El reloj marcaba las 11:50 de la mañana del 11 de enero de 1980, cuando Celia Sánchez Manduley, aquel huracán de amor y combate, encontró su calma definitiva en La Habana.

La noticia recorrió Cuba como un suspiro quebrantado, desgarrando el alma colectiva. En la Plaza, se extendió un silencio vasto, semejante al que deja a su paso una bandada de pájaros. La constelación guerrillera perdía a una de sus estrellas más fieles.

Cuentan que el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, se inclinó sobre el féretro, apoyó ambas manos en el sudario y, con el rostro enrojecido, dejó fluir las lágrimas que ya no pudo contener. Era la despedida de un guerrillero para una guerrillera.

Su dolor era el reconocimiento ante la ausencia irreparable de su más leal escudera, aquella colaboradora incondicional que, desde 1953, subió junto a su padre al pico Turquino para homenajear a Martí en su centenario; que, en 1957 tejió la red clandestina que salvó a los expedicionarios del Granma, gestionó el sustento de la guerra en la Sierra y se erigió, tras la victoria, en auxiliar insustituible.

Ella estuvo en los escenarios más complejos y arriesgados, en la primera línea de la lucha revolucionaria. Tras el triunfo revolucionario, desde su despacho, tendió un puente único entre el líder y el pueblo, asegurándose de que Fidel conociera en todo momento lo que la gente sentía y necesitaba.

Un mar de pueblo desfiló ante ella para darle el último adiós. En aquel momento de duelo, Armando Hart Dávalos, su compañero de luchas, halló las palabras definitivas para definir su esencia: «Celia será siempre para todos sus compañeros la fibra más íntima y querida de la Revolución Cubana, la más entrañable de nuestras hermanas, la más autóctona flor de la Revolución».

Su partida no fue un final, sino un cambio de forma. La mujer del llano y la montaña, la que fue Norma y Aly, emprendía su último y más alto servicio: la eternidad.

Celia, la lealtad hecha mujer durante 60 años, se transfiguraba en esencia del pueblo. Ya no estaría tras un escritorio, sino en la mano que alza una escuela, en el cuidado que salva un archivo y en la voluntad que cimienta el porvenir.

Su ejemplo, como la última onda expansiva de aquel huracán hecho mujer, se hizo brisa persistente en la historia: un aire cargado de valor y ternura, que aún nutre la tierra del mañana.

Y es allí, en esa tierra fértil, donde su raíz permanece. Desde la profundidad del pueblo, la más autóctona flor nos sigue amaneciendo. Ella, como dijera Hart, nos estimula en esta hora que viven la Patria para continuar luchando por un mundo mejor y más pleno para todos.

Anaisis Hidalgo Rodríguez/ Granma

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *