¿Dónde se aprende a cambiar la risa por el deber, y el miedo por una tranquilidad feroz que desafía a la misma muerte? … La respuesta no está en algún actualizado manual de guerra.
Está en las calles de toda Cuba. En las lomas de Santiago, en un rincón de Sancti Spíritus, en un recodo de la Ciénaga de Zapata, donde una madre recibe una bandera doblada.
Está en el silencio espeso y digno de los rostros comprometidos, unidos por el dolor y el orgullo. Está donde los cubanos nos reunimos no para llorar una derrota.
Hoy alzamos el duelo como un estandarte. No es tristeza lo que se ve en nuestros ojos; es la rabia de quien sabe que un pedazo de su alma cayó combatiendo por algo más grande que sí mismo.
Y en el orden de las cosas, hasta el dolor tiene su geometría sagrada. Mira esa lista de nombres. Parecen solo 32, pero no lo son. Es la cola del honor que inicia la fila interminable de un pueblo que, incluso para despedir a sus mejores, lo hace con la disciplina que nos inculcaron Céspedes y Maceo, Martí y Fidel.
Acá sabemos que el caos es arma del enemigo, y ni en el trance más duro se nos caerá la compostura.
Pero todo se concretiza, al final, en 32 nombres que la historia registrará con mayúsculas doradas. Detrás de la proclama, detrás del decreto presidencial, detrás de las banderas a media asta, están. Y el Antonio, y la María, y el Luis. Gente de a pie que un día decidió que su pie pisaría firme en la primera línea de la dignidad.
Ahí reside el núcleo duro de nuestra hazaña colectiva: la transformación de lo cotidiano en eterno. Cubanos convertidos, por la elección suprema del sacrificio, en pilares de la Patria Grande.
Por eso hoy, mientras el himno suena y el sol ilumina las banderas, no hay derrota. Hay siembra. Una siembra dura, cruel, que parte el alma. Pero de la que, les aseguro —porque la historia de Cuba es testigo— brotará con más fuerza la rabia contra el enemigo. Porque cada uno de ellos siembra un bosque de hombres y mujeres dispuestos a seguir su camino.
Este post podría terminar aquí. Ya he llenado las líneas y satisfecho el pensamiento, no obstante, la verdad es incómoda y pide una última línea.
La misma línea que brota, seca y clara, de cada portal donde la gente comenta la noticia, de cada mirada que se cruza en la cola con un brillo de cómplice determinación: ¡Aquí no se rinde nadie, coj….!
Tomado del Perfil de Facebook de Gabriel Torres Rodriguez
