Hace 110 años se inauguró el primer monumento cubano dedicado a Carlos J. Finlay.

La idea de erigir un monumento a Carlos J. Finlay en La Habana nació antes de la muerte del gran médico cubano, hecho luctuoso que ocurrió el 20 de agosto de 1915. Este sería el primero erigido en Cuba a quien personificaba, con su obra genial, el esfuerzo de los médicos cubanos por hacer de su patria un lugar saludable y acogedor.

La idea

El promotor de la idea fue el doctor Enrique Núñez, Secretario de Sanidad y Beneficencia, quien dirigió una comunicación a distintas personalidades, sobre todo de la medicina cubana para realizar una reunión inicial, con el propósito de conformar el comité gestor del monumento. Este fue denominado más tarde Comisión Finlay.

Esa primera reunión se celebró el 27 de marzo de 1914, en la sala de sesiones de la Junta Nacional de Sanidad. En ella estuvieron Juan Guiteras, Enrique Barnet, Juan Santos Fernández, Francisco Cabrera Saavedra, Fernando Méndez Capote, Diego Tamayo, Claudio Delgado, José A. Taboadela, José A. Clark, José Antonio López del Valle, Arístides Agramonte, Carlos Manuel de la Cruz, Hugo Roberts, José A. Presno, Luis Adán Galarreta y Gerardo Fernández Abreu.

Titular del Diario de la Marina sobre la inauguración del monumento. Archivo del autor.

En esa junta inicial, que presidió Juan Guiteras, se acordó crear un comité ejecutivo, formado por tres de sus miembros, que se encargaría de las gestiones para la recaudación de los fondos necesarios, y la adquisición e instalación del monumento. Para ese comité fueron electos los doctores Juan Santos Fernández, Fernando Méndez Capote, y Gerardo Fernández Abreu, presidentes de la Academia de Ciencias, la Sociedad de Estudios Clínicos y la Asociación Farmacéutica Nacional, respectivamente.

La primera reunión de este comité ejecutivo fue el 15 de abril de 1914. Por mutuo acuerdo acordó que Santos Fernández sería el presidente, Méndez Capote el tesorero y Fernández Abreu el secretario. Para organizar la recaudación de fondos se decidió que, como se trataba de un tributo de admiración de los médicos y farmacéuticos cubanos, se hiciera entre esos profesionales. Se invitó, en calidad de recaudadores, a los jefes locales de sanidad y subdelegados de farmacia, quienes trabajarían en todo el territorio nacional. Meses después, lo recaudado ascendía a 3,455.90 pesos.

El monumento a Finlay en su emplazamiento original. Archivo del autor.

Aunque ya se contaba con una propuesta del escultor italiano Ugo Luisi y de los señores Pablo Manfredi y Compañía, contratistas de monumentos e importadores de mármoles, se acordó convocar un concurso para escoger el proyecto que se considerara más adecuado. En otra reunión del comité ejecutivo, el 28 de febrero de 1915, se analizaron las propuestas presentadas, que fueron una maqueta de Manfredi, otra por Moretli, dos de Canto y dos nuevos planos de Luisi. Para el dictamen definitivo se convocó a varios artistas, críticos de arte e ingenieros cubanos, con el objetivo de escuchar sus criterios. Los escogidos fueron Armando Menocal, Aurelio Melero, Isidoro Corzo, Francisco Henares y Alejandro Ruiz Cadalso.

El 6 de marzo de 1915 estos presentaron su dictamen ante el comité ejecutivo y aconsejaron, por unanimidad, en un informe fechado el día 8, la elección del proyecto o plano número uno de Ugo Luisi. Tras la decisión, esta se informó por cable a Luisi, quien se encontraba en Pietrasanta, Italia. El 20 de mayo de 1915 se reunió la comisión en pleno con el objetivo de decidir las inscripciones que se grabarían en el monumento.

Una vez llegado el monumento a Cuba, el comité ejecutivo hizo entrega del mismo a la comisión, así como de los fondos monetarios sobrantes. En esta reunión, realizada el 16 de marzo de 2016, se informó que se había ingresado 3,616.42 pesos, de ellos 3,475.90 por donativos derivados de la suscripción realizada y 140.52 por concepto de intereses durante el tiempo que los fondos estuvieron depositados en el Banco Nacional. El costo total del monumento fue de 2,500.00 pesos. Se utilizaron 18.52 por gastos de cable, franqueo e impresos. Hubo un sobrante de 1,097.90 que, por acuerdo unánime de la comisión, se entregó a la viuda de Finlay.

