Miriam Muñoz Benítez constituye un acto de resistencia teatral ante las adversidades; las de una mujer que se acerca a los 80, frágil y diminuta, pero que se reinventa constantemente, en lo individual y en la trayectoria de su colectivo, que como la mayoría de los grupos pierde actores por muchísimas razones: emigran, deciden irse a otros grupos u otros trabajos, o aprueban una carrera en la Universidad de las Artes.
Pero siempre Mirita se levanta. Estrena o vuelve a su repertorio de monólogos o a obras que forman parte de la historia del colectivo.
Charlot es uno de esos espectáculos en el que se han formado varias generaciones de icarones. Homenaje a ese ícono del cine mundial, constituye una de esas obras-escuela de actores a los que les exige la utilización de cuerpos y gestos dentro de los cánones del cine mudo y de los códigos de la comicidad de Chaplin.
Mirita se inmiscuye en los procesos y en los resultados y, junto a Lucre Estévez Muñoz, se une a una nueva generación que se lanza al desafío de impregnarle a la escena, a la comunicación con el público, en un espectáculo aparentemente sencillo, pero que resulta complejo, porque no solo es objeto (bastón, auto…), signo, apropiación; sino también ofrecer organicidad a cada imagen, a cada suceso.
El Chaplin de Mirita es siempre guía, referencia, para llevar a los alumnos actores, con diferentes estadios de formación, a defender una obra que tiene un significado especial en la historia de Icarón, su defensa como escuela taller de actuación —Icaro, que arde y se resucita—, el diseño de Rolando Estévez, y la estela del legado de diversos instantes de la trayectoria de un grupo que nació en el 2001, en las ruinas del Teatro Principal.
La otra orilla, del dramaturgo Ulises Cala, ganador este año del Premio Virgilio Piñera, volvió a escena con el diseño escénico de Adán Rodríguez Falcón y la actuación de los jóvenes del taller de Icarón que rigen Lucre y Mirita, lo que propicia una nueva lectura del texto.
Tomado de Periódico Girón
