A lo largo de su historia, la ciencia cubana ha dedicado espacios al estudio del manjuarí.
El manjuarí es un pez cubano muy conocido. Su nombre científico es Atractosteus tristoechus y pertenece al orden Lepisosteiformes. Aunque es de poco uso, tiene también el nombre común de “catán cubano”. Es una especie de agua dulce, que se puede encontrar en la Ciénaga de Zapata, Matanzas, aunque existen reportes de presencia en la zona occidental de Pinar del Río y la Isla de la Juventud. A lo largo de la historia, por sus peculiares características, el manjuarí ha sido objeto de estudio por la ciencia cubana.
Parra
En 1787 el portugués Antonio Parra publicó en La Habana el texto “Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, representadas en setenta y cinco láminas”. Este se considera el primer libro de carácter científico que se imprimió en Cuba. Entre las especies de peces descritas en esta obra apareció el manjuarí. Incluso, con una ilustración en la figura 2 de la lámina 40. La descripción dice:
“…la cabeza parece a la del Caimán, ancha y aplanada; tiene tres andanas de dientes, los de la andana del medio son grandes, y puntiagudos. En la mandíbula superior, en su extremo, no tiene más que un agujero de cada lado… (…). Estos se cogen en las lagunas, y ríos de esta Isla, suele haberlos mayores. Su carne se come fresca, y hecha tasajo, y dicen que es muy propia para favorecer las enfermedades cutáneas”.

Poey
El primer gran estudio acerca del manjuarí se debió al eminente naturalista cubano Felipe Poey. Se tituló “El manjuarí” y se publicó en el primer tomo de las Memorias sobre la historia natural de la Isla de Cuba (1851) editadas por el naturalista cubano. Sobre las características de esta especie, destacó Poey que eran
“…peces de agua dulce, del género Lepisosteus de Lacépéde, cuyo nombre, que significa escamas óseas, ha sido corregido por el Sr. Agassiz en Lepidosteus y conservado por los que aprecian la exactitud en las denominaciones gramaticales y científicas”.
Añadió que el nombre vulgar de manjuarí aún no había sido incluido en el diccionario de la Real Academia. Más adelante, expuso las características de este pez, dadas por los naturalistas Georges Cuvier y Louis Agassiz. De este último resaltó los criterios acerca de las características primitivas de la especie, que le daban un carácter “antediluviano”. Esto le hizo formularse una interrogante, que fue el eje central del estudio que realizó:
“¿Por qué, decía yo, siendo el Manjuarí un pez poderoso en la laguna, corpulento, armadas sus mandíbulas de duplicada fila de dientes fuertes y agudos, viviendo entre las turbas tímidas de biajacas y de anguilas, por qué le ha dado Dios una armadura tan sólida, que envuelve y protege su cuerpo por todas partes, que ningún diente puede penetrar, ningún instrumento perforar, si no es los que perforan la piedra o el hierro?”.
Tras recordar las características de la tierra primitiva, concluyó que los manjuaríes “…debieron la conservación de su especie a la resistencia de sus escamas. Así explico la causa final, siempre infalible, aun cuando nuestra inteligencia no sepa descubrirla”. Sobre su presencia en Cuba apuntó que existía en Guanamón, laguna cerca de los Palos y Nueva Paz; las ciénagas de Zapata y Matún, esta última cerca de Jagua. También declara que no duda de su existencia en otros lugares de Cuba, como el extremo occidental de Pinar del Río. Mencionó también la forma en que se pescaba y que sus huevos eran venenosos.

Describió después, paso a paso, el examen anatómico que realizó a un ejemplar, con el objeto de describir la vejiga natatoria, que explicaba el por qué podían vivir largo tiempo fuera del agua. Una segunda parte del estudio la dedicó Poey al esqueleto del manjuarí. Fue muy detallista en relación con el cráneo de esta especie, que era precisamente uno de sus aspectos más interesantes y polémicos para la ciencia de la época.
En el apéndice al primer volumen de las Memorias sobre la historia natural de la Isla de Cuba, Felipe Poey también publicó los resultados de sus investigaciones sobre el manjuarí. Lo hizo a partir de un ejemplar muerto que le había remitido y “…cuatro cabezas enviadas por el Dr. Gundlach, con vísceras en aguardiente”. Esto le permitió realizar nuevas precisiones sobre el funcionamiento de la vejiga natatoria y los huesos del cráneo.

