Cada año, del 24 al 30 de octubre, el mundo es convocado a una pausa colectiva por la Semana del Desarme, iniciativa que nació en 1978, en el Documento Final de la primera sesión especial de la Asamblea General dedicada al desarme, y que desde entonces se renueva cada octubre coincidiendo con el aniversario de la fundación de la ONU.

El objetivo es sencillo y al mismo tiempo ambicioso: promover la conciencia pública sobre los peligros de las armas nucleares, convencionales, autónomas o de cualquier otra índole y recordar que la seguridad real no se construye con más arsenales, sino con menos.

En un planeta que en 2025 destinó casi 2,9 billones de dólares a gasto militar, la Semana del Desarme llega como un espejo. Nos obliga a preguntarnos cuántas escuelas, hospitales, sistemas de agua potable o programas de adaptación climática podrían financiarse con una fracción de ese dinero.

Nos obliga a mirar a los civiles que siguen muriendo bajo el fuego de armas pesadas en zonas pobladas, a las comunidades destrozadas por el tráfico ilícito de armas pequeñas y a las nuevas amenazas que representan los sistemas de armas autónomos y la militarización del espacio.

El secretario general António Guterres lo ha dicho con claridad en más de una ocasión: “El desarme debe volver al centro de nuestros esfuerzos comunes por la paz y la seguridad”. No es una frase retórica. Es un diagnóstico.

En un mundo de tensiones crecientes, de discursos de fuerza y de tecnologías que avanzan más rápido que las normas que deberían regularlas, el desarme no es un ideal utópico, es una condición de supervivencia.

Esta semana no pretende resolver de un plumazo los conflictos armados ni desactivar de inmediato los arsenales nucleares. Su valor está en otra parte: en abrir espacios de reflexión, en recordar que el diálogo político y la negociación siguen siendo más efectivos y más humanos que la carrera armamentista. Gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, académicos y ciudadanos de a pie son invitados a participar, a educar, a debatir y a exigir que los recursos de la humanidad se orienten hacia la vida y no hacia la destrucción.

La Semana del Desarme nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: el futuro de la humanidad no se asegura acumulando más poder destructivo, sino reduciéndolo. Cada arma que no se fabrica, cada tratado que se cumple, cada conversación que se abre en lugar de cerrarse con la fuerza, es un paso hacia un mundo un poco más seguro y un poco más digno.

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