Fotos: Naturaleza Secreta
En la televisión cubana, el tiempo —literal y simbólicamente— es un recurso limitado. Cada segundo cuenta y cada palabra debe ser precisa. Por eso, cuando en una de las madrugadas del cierre informativo una meteoróloga logró condensar con vértigo y exactitud la el estado del tiempo de todo el archipiélago, quedó claro que no se trataba solo de rapidez, sino de dominio del lenguaje televisivo y profundo conocimiento científico.
La escena no pasó inadvertida. La entrevista que reveló los entresijos de ese “parte meteorológico electrizante” fue compartida en Facebook por el ministro de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Armando Rodríguez Batista, gesto que confirma el alcance social y mediático de una labor que, desde la pantalla, orienta, previene y, muchas veces, salva vidas.
La protagonista es la máster en Ciencias Ailyn Caridad Justiz Águila, jefa del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología. En televisión se muestra firme, directa, concentrada; fuera de cámara, asegura, la comunicación fluye con naturalidad. “Siempre tenía en mi mente que quería ser maestra o doctora”, recuerda, al evocar un entorno familiar marcado por la vocación de servicio: una madre enfermera y una tía maestra que dejaron huella en su manera de entender el conocimiento.

Su camino hacia la meteorología no fue lineal ni predestinado. Al terminar el duodécimo grado, llegó por primera vez a Ciego de Ávila una convocatoria exigente para carreras vinculadas a las ciencias nucleares, entre ellas Meteorología. “Eran muchos los requisitos: dominar la física, las matemáticas, tener conocimientos de geografía y de química”, explica Ailyn. De 22 aspirantes, solo había una plaza para la provincia. “Fuimos para la universidad, hicimos la prueba de aptitud y la única plaza de Meteorología la obtuve yo”.
Ya como estudiante en la Universidad de La Habana**, la experiencia del huracán Wilma, en 2005, marcó un antes y un después. “Primero nos asustamos. Wilma me marcó realmente y puso en dudas si era eso lo que yo quería”, confiesa. Sin embargo, de aquella sacudida nació una certeza ética: “Mi meta fue pensar cómo ayudar a pronosticar para que las personas estén preparadas para un evento como ese”. Ahí, dice, se afianzó definitivamente su compromiso con la carrera.

Desde el segundo año comenzó las prácticas en estaciones meteorológicas y radares, mientras desarrollaba otra vocación paralela: la docencia. “En la primaria gané encuentros de monitores dando clases de matemáticas; en el preuniversitario dimos el paso al frente para formar a otros estudiantes”, recuerda. Más tarde fue alumna ayudante en la universidad y, al graduarse en 2010, comenzó a impartir clases de manera sistemática. Esa experiencia pedagógica sería clave para su desempeño posterior en televisión.
El salto a las cámaras llegó como un nuevo desafío, alentado por José Rubiera, figura fundacional del meteorólogo comunicador en Cuba. “Es complicado al principio, porque sabes que hay muchas personas observándote y que tu información puede ser utilizada de muchas maneras”, reconoce Ailyn. Sin embargo, la práctica docente y la preparación recibida de especialistas de la radio y la televisión le permitieron asumir el reto con seguridad.
Hoy, su destreza frente a las cámaras es resultado de esa doble formación: científica y comunicativa. No es casual que el Instituto de Meteorología sea una de las instituciones científicas con mayor presencia en la televisión cubana. Sus especialistas han aceptado el sacrificio de informar incluso en las peores circunstancias climáticas, cuando el deber profesional se impone sobre la tranquilidad personal.

“La información meteorológica no es solo un dato; es una herramienta para proteger a las personas”, insiste Ailyn. Y desde la pantalla, con partes veloces, precisos y comprensibles, esa convicción se materializa cada día.
En tiempos de inmediatez y consumo acelerado, la televisión sigue siendo un espacio decisivo para la comunicación científica en Cuba. Historias como la de Ailyn Caridad Justiz Águila lo confirman: detrás de cada pronóstico hay estudio, vocación pedagógica y una ética profesional que entiende la pantalla como servicio público. De casta le viene al galgo, y la televisión cubana —una vez más— se beneficia de ello.
Félix A. Correa Álvarez/ Televisión cubana