En su principal obra, Ictiología cubana, que ya había escrito en 1883 pero que se publicó íntegra en el año 2000, Felipe Poey incluyó una descripción del manjuarí. En esta oportunidad escribió:
“Las especies de este interesante género existen vivas solamente en América, donde representan las formas antidiluvianas, con temporáneas de los antiquísimos depósitos, viviendo juntamente con los monstruosos Ictiosauros y otros seres indecisos entre peces y reptiles, de cuyos dientes los preservaba la consistencia de sus escamas: como ellos, respiran por branquias y por medio de una vejiga celular que sirve de pulmón. Sin pretender negar la evolución de los seres, de la cual soy partidario, debo aquí consignar que los Lepidósteos ofrecen un argumento en contra, pues en nada han mudado su organización, desde aquella remota edad a que me refiero, anterior a la existencia de los cocodrilos”.
“Viven en aguas dulces y en parte salobres, en varios puntos de la Isla, principalmente en la Ciénaga de Zapata, costa del Sud. Los que conozco son de 3 pies de largo. El doctor Günther menciona un cráneo de 20 pulgadas de longitud: ¿pertenece verdaderamente al Atractosteus tristoechus? Las huevas de este pez son venenosas”.
Jimeno
En 1881 el naturalista matancero Francisco Jimeno publicó en la revista El Ateneo una serie de artículos que tituló “Fauna matancera”. Los primeros cinco trabajos los dedicó a los peces y la primera especie particular que estudió fue precisamente el manjuarí. Así lo hizo el 24 de diciembre de ese año. Al comenzar, informó acerca de su ubicación geográfica:
“Se encuentra en la laguna de Guanamón y en los arroyos de la parte Sur, cerca de la ciénaga de Zapata en la provincia de Matanzas”.
Como dato de interés, añadió seguidamente: “Su carne es estimada por los negros, que hacen tasajo de ella”. Continuó Francisco Jimeno su trabajo con una transcripción de la descripción que aportó Felipe Poey y lo que planteó el naturalista suizo-estadounidense Louis Agassiz acerca de los peces lepidósteos. Después, destacó que
“De todos los animales que constituyen la Fauna Cubana, ninguno de más interés científico que el Manjuarí, único superviviente del período paleozoico o más bien secundario…”.
Tras reconocer la antigüedad de esta especie, Francisco Jimeno, agregó que sólo en América
“…ha sobrevivido y conservado por espacio de miles de miles de años hasta llegar a nosotros. ¡Único caso que se registra en los anales de las ciencias!”.

La presencia en Cuba del manjuarí era, según consideró, una prueba de la teoría que planteaba de Cuba había estado unida al continente en una época muy remota. Esta idea le sirvió de pretexto para presentar la distribución de las especies vivas de lepidósteos. En una nota a este trabajo, Francisco Jimeno aclaró lo relativo a las denominaciones en latín de esta especie:
“La palabra Lepidósteos significa escamas óseas. Atractosteos huesos en forma de huso, y la específica tristoechus triple hilera de dientes”.
De la Torre
Un nuevo estudio acerca del manjuarí se presentó el 12 de mayo de 1889. Ese día, el naturalista Carlos de la Torre y Huerta hizo su ingreso en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. El discurso que pronunció trató sobre “Algunas consideraciones acerca de los manjuaríes”. El objetivo que se propuso fue aclarar un aspecto que había sido motivo de controversia entre su maestro y mentor Felipe Poey y el reconocido ictiólogo suizo-estadounidense Louis Agassiz.
Al iniciar su discurso, De la Torre planteó que el manjuarí era
“…un pez tan interesante por su forma y organización como por los trascendentales problemas que entraña su existencia en medio de la fauna viviente, en la cual aparece como un anacronismo, por pertenecer la mayor parte de sus congéneres a una edad paleontológica cuyos representantes se han extinguido”.

