Resulta imposible no sentir un nudo en el estómago cuando las palabras de la Asamblea Nacional chocan con el eco deformado que rebota en Matanzas en nuestras reuniones municipales y provinciales.
Las nuevas medidas de apertura económica aterrizaron en Matanzas con la claridad de un parteaguas histórico, pero, a solo días de su publicación, el verdadero termómetro no está en el hemiciclo habanero, sino en las reuniones de trabajo donde algunos funcionarios desnudan, sin querer, una mentalidad que amenaza con sabotear semejante nicho de oportunidades.
Si uno se sienta en silencio en cualquier reunión de estos días, la escucha es un ejercicio revelador. Abundan las intervenciones encendidas que, en lugar de respirar el espíritu de complementariedad que exige el momento, sueltan frases como “las mipymes nos están cogiendo la delantera y eso no puede suceder”, cuyo tono no es de admiración por el dinamismo ajeno, sino de alerta roja, como si el éxito del privado fuera una afrenta al deber estatal.
Es la confesión de que el reloj interno de muchos cuadros sigue marcando la hora de la competencia, no la de la alianza.Esa sensación se agrava cuando otro directivo, con el ceño fruncido, remata: “tenemos que ponernos las pilas antes de que el sector privado nos pase por arriba”.
La metáfora del atropello revela un inconsciente colectivo anclado en la desconfianza, lo cual duele, y mucho, porque Matanzas posee talento y voluntad para entender el desarrollo como un ecosistema, no como un ring de boxeo.
Lo curioso es que en esos mismos salones existen, contadas pero firmes excepciones luminosas. Algunos funcionarios, con una lucidez que merece aplauso, han alzado su voz para recordar que las medidas exigen abrir la mente a la generación de alianzas concretas con el sector privado, eliminar trabas innecesarias y ver en el empresariado cubano a un socio natural para resolver dificultades territoriales.
El problema de fondo no es ideológico. Sucede que durante décadas se construyó un andamiaje administrativo donde el funcionario se percibía a sí mismo como guardián de lo público frente a lo privado. Hoy el país pide justo lo contrario: un Estado facilitador que articule, que convoque, que comparta proyectos. Pero pedirle a quien fue formado para controlar que ahora se siente a diseñar junto al “controlado” requiere un deshielo cultural que debe partir desde la base.
La consecuencia más palpable y dolorosa de esta miopía es la ausencia sistemática del empresariado en los espacios de decisión local. Pese a contadas y positivas excepciones, las reuniones donde se esboza el futuro económico de la provincia transcurren sin que una sola mipyme, un proyecto de desarrollo local o un cooperativista estén sentados a la mesa.
Así, las propuestas que podrían oxigenar barrios, reactivar cadenas de valor o retener talento joven se pierden en el limbo, no por inviables, sino porque no llegan a ser escuchadas a ese nivel.
Hay que decirlo con toda claridad: los actores económicos no estatales no vienen a pasarle por arriba a nadie. Su crecimiento no es un marcador deportivo que reste puntos al sector estatal. En la lógica sensata del desarrollo, una pequeña empresa que florece arrastra consigo a proveedores, estimula la banca, demanda servicios, dignifica el espacio público y quita presión a un presupuesto estatal exangüe. Quien se empeña en verlo como una amenaza es porque sigue atrapado en un paradigma de suma cero que la realidad ya se encargará de desmontar. (ALH)
