Obra Casas    Convivir con las indisciplinas sociales se ha vuelto casi común. Incluso, ya nadie se asombra si de reojo cuando desanda la populosa Calle Medio encuentra a alguien sentado en el espaldar de un banco, o si en la Plaza de la Vigía dos o tres niños rayan la obra Casa (Pirámides) a la vista de los padres. Tampoco es motivo de desasosiego que se tire basura en plena calle, se escriban grafitis en las paredes o que desde el Puente de Tirry se trepen y lancen de sus barandas a plena luz del día tres o cuatro adolescentes.

Este tipo de comportamientos que se traducen en indisciplinas sociales, lamentablemente no son los únicos, aunque resulten más alarmantes porque afectan a un mayor número de personas pues atentan contra la propiedad social. También las hay en menor escala, concentradas en barrios, escuelas o centros laborales.

Los ejemplos sobran: el vecino que tira desde el tercer piso la basura; el centro recreativo que pone la playlist de turno desde las 9 de la mañana hasta bien entrada la madrugada sin importar el disgusto de quienes conviven en las cercanías; o aquellos que juegan dominó en la esquina y no cesan de decir palabrotas cada vez que su pareja en el juego se pasa.

Desde hace algunas décadas las indisciplinas sociales se han enraizado en nuestra sociedad con una fuerza descomunal. Ocurren, casi siempre a plena luz del día y ante la mirada cómplice o indiferente de muchos de nosotros, que preferimos “hacernos los de la vista gorda” para evitar represalias o no buscarnos problemas con aquellos que, por lo general, responden con una actitud violenta.

La mayoría dejamos su enfrentamiento a un cuerpo de inspectores y agentes del orden que son los encargados de velar por el respeto y cumplimiento de las más elementales normas de convivencia y civilidad. Sin embargo, la realidad indica que todavía escasean la exigencia y control por parte de las autoridades, lo cual, unido a otros factores, hace que muchos de estos comportamientos queden impunes.

Las carencias materiales, la premura con la que se vive, la escasa vigilancia popular e institucional y la apatía también hacen que estas conductas que décadas atrás eran inadmisibles en el plano social, hoy no resulten tan alarmantes. Por otra parte, ni en los centros docentes, ni en el seno familiar  se les presta la misma atención que antes a contenidos indispensables como la educación formal, y el cuidado y uso de la propiedad social.

Aunque muchos no lo crean así, la ciudadanía juega un papel fundamental en la identificación y denuncia de estas indisciplinas. La participación activa de las cubanas y cubanos, el papel formador de la familia, y el acompañamiento a los procesos educativos es vital para crear un sentido de responsabilidad colectiva.

Se obvia, muchas veces, que no conocer ni poner en prácticas estas normas puede ser un detonante para el desarrollo de otras prácticas que rozan en el vandalismo, la comisión de delitos, la falta de respeto y la agresividad.

“No son tiempos para meterse en líos”, dirán algunos que prefieren mantenerse al margen de los conflictos y cuya pasividad, la mayoría de las veces, acaba cuando le “rayan la pintura”, como decimos en buen cubano.

Y de eso precisamente se trata de cuidar cada quien su pedacito, ese que nos duele y por el que trabajamos para mantener agradable y embellecido.

Por ello, la pelota no ha de pasar de mano en mano, pues la comunidad es quien primero siente los efectos del vandalismo, la desidia y de la morosidad a la hora de corregir el problema. Cuando dejemos de obviar que estas actitudes irresponsables e inmaduras generan malestar y perturban la estabilidad ciudadana, estaremos aportando también al progreso y dejando sin margen a la ilegalidad y el delito.

Convivir con la marginalidad y la mala educación nunca será una opción. La interacción social precisa, necesariamente, de normas para sostener la moral y las buenas costumbres. La decencia y el buen comportamiento, principios que nos han caracterizado como nación, han de distinguirnos siempre. (ALH)

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