De la Torre retomó, e incluso citó, parte de lo que planeó Poey décadas antes. Esto le permitió, incluso, destacar que las explicaciones del naturalista habanero tenían un sustento evolucionista, antes de formulada la teoría de la selección natural por Carlos Darwin. Aunque reconoció que el estudio de la vejiga natatoria y la respiración eran puntos importantes en la anatomía y la fisiología del manjuarí, aclaró que a ellos dedicaría un trabajo posterior.
El tema central de esta disertación de Carlos de la Torre fue la constitución del cráneo del manjuarí. En este sentido expuso, de forma sintética pero contundente, ideas en relación con la verdadera conformación de los huesos craneales de esta especie. Demostró que estos eran, en realidad, escamas óseas modificadas, con lo cual hizo un verdadero aporte al conocimiento de sus llamativas características anatómicas.
Correspondió a Felipe Poey pronunciar el discurso de contestación, en el cual destacó lo atinada que estaba la idea expuesta por su querido alumno. Al finalizar su intervención, declaró su admiración por De la Torre:
“Mucha satisfacción me ha causado ver de esta suerte rectificada por mi discípulo mi opinión particular y la del profesor Agassiz, en la determinación de seis huesos de la cabeza del manjuarí. El acierto con que aplica a esta cuestión los conocimientos adquiridos en Filosofía Zoológica, lo ponen tan alto en mi concepto, que no temo ser tachado de adulación diciendo que se ha labrado a sí mismo una corona, donde el coro de los naturalistas inscribirá su nombre”.
“¡Joven atleta, noble soldado de la ciencia, yo, humilde veterano te saludo, y de ti me despido. Sea tu vida larga; sean tus días prósperos; brilla con el astro que nos ilumina; calienta con tus rayos mi tumba fría!”.
En el siglo XX
Durante el siglo XX la atención acerca del manjuarí no fue la misma que en la centuria anterior. Se realizaron pocos estudios científicos acerca de esta especie y su situación en la naturaleza comenzó a cambiar de forma drástica. En 1918 el libro Cuatro años en la ciénaga de Zapata, de Juan Antonio Cosculluela, dedicó un epígrafe a “La leyenda del manjuarí”, en la que se enfatizó en la significación de este pez en la cultura popular cenaguera. Para esa fecha, según reconoció este autor, abundaba “…grandemente en los ríos y lagunas de la ciénaga de Zapata y es objeto de variadísimos cuentos de sus montunos”.
Tras exponer algunas de las creencias más extendidas acerca del manjuarí, concluyó Cosculluela:
“Si fuéramos a relatar las mil supersticiones que sobre el manjuarí se cuenta en Zapata, llenaríamos páginas enteras de relatos infantiles; pero de este ridículo cúmulo de versiones sobre el manjuarí, podemos, en cambio, sacar la consecuencia de que este animal fue en un tiempo que no podemos fijar, reverenciado de los habitantes de la cuenca”.
El 22 de diciembre de 1957 la revista Bohemia publicó un extenso reportaje, firmado por Nivio López Pellón, con fotos de Amador Vales, que se tituló “¿Conoce ud. al manjuarí, sobreviviente antediluviano?”. Al iniciar el texto, su autor planteó:
“Muchos no han visto nunca un manjuarí, o quizás hasta no sepan lo que es; razón suficiente para traerlo aquí, a las páginas de Bohemia, pero no como un pez cualquiera, sino como un tesoro de Ictiología, milenaria presencia de uno de los más antiguos pobladores de las aguas en el mundo”.
Después, comentó algunas de las características que marcaban su peculiaridad:
“Lleno de leyendas y de misterios, el manjuarí, viviendo en aguas; de ríos y sobre todo de ciénagas, es considerado por muchos como la más antigua especie de pez que queda hoy en la tierra”. (…) “…se le estima como forma primitiva de los peces con esqueletos, o por mejor decir, de los primeros vertebrados de la tierra, precursor de los Anfibios o Batracios”.
Acerca de los rasgos anatómicos de esta interesante especie, destacó lo siguiente:
“Su cabeza, aplastada como la de los cocodrilos, forma el cráneo por durísimos huesos externos. Su boca está armada con tres filas de punzantes dientes. De color pardo oscuro, un tanto verdoso, algo mis claro por debajo, prolonga su cuerpo como un lagarto, teniendo como defensa constante, además de sus afilados dientes, la dureza impenetrable de las brillantes placas óseas que cubren todo su cuerpo, uniendo a esto una ligereza asombrosa para moverse en las aguas y escapar al ser apresado, debido al aceite o grasa que embadurna toda su piel”.
Sobre el nombre común del manjuarí, este reportaje agregó que también se le llamaba “pejelagarto”. Se añadió que no era cierto que la especie estuviese en peligro de desaparecer. Destacó que su distribución abarcaba la laguna del Tesoro en la ciénaga de Zapata, San Cristóbal en Pinar del Río, y la ciénaga de Lanier en la Isla de la Juventud. Hasta este último lugar viajó el autor del escrito de Bohemia, junto al fotógrafo, quien llegó a sacar varias fotos que aparecen en la publicación.