El monumento a Finlay en su ubicación actual. Archivo del autor.

El monumento

Meses antes de la muerte de Carlos J. Finlay la revista Sanidad y Beneficencia, en sus número 5 y 6, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre de 1914, mostró una imagen del monumento según la concepción de Ugo Luisi. La descripción que publicó el Diario de la Marina a propósito de la inauguración, dice:

“Sobre un basamento de forma cuadrada, terminando en un ochavado, se levanta el primer cuerpo del monumento. El segundo cuerpo, es de mármol blanco rematado por una cornisa de estilo griego, con dos altos relieves: uno representa un enfermo de fiebre al que la ciencia tiende la mano para salvarle; en el otro, la historia tiene en su mano el libro donde marca la fecha memorable del descubrimiento y sobre este segundo cuerpo, descansa el busto de Finlay”.

Boceto del monumento a Finlay publicado por la revista Sanidad y Beneficencia en 1914. Archivo del autor.

Las cuatro inscripciones que se colocaron a cada lado del monumento contienen los textos siguientes:

“A CARLOS J. FINLAY Los médicos y farmacéuticos de Cuba 1916”.

“Sabio – benefactor, descubridor de la transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito e inventor del procedimiento para extinguirla”.

“1833.—Nació en Camagüey. 1855.—Se graduó de Doctor en Medicina. 1898. Proclamó su teoría para la extinción de la Fiebre Amarilla. 1915.—.Murió en la Habana”.

“35.544 defunciones ocurrieron por fiebre amarilla en la Habana, desde el año de 1854 al de 1901. Con excepción de 40 defunciones acaecidas entre los años de 1905 a 1908 Cuba quedó libre de fiebre amarilla. Se alcanzó tal resultado con la aplicación del método preventivo de Finlay”.

En la base se lee: “El Departamento Nacional de Sanidad”.

El monumento a Carlos J. Finlay se emplazó en el patio central del edificio que ocupaba la Secretaría de Sanidad y Beneficencia. Estaba en Avenida Belascoaín #710, entre Estrella y Maloja, actual municipio Centro Habana.

Detalles del monumento a Finlay. Archivo del autor.

El acto y los discursos

El acto de inauguración del monumento a Carlos J. Finlay en la Secretaría de Sanidad y Beneficencia comenzó a las 4 de la tarde del día 25 de marzo de 1916. Tras escucharse el Himno Nacional, tocado por la Banda del Cuartel General del Ejército Nacional, entró el Mayor General Mario García-Menocal, presidente de la República, con dos ayudantes.

Uno de los textos que aparecen inscritos en el monumento a Finlay. Archivo del autor.

La ceremonia inició con el discurso del secretario de Sanidad y Beneficencia, doctor Enrique Núñez. En sus palabras, expresó:

“El Gobierno de la República se honra hoy inaugurando el modesto monumento que los empleados del departamento de Sanidad y los profesionales médicos y farmacéuticos de la Nación han erigido al sabio Finlay en el recinto donde se condensan todas sus glorias y grandezas, en la Secretaría de Sanidad, creada a impulsos de su genio innovador. De ese modo satisfacemos la deuda de admiración y cariño contraída con el benemérito compatriota cuyo esfuerzo, tesón y sabiduría pudo restar a la muerte millares de existencias destinadas a ser inevitable presa de la fiebre amarilla”.

“Sus perseverantes estudios sobre la responsabilidad del mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla, tenazmente proseguidos en medio de la indiferencia y hostilidad de sus comprofesores y de las autoridades coloniales, fue ron estimados y comprobados por el Gobierno de la Intervención Norte-Americana que en ellos encontró los fundamentos de su campaña sanitaria encaminada a erradicar la terrible endemia, azote poderoso que a la manera del dragón de que nos habla la Mitología que guardaba vigilante las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, era en nuestra tierra el dique opuesto a la codicia humana, ávida de arrancar los tesoros que en su seno ocultara la naturaleza”.

“Gracias a la obra genial y portentosa de Finlay es nuestra República un territorio saludable, en el que habitan y conviven, sin temores de muerte, los nativos que la aman y los forasteros que por su laboriosidad, iniciativas y empeños vigorosos son útiles factores de prosperidad y riqueza”.

