La memoria sonora de la nación conserva intacto aquel instante del 14 de octubre de 1997,todavía estremece evocar a la periodista Minoska Cadalso Navarro cuando, con la voz entrecortada por la emoción y el peso sagrado de la historia, quebró el silencio a través del éter radiofónico para anunciar a Cuba entera: «A las 7 con 17 minutos llega a Santa Clara la caravana que transporta los restos del Comandante Ernesto Che Guevara y sus compañeros de lucha».

Fue una frase detenida para siempre en el alma colectiva, el preámbulo de un reencuentro largamente postergado entre el pueblo villaclareño y su libertador de la boina con estrella solitaria.

En los alrededores del parque Leoncio Vidal y de la biblioteca provincial Martí, la noche cayó con un mutismo sobrecogedor,cientos de santaclareños, congregados desde horas tempranas en las aceras, aguardaron con las manos en el pecho el paso solemne de los armones militares cubiertos con la bandera de la estrella solitaria.

 

No hubo consignas ruidosas; solo el murmullo contenido del llanto, el respeto reverente y esa melodía íntima que flotaba en el aire como un himno silencioso: «Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia, Comandante Che Guevara»,aquellas notas parecían brotar del adoquín mismo para arropar a los combatientes que regresaban de la selva suramericana.

A lo largo de los casi trescientos kilómetros de la Carretera Central desde La Habana, una marea humana ininterrumpida había escoltado el cortejo sin conceder un solo palmo al olvido.

 

El comandante del Ejército Rebelde Víctor Bordón, quien custodió la comitiva al frente de los oficiales veteranos, describiría tiempo después la estampa de familias completas formadas en posición de firme, ancianos descubriéndose la cabeza y niños de pañoleta roja que saludaban el tránsito de los ataúdes con los ojos anegados en lágrimas.

Aquel peregrinaje hacia el corazón de Cuba coronaba el retorno definitivo iniciado el 12 de julio de 1997, cuando los restos mortales tocaron suelo patrio en la pista de San Antonio de los Baños ante la mirada adolorida pero altiva del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Fue entonces cuando Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en aquellos días primer secretario del Partido en la provincia, condensó el sentimiento de todo un territorio al proclamar que el Che entraba una vez más, invicto y victorioso, a Santa Clara.

La Sala Caturla de la biblioteca provincial custodió los osarios durante tres jornadas continuas de vigilia popular, escenario donde una multitud interminable desfiló ante los nichos provisionales hasta la mañana del 17 de octubre, momento en que los combatientes marcharon rumbo a su morada definitiva en el Memorial de la Plaza de la Revolución.

Transcurridas casi tres décadas de aquel acontecimiento, la ciudad no olvida a sus héroes.

La huella del médico revolucionario que combatió calle a calle a finales de diciembre de 1958 permanece viva, convertida en un pacto tácito de dignidad, amor y lealtad que desafía la fragilidad del tiempo.

Fotos: Archivo 

Henry Omar Perez / ACN

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