Acerca de la importancia del manjuarí este trabajo de 1957 expuso valiosas consideraciones. Aunque reconoció que no poseía interés económico, destacó su “valor de acuario” y para los estudios ictiológicos. Aprovechó esta mención para destacar que ya era hora que Cuba tuviera un gran Acuario Nacional. Hizo mención, además, a mitos, como el que mencionaba que el cocodrilo es hijo del manjuarí o que aborígenes cubanos le rendían culto. También se refirió a su presencia en la poesía cubana. Por último, señaló:
“…creemos imperdonable que puse inadvertido este pez desde el punto de vista que aquí lo hemos considerado, esto es, del interés que debe despertar a todos en el conocimiento de nuestras cosas”.
Siete años después, ya con la Revolución en el poder, el periódico Hoy ofreció importantes informaciones acerca del manjuarí. Fue en su edición del 4 de enero de 1964. Se trató de un reporte acerca de las investigaciones realizadas, el año anterior, por el Centro de Investigaciones Pesqueras del Instituto Nacional de la Pesca. Sobre el tema del manjuarí se planteó:
“Este importante centro logró por primera vez en Cuba el nacimiento y desarrollo de las crías del manjuarí. Sus técnicos visitaron el 75 por ciento de las lagunas existentes en Cuba para estudiar sus características y condiciones ecológicas con vistas a un plan amplio e intensivo de repoblación”.
Dos décadas más tarde, el 20 de abril de 1984, el manjuarí volvió a ocupar las páginas de la revista Bohemia. El título de este trabajo, que escribió Alfredo Nieto, con fotos de Tom, no podía ser más elocuente: “¿Sobrevivirá el manjuarí?”. Fue un reflejo de la creciente preocupación, que ya comenzaba a tomar cuerpo entre los científicos del país. Desde el inicio se hizo mención a la importancia biológica de esta especie de la fauna cubana, al reconocer
“el alto valor científico del manjuarí (Atractosteus tristoechus) considerado como un fósil viviente. procedente de los períodos cretáceo-terciario, que mantiene casi la misma estructura que sus parientes de hace sesenta millones de años”.
Se reconoció, además, que
“…ha sido poco estudiado en su hábitat, y lo que se conoce de él no ha trascendido significativamente al acervo cultural de las masas”.

Acerca de las características de este pez, se enumeraron las más significativas: uso del oxígeno disuelto en el agua mediante las branquias y del oxígeno aéreo a partir de una vejiga natatoria. También la doble dentición, las escamas óseas planas que lo recubren y la rigidez de la columna vertebral.
En el trabajo se hizo mención a las experiencias que sobre el manjuarí tenían dos habitantes de la ciénaga, ambos trabajadores forestales. Se hizo referencia a que el ser humano era, en ese momento, el principal enemigo del manjuarí. Los cambios en el medio natural del lugar, propiciados por la actividad humana, habían provocado una disminución del número de ejemplares, pues
“…se ha ido desplazando de las zonas más firmes, o altas, de la península, hacia los territorios al sur más cercanos a la costa, con el marcado peligro que esto entraña. pues estos animales son estenohalinos, o sea, no toleran márgenes altos de concentración de aguas saladas”.
A esto se añadió la contaminación de las aguas de la laguna del Tesoro, producto de la presencia de embarcaciones que utilizaban combustibles fósiles y también de los canales de drenaje de industrias y planes agrícolas cercanos. Por último, sobresale el llamado de atención acerca de la necesidad de proteger al manjuarí:
“La toma de conciencia acerca del valor científico que para la humanidad tiene esta especie, es el factor que puede garantizar su subsistencia futura”.
Al día de hoy
En el siglo XXI el manjuarí, ese pez emblemático de la fauna cubana, se encuentra en serio peligro de desaparecer. Su captura, matanza o comercio no autorizado es ilegal desde 1996 y en 2011 se le otorgó el estatus de especie de importancia especial. Además, en 2020 se le clasificó “en peligro crítico” en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
De acuerdo con estudios realizados, la población de manjuaríes en la ciénaga de Zapata decreció en más de un 80 por ciento en las primeras décadas del siglo XXI. En esto han influido la degradación del hábitat y el impacto de especies invasoras. Si hasta 1999 se observaban entre 150 y 200 individuos por kilómetro lineal, en varios recuentos realizados recientemente se han encontrado entre uno y cinco.
Pero no todo son malas noticias. La Estación Hidrobiológica «Felipe Poey», que pertenece a la Empresa para la Conservación de la Ciénaga de Zapata y se encuentra en el Canal de los Patos, varios kilómetros antes de llegar a la Boca de Guamá, trabaja arduamente en la conservación de manjuarí. Para ello poseen varios reproductores, a partir de los cuales se logran ejemplares jóvenes que son liberados en el medio natural. Además, se realizan estudios conjuntos con el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de Cuba, que permite ampliar los conocimientos acerca de esta especie.
Gracias a estos esfuerzos, se ha comprobado la presencia del manjuarí en diferentes zonas de la ciénaga de Zapata. Este es un resultado que, aunque dista aún de lo que se necesita, demuestra el positivo impacto de las investigaciones realizadas por este colectivo. El manjuarí, además de ser una especie biológica de singular importancia, es un referente cultural que no podemos darnos el lujo de perder. (ALH)