“Si la Historia conserva con respeto los nombres de Alejandro, César y Napoleón por sus grandiosas hazañas que representan devastación de pueblos, exterminio de naciones, matanza de millares de hombres, ¿qué lugar no habrá de reservar a Finlay, que por su descubrimiento cambió la faz del continente americano, saneando extensos territorios insalubres, preservando la existencia de millares de inmigrantes, acortando rutas comerciales y dando vida a Repúblicas progresistas que, como las de Cuba y Panamá, le son deudoras de la independencia a la vez que de prosperidad y civilización”.

“La vida de Finlay fue la de un benefactor universal y todo perece en el mundo menos la gloria y el recuerdo de sus bienhechores; la humanidad se encarga de perpetuar su memoria y la historia de conservarlos en sus páginas hasta la consumación de los siglos”.

“Así sea con Finlay para su gloria y honor del suelo cubano que lo vio nacer”.

Momento en el que el presidente Mario García-Menocal develó el monumento a Finlay. Archivo del autor.

Al concluir esta breve alocución, el presidente Menocal descorrió el velo de franjas blancas y azules que cubría la parte superior del monumento, donde estaba el busto de Finlay. Una vez descubierta la obra, le correspondió hacer uso de la palabra al doctor Gerardo Fernández Abreu, tesorero del comité ejecutivo que hizo posible que se erigiera el monumento. En su peroración hizo un balance del trabajo realizado, con los datos precisos de la recaudación de fondos, los gastos y las gestiones que se acometieron. Le continuó el doctor Arístides Agramonte, quien destacó en su discurso el ejemplo de Finlay para los jóvenes cubanos:

“A los jóvenes universitarios, más que a nadie, puede servir de ejemplo digno de imitación la figura venerable de ese anciano; en su ingenua modestia, en su amor al estudio y la meditación, en su probidad acrisolada, en su caridad sin ostentación, en su fidelidad al deber, en su apego y devoción a la familia”.

“Sírvanos de inspiración, para todo lo bueno, lo noble, lo grande y transcendental en nuestra vida, la contemplación de esa efigie, en recuerdo de aquel hombre arrancada a la piedra de Carrara; nívea cual la pureza de su alma, dura cual la firmeza de sus convicciones, y fría cual su razonamiento, basado siempre en la honradez y la verdad”.

Otro de los textos que aparecen inscritos en el monumento a Finlay. Archivo del autor.

Juan Guiteras fue el otro orador en turno, con un extenso discurso. Expuso la vida de Finlay, sus esfuerzos científicos y destacó las beneficiosas consecuencias de su descubrimiento. Colocó los aportes del cubano en el contexto internacional, junto a los grandes logros de científicos relevantes de Europa y otros países del mundo. Al concluir, exclamó:

“Obra tuya es, sabio Maestro; y en tu nombre vamos apercibidos para la contienda del noble apostolado. Por ti aceptamos las nuevas responsabilidades de nuestro ministerio. Soldados de Hygieia marchamos en tu nombre, nuevos caballeros andantes a renovar el mundo para el bien de la raza humana, llevando por lema los ideales del sacrificio y del deber”.

El último en hacer uso de la palabra fue Carlos E. Finlay Shine, hijo del sabio, quien, al decir del cronista del Diario de la Marina:

“Dio las gracias a la comisión gestora, al señor presidente de la República, al secretario de Sanidad, y a todos los que de un modo u otro habían acudido a enaltecer aquél que no había tenido en la vida más que dos aspiraciones: las de sacrificarse por su familia y por la ciencia, sus dos grandes amores en la tierra”.

Una vez finalizado el acto, al retirarse el presidente Menocal volvió a escucharse el Himno Nacional “…que todos oyeron con verdadera unción”. Mientras tanto, en la calle, según el cronista,

“En la calle se apiñaba una inmensa concurrencia”.

Uno de los oradores del acto de inauguración del monumento a Finlay. Archivo del autor.

Hoy

Desde hace años el monumento a Carlos J. Finlay que se erigió en 1916, fue trasladado a un parque en la esquina de Cuba y Amargura, en La Habana Vieja. Se ubicó frente al edificio que ocupan la Academia de Ciencias de Cuba, antigua Real Academia donde Finlay presentó su descubrimiento en 1881, y la Iglesia San Francisco el Nuevo. Allí, rodeado de árboles y bancos propicios al descanso, permanece la evidencia del homenaje que se le tributó, por Cuba y los médicos cubanos, hace más de un siglo.

Busto de Finlay en la cima del monumento. Archivo del autor.

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