más templadas, más robusta, de mayor penetración que hay en nuestra juventud. Sus conocimientos son muy vastos, y la exquisitez de su gusto sabe encontrar en todo lo mejor, sacar lo mejor de todo. Últimamente ha publicado un libro en unión de Raúl Miranda: «Alrededor de la escuela». Está repleto de ideas, prueba un perfecto estudio del problema, y hallase escrito en un estilo terso, castizo y armonioso”.

Uno de los grandes amigos de Arturo Echemendía fue Medardo Vitier, quien siempre manifestó sincera admiración por el educador yumurino. Incluso le dedicó un libro, que tituló La personalidad de Arturo Echemendía (1932). En este recogió la conferencia que impartió en el Liceo de Matanzas el 9 de octubre de 1932. En esa oportunidad Medado Vitier expresó:

“El intelecto del Dr. Echemendía pertenece resueltamente a las organizaciones superiores. Se instala en los predios del talento. Luce en la exposición del saber ya organizado. Es cauteloso para con lo nuevo. No es espíritu muy sacudido por inquietudes de innovación contemporánea. Su parquedad intelectual le detiene a medir y sopesar lo nuevo. Es hombre respetuoso de las tradiciones del pensamiento, en lo social, en lo filosófico, lo cual no le enfría el aliento para sentir la necesidad y la inminencia de corrientes nuevas. Acumula y compone, más que crea”.

La obra educativa de Arturo Echemendía la juzgó Alfredo Miguel Aguayo en “Echemendía, pedadogo de la escuela secundaria”, ensayo que incluyó en el libro Tres grandes en educadores cubanos (1937). Según Aguayo:

“…el mejor programa de reformas de nuestra enseñanza secundaria es a mi juicio una colección completa de los escritos de Arturo” (…) “Procuremos llevar a la zona de la realidad las enseñanzas del grande, del talentoso, del inmaculado maestro que en vida llevó el nombre de Arturo Echemendía. Es este el mejor homenaje que puede tributársele. Comencemos la obra de reparación que se le debe publicando una edición completa de sus bellos y útiles escritos. Estos serán un sólido programa de reformas de la escuela secundaria de Cuba”.

En 1954 el poeta Agustín Acosta lo evocó con estas palabras:

“Lo circunstante parecía no atraerle. La mirada de sus ojos tan claros apenas se detenía en el trajín cotidiano, en el pequeño suceso de la calle alborotada. Y, sin embargo, todo lo veía, todo lo juzgaba. Callaba después. Era un espíritu bondadosamente aristocrático. Su sonrisa denunciaba siempre un poco de asombro. Era tan lúcido que robaba el pensamiento de los que alternaban con él; y era tan generoso y tan sincero, y tan fuerte, que no escondía el suyo. Los emitía como en consulta, pero el adversario mental de ese instante sabía que, frente a él, ya estaba vencido. La consulta era una delicada lección, dicha en voz baja, sin un ademán de maestro. No necesitan de gritos ni de palmetas los maestros. La idea y la palabra valen más que las fingidas indignaciones y las actitudes teatrales”. (ALH)

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