El día en que murió su hermana, la vida se derrumbó. Fue una llamada telefónica, cuando le avisaron que le habían puesto algo en el vaso y no había vuelto a despertar. Ella tenía 15 años y era el mayor apoyo que tenía, la que siempre le había dicho que iba a triunfar.

Con ella compartió la realidad de una infancia pobre, pero que él recuerda como feliz. Ella fue la que lo retaba cuando dejaba de entrenar y a ella le confesó que a veces tenía que robar papas para no tener hambre.
Ella era su confidente, su aliada, su consejera y todo se esfumó en un llamado que llegó cuando vivía un buen momento.

Había iniciado en un club infantil, en el anónimo corazón de Costa de Marfil. Después tuvo unas pruebas en Estados Unidos, viviendo una vida ajena, en la que se destacó por su talento, pero nadie lo contrató. Volvió a su tierra y creyó que el sueño se había roto, pero fue ella quien lo convenció de seguir intentando. Y siguió. Al poco tiempo fichó por el Leganés y ahí inició su carrera. Con ella al lado, y con él dándolo todo.

Después se fue Alemania y hoy brilla como una de las figuras emergentes del mundo. Pero en su corazón tiene un vacío que no puede llenar: la ausencia de su hermana. En una carta que le escribió, lo relató directamente: “Ya no siento emociones”, confirmando que arrastra una pena que va más allá del fútbol.

Pero en la misma carta, confirmó que el dolor que siente es el motor que usa para seguir entrenando y que sigue soñando con ser el mejor jugador del mundo. Por años lo hizo con ella, y ahora lo hace por ella, porque entiende que seguirá viviendo mientras él la recuerde y mientras ella lo inspire.

Yan Diomande juega hoy la Copa Mundial de Fútbol, y con 19 años ya conoce la pobreza, la ilusión, la frustración, la esperanza y la pérdida. Pero sobre todo, conoce la realidad de una vida de esfuerzo y proyecta un futuro que nunca creyó posible, pero que siempre soñó. Porque a veces solo basta que una persona crea en ti.